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Full text of "La insurrección, novela"

THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



00020450842 



This book is due at the WALTER R. DAVIS LIBRARY on 
the last date stamped under "Date Due." If not on hold, it may 
be renewed by bringing it to the library. 



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MOVELA 




Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



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LA 



INSURRECCIÓN 



DEL AUTOR 



Gil Luna, artista, novelas cortas. (Á punto de agotarse.) 



EN PREPARACIÓN 



Lo más triste, novela. 
De paso por la vida. 
Almas obscuras. 



ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES, 
DERECHOS RESERVADOS. 



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LÜIS RODRIGUEZ-EMBIL 



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LA 



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INSURRECCIÓN 



NOVELA 




PARÍS 

SOCIEDAD DE EDICIONES LITERARIAS Y ARTÍSTICAS 
Librería Paul Ollendorff 

50, CHAXJSSÉE d'aNTIN, 50 



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A LA GRAN PATRIA HUMANA. 

Á CUBA, MI AMADA TIERRA NATIVA. 

Á LA SANTA MEMORIA DE MIS PADRES. 



Juzgo superfluo decir que no hay en este libro el propó- 
sito dt resucitar ningún rencor, ya, felizmente, muerto y 
olvidado, sino el de evocar el recuerdo épico de una lucha de 
héroes para señalar, por último, uno de los caminos que, á 
mi modo de ver, conducen hacia el Porvenir. 

No es ésta, en el estricto sentido de la palabra, una novela 
histórica. — LaHistoria no es nada, la Imaginación lo es todo, 
ha dicho Anatole France, queriendo sin duda hacer resaltar 
la superioridad de la Leyenda sobre la simple y árida narra- 
ción de hechos. Pero hay períodos y hombres, y en Cuba 
los ha habido, y más de una vez tan excepcionales, que 
á la sola evocación de unos y otros parecen estrecharse 
y confundirse las fronteras (nunca muy dilatadas, por otra 
parte) que separan los dominios de la Leyenda de los de la 
Historia. 

En los días, lejanos ya, del bregar que en estas páginas 
se rememora, siendo yo poco más que un niño, comenzaron 
aquéllas á ser escritas, entre las nieblas y tristezas de la 
emigración y las inquietudes engendradas por lo incierto 
del resultado de la gran contienda. Terminada la cual, poco 
á poco, á intervalos muy irregulares, proseguí mi obra, olvi- 
dada á menudo por preocupaciones de índole diversa. Con- 
cluida ella también, la he guardado durante largo tiempo ; 
antes que ella he publicado otra que obtuvo una acogida 
superior á mis previsiones. Al correr de los años, mi estilo, 
mi procedimiento artístico se han ido modificando... Guar- 
daba por eso celosamente mi primera obra, dudando en darla 
á luz... Mas á la postre me han decidido á hacerlo la insis- 



VIII 

tencia cariñosa de estimables amigos para que la publique y 
el pensamiento de que, con todas las faltas de que pueda 
adolecer este libro, que contiene, después de todo, algo délo 
mejor de mi alma, debe ser entregado al juicio de los 
bombres, y en especial de mis compatriotas, para quienes 
fué escrito. Sea aquel juicio adverso, favorable ó indiferente, 
yo, el autor, quedo tranquilo : he cumplido mi propósito, he 
dado de mí lo que podía, contribuido en la medida de mis 
fuerzas á la recordación de un hecho memorable en la 
Historia, y dicho, al recordarlo reverentemente, mi sentir 
acerca de lo que creo con toda sinceridad que debe ser la 
Patria futura, la Patria sin odios ni fronteras de mañana. 
Siento que he realizado mi deber. 

Mi deber, digo. ¿Por ventura es menos trágica, para la tierra 
milagrosamente bella donde nacimos los cubanos, la hora 
actual que las horas pasadas ? Acaso ésta lo es aún más. El 
cubano, de hirviente sangre hispana en su mayoría, sin 
preparación política apenas, sin experiencia casi, actuando 
en un medio ambiente poco propicio, y con una amenaza 
constante suspendida sobre su cabeza, debe dar pruebas 
de ser un pueblo unido, laborioso, previsor, sereno, ejem- 
plar. Y debe darlas, á riesgo quizá de su propia existencia 
colectiva. Pocas veces, si alguna, se halló un pueblo en condi- 
ciones en que fueran más indispensables la tolerancia y la 
previsión, el vigilante dominio propio, el sacrificio, llegado 
el caso, del interés personal en aras del interés común, to- 
das las virtudes, en suma, que emanan de una amplia, firme 
y desenvuelta conciencia nacional. 

La formación, el desarrollo de esta conciencia constituye, 
pues, la más urgente tarea, y acaso la obra de más alto y 
verdadero patriotismo, en que pueda hoy un escritor, en Cuba, 
tomar parte. Y para ello, nada más eficaz tal vez que contri- 
buir á recordar los hechos pasados, hacer sentir al pueblo 
su unidad, hacerle sentirse uno al través de las genera- 
ciones, de los sacrificios realizados, de la sangre derramada, 
de las proezas cumplidas á través del tiempo y del espacio. 

Yo r aporto. en este libro, mi piedra á ese gran edificio es- 
piritual del Pasado, de un pasado reciente, tan envuelto ya, 



IX 

no obstante, en las nieblas de las lontananzas heroicas, y 
sin el cual no hay Nación verdadera. <c Quien tenga una pala- 
bra que decir, dígala, el que no, que se calle », exclamó en 
cierta ocasión el coloso cuya figura parece dominar todo un 
siglo. Yo trato aquí de decir mi palabra humilde, después 
de otros que han dicho ya la suya, más elocuente y bella, 
convencido de que, como susurra al final de este volumen 
mismo un personaje esencial, invisible y eterno, el que 
combate por su pueblo combate por los pueblos, si lo hace 
en espíritu de verdad, de justicia y amor. 

Acertado ó no, he procedido, al escribir esta obra, de 
acuerdo en un todo con mi conciencia, como creo que es el 
deber estricto de todo escritor hacerlo en todas ocasiones. 
Amo á Cuba, mi patria; sobre todo desde que he viajado, 
ama mi corazón el país bendito que guarda la tumba vene- 
rada de mis padres, mis recuerdos más caros y mis más en- 
trañables amigos. En mis ya prolongadas peregrinaciones 
aprendí también á respetar á España, donde he residido, su 
pasado asombroso, sus tesoros incomparables de arte, la 
tristeza generosa con que soporta el peso de sus reveses. Y, 
al dar hoy al público esta obra de mi primerajuventud, siento 
que, al través de todas las transformaciones que en nues- 
tro corazón y nuestra mente van operando el tiempo y los 
sucesos, la idea de la humana fraternidad, que es la idea 
capital de la obra, permanece brillando en lo más alto del 
horizonte de mi espíritu, serena y pura, como una estrella 
de luz inmortal. L. R.-E. 

Amberes, Bélgica-Viena, Austria, 1910. 



PRIMERA PARTE 



LA CONSPIRACIÓN 



LA INSURRECCIÓN 



Salió en aquellos momentos D. Isidro Gon- 
zález — el amo y cultivador del sitio — por 
la puerta de su pobre vivienda, y dirigióse, á 
la aún pálida luz del sol recién aparecido, en 
dirección del lugar donde los dos bueyes de su 
yunta, rumiando filosóficamente, aguardaban 
la hora de la fagina y el pesadote arado á que 
ya venía á uncirlos su dueño. Siguiendo éste su 
costumbre de más de quince años, llevaba entre 
los labios un magnífico veguero que había en- 
cendido después de tomar, al levantarse, su taza 
de café humeante y oloroso, fiel, también en esto, 
á otro hábito no menos antiguo y arraigado. 

D. Isidro avanzaba lentamente, cubierta la ca- 
beza con el amplio sombrero de yarey, que casi 
nunca se quitaba. Bajo el ala de éste, en el ros- 
tro franco y leal del guajiro, tostado por el sol, 
brillaban dos ojos obscuros con cierto aire, natu- 



4 LA INSURRECCIÓN 

ral, al parecer, en ellos, de astucia y de sagaci- 
dad bondadosa. En su tranquila mirada, por lo 
demás, reflejábase el alma de González, y veíase 
que debía de ser ésta, como su cuerpo, fuerte y 
sana. Las manos, grandes y llenas de callos, 
iban á ponérsele muy pronto, con el contacto de 
la tierra, como ya estaban de anteriores días 
sus zapatos de baqueta — medio inclinados hacia 
un lado, cual barca combatida por las olas — y la 
parte inferior de los bastante usados pantalones 
que le cubrían de medio cuerpo abajo dejaban 
adivinar la forma algo arqueada de las piernas, 
forma probablemente debida á añeja costumbre, 
en su posesor, de montar á caballo. Y, por úl- 
timo, de la cintura arriba tan sólo llevaba una 
camisa medio abierta por la parte del pecho y 
con la faldeta en libertad y al aire libre, salvo 
en el costado derecho, en el punto donde se veía 
un cuchillo de monte, detalle éste que comple- 
taba su indumentaria sencillísima. 

Llegó González á donde estaban los bueyes y, 
mientras los uncía, comenzó á cantar á media 
voz, con la música de una guajira ya vieja y 
muy vulgar, una décima de autor ignorado, tal 
vez improvisada por él, que tenía sus ribetes de 
improvisador, cualidad nada extraña entre gua- 
jiros. Raro era que no hubiese empezado antes, 
lo cual parecía indicar en él la preocupación de 
alguna idea fija. Sin darse, empero, cuenta, iba 
alzando más las notas á cada verso del quejum- 



LA INSURRECCIÓN o 

broso canto, en tanto que los bueyes, mirando 
con sus ojos melancólicos y anticipadamente re- 
signados el lugar de sus diarias tareas, seguían 
rumiando con inalterable calma. Al estar con- 
cluyendo la operación de enyugarlos, cantaba 
ya D. Isidro en voz alta ; pero cuando terminó por 
fin, y alzó la cabeza después de tomar el aguijón 
que estaba sobre el suelo junto al arado, que- 
dóse algunos instantes mudo é inmóvil antes de 
echará andar, contemplando el para él, aunque 
familiar, siempre nuevo paisaje que tenía á la 
vista. 

El sitio de su propiedad extendíase en primer 
término, rodeado de una empalizada que prote- 
gía otra cerca de altos cardones erizados de 
mordientes púas ; estaba aquél lleno de siembras, 
y salpicado aquí y allá de grupos de palmeras 
que, sólo á trechos, le prestaban apacible som- 
bra. 

La cerca y empalizada dichas no tenían más 
que una tranquera, la cual daba al camino que 
conducía al pueblo de los Pinares, distante me- 
dia legua corta al frente. A izquierda y derecha, 
grandes sábanas en las cuales se veían otros mu- 
chos sitios, algunas estancias y varias vegas, y, 
por detrás, llanos también, que terminaban en 
abruptas y elevadas lomas. 

Porque no era el lugar en que estaba encla- 
vado el sitio una extensión de terreno dedicada 
exclusivamente á algún cultivo determinado, 



6 LA INSURRECCIÓN 

sino una reunión de sitios y vegas repartidos por 
toda su área y que cultivaban en persona sus 
mismos dueños ó sus arrendatarios. 

De todo había allí : por todas partes veíanse 
las frutas de la tierra balancearse al impulso del 
viento en las frondosas copas. Los platanales 
brindaban sus racimos suculentos, los caimitos 
y zapotes sus redondas pomas, su encendida 
carne los mameyes, y los anones su dulzura y 
su dulce acidez los tamarindos. Otros árboles 
también, aunque salteados todos — en las ha- 
ciendas no suelen abundar porque quitan el sol 
á los sembrados — crecían hermosos y roza- 
gantes en la campiña; mientras ya en grupos, 
ya separadas y solas, melancólicas, las palmas 
alterosas parecían dominar á todos los demás 
árboles con el imperio absoluto é indiscutible de 
su mayor belleza y galanura. 

Igual variedad se observaba en los terrenos. 
Cada propietario sembraba el suyo de aquello 
que por más conveniente tenía, y de esto resul- 
taba la más vistosa y completa variedad de casi 
todos los productos que se cosechan en el suelo 
de los trópicos. Aquí un cuadro de yucas, un bu- 
niatal allá, más lejos un bosquecillo de cañabra- 
vas, y junto al tono verde claro de éstas, y 
separados á veces tan sólo por una frágil empa- 
lizada, el más oscuro de los matojos de tabaco. 
Hortalizas había también, melones y calabazas 
en algunos lados, tomates ó semilleros en otros, 



LA INSURRECCIÓN 7 

y era, en una palabra, aquel rincón de Cuba 
una á modo de Exposición de sus frutos y culti- 
vos — Exposición que, por lo general, no tenía 
otros visitantes que los propios expositores , los 
dueños, cuya residencia estaba en el bohío que 
cada una de las pequeñas fincas tenía en uno de 
sus extremos. 



En los instantes precisos en que el sitiero 
D. Isidro, el aguijón en la derecha mano y la 
izquierda en el arado apoyada, miraba el paisaje 
anles de emprender sus labores, el astro del día 
lanzaba ya de lleno sus primeros rayos, los que 
parecía saludar la Naturaleza toda con los mur- 
mullos de su brisa, los quejidos de sus palmas, 
los gorjeos de sus sinsontes, los aromas silvestres 
que brotaban y subían de entre la yerba y los 
surcos bañados del rocío de la mañana. En el 
patio del bohío, donde tenía González un pequeño 
corral, escuchábase resonar el clarín del gallo 
convocando á los hombres á la lucha cotidiana 
de la existencia, y ladraban los perros, y mugían 
las vacas en las vecinas estancias, y relinchaba 
el potro de D. Isidro cerca de la casita, donde 
pasaba la noche; y la Creación despertaba entre 
himnos de amor y gritos de vida y entusiasmo. 

Parado quedóse el buen González, como queda 
dicho, admirado y conmovido, cual si fuera la pri- 
mera vez que contemplaba el hermoso y sobe- 



8 LA INSURRECCIÓN 

rano espectáculo; y su espíritu, aunque inculto, 
lleno de aquellas hermosuras, iba impregnándo- 
se inconscientemente en el perfume de amor y 
poesía que en su derredor exhalaban las cosas 
todas. Lanzó por último un hondo suspiro, en que 
iban envueltos quién sabe qué recónditos anhe- 
los, qué súplica ardiente y fervorosa, y, arreando 
los bueyes y siguiendo su lento andar, unió sus 
cantos — esta vez á todo pulmón, como si qui- 
siera ahogar en notas sus pensamientos — á los 
mil de la Naturaleza, en tanto que las copas de 
los altos cocoteros se teñían de color de rosa, y 
los pájaros en ellas abrigados gritaban y agitá- 
banse ruidosa y desentonadamente. 

A poco, tomaba el mismo camino y dirección 
igual el hijo mayor, soñoliento y perezoso, dete- 
niéndose á cada paso para bostezar, esparran- 
carse con exagerados estiramientos de brazos y 
dislocaciones de cintura, y proseguir después su 
marcha, caída la cabeza y las manos en los bol- 
sillos. Representaba tener veinte ó veinte y dos 
años; no muy fornido, pero tampoco débil. Un 
ligero bozo le sombreaba el semblante, aunque 
indolente, bastante agradable y expresivo. Ves- 
tía de modo análogo á su padre. 

Apenas llegado á la vista de éste, oyó que le 
gritaba, interrumpiendo su canto: 

— ¡Vaya, Juaniyo, bete despabilando, que ya 
es hora! Mía á tu padre, ya pegao á la brega, y 
es más biejo que tú! 



LA INSURRECCIÓN 9 

— ¡ A eso boy, padre, á eso boy! — replicó 
Juanillo, de nuevo, y acaso por centésima vez, 
dando un bostezo. 

— Pues mira, hijo, púyame un poco á ese 
condenao animal, que no paese sino que no 
quiere jalar del arao, y que es más haragán que 
tú toabía. ¡Perla fina! 

Juanillo tomó el aguijón é introdujo su punta 
en el torso del buey, el cual, sintiendo el escozor, 
se decidió á mover sus pesadas patas. Padre é 
hijo continuaron su monótona y dura faena, más 
órnenos activamente, hasta la hora del almuerzo, 
en que retornaron al bohío. 

En éste habitaba toda la familia de González, 
compuesta, además de Juanillo y él, de su es- 
posa legítima D a . Rosa Cundíales y de su hija 
Teresa, ó Tera, como en todo el cuartón se la 
llamaba. 

Era el consabido bohío un ejemplar de los que 
se encuentran á menudo en los campos de Cuba, 
construidos de guano casi siempre : moradas 
semi primitivas donde consume el labrador su 
existencia obscura é ignorada, pero no pocas 
veces tanto más dichosa cuanto más obscura. 

Un pequeño portal, de piso de tierra al igual 
que las otrasdivisionesde la casita; cuatro cuar- 
tos formando, junto con el portal, un cuadrilá- 
tero casi perfecto, de los cuales cuartos uno — 
aquel en que estábala puerta de entrada y salida 
— hacía de sala, otro — el que á la sala seguía 



10 LA INSURRECCIÓN 

— de comedor, y los dos restantes de dormito- 
rios, componían la humilde morada. Hallábase 
ésta, pobre, escasa, pero aseadamente amuebla- 
da, como convenía á la pobreza y á las inclina- 
ciones de sus dueños. 

La cocina se encontraba en otra habitación, 
construida aún más toscamente que el bohío, y 
á alguna distancia de éste, á causa del humo que 
la leña, de que se hacía uso para cocinar, en ella 
despedía. 

Entre bohío y cocina había una especie de pe- 
queño patio; en medio de él, un pozo que surtía 
de agua ala familia; á uno de los costados, el 
corral, en que reinaba, con el poder de sus tre- 
mendos espolones y de su erguida cresta, un 
enorme gallo padre, regalo de un amigo de 
D. Isidro. 

Acabado que fué el almuerzo de los dos 
hombres, ambos, padre é hijo, después de repo- 
sar un rato, volvieron á la siembra y la labranza, 
dejando en los quehaceres de la casa á las dos 
mujeres. 

Y así, sin ningún incidente, transcurrieron las 
horas, perezosas, lentas como los pasos de la 
yunta sobre el terreno removido, rumiando la 
vida con impasible exactitud, y devorándola 
sin prisa y sin retardo, á bocados eternamente 
iguales. 

Llegaron por fin, tras prolongada labor, las 
horas de la tarde. Luego, aparecieron las prime- 



LA INSURRECCIÓN 11 

ras vagas tinieblas del crepúsculo... D. Isidro 
González suspiró, al rendir la jornada aquel día, 
no de cansancio, sino de oculto gozo. 

Se acercaba la noche, que él aguardaba, sin 
decirlo, desde el amanecer, con más ansia que 
de costumbre, quizá para desembarazarse un 
poco, pasando una parte de él á otro pecho hu- 
mano, del peso de aquella misteriosa idea que le 
había hecho guardar silencio en los primeros 
minutos de la madrugada, cantar después muy 
alto olvidándose aveces de la letra ó variándola 
sin advertirlo, y trabajar con cierta extraña y 
febril actividad durante todo el día. 



Eran tan serenas é iguales las noches en el 
sitio como los días, y raras aquellas en que no 
se presentaba algún amigo y convecino á tomar 
café y charlar un rato, comúnmente sobre los 
trabajos del día, las siembras y cosechas, las 
sequías y las lluvias, y otros mil asuntos seme- 
jantes, relacionados casi todos con las faenas del 
campo y con sus propios y peculiares incidentes. 

Amigos del sitiero eran todos sus convecinos, 
y amigos verdaderos y fieles que lo trataban con 
casi respetuoso afecto, y entre quienes gozaba 
hasta de cierto prestigio y autoridad, nacidos de 
diversos orígenes y de circunstancias que le ele- 
vaban algo sobre el nivel general de las gentes 
que le rodeaban. 

D. Isidro, en efecto, pertenecía á la privile- 
giada y por allí casi desconocida clase de los que 
pueden leer un papel cualquiera sin tropezones 
y á primera vista. No carecía, por otra parte, 
de inteligencia natural y buen sentido prác- 
tico, que en ocasiones suele suplir la falta de la 
primera. 

Las condiciones de su carácter enérgico y 



LA INSURRECCIÓN 13 

firme, no exento, sin embargo, de benevolencia 
y bondad, también contribuían á aquellainfluen- 
cia prestigiosa ; pero ésta tenía una razón aún 
más sólida y profunda en que apoyarse ; y esta 
razón, que es indispensable consignar, venía á 
ser la base más fuerte que á aquella autoridad 
servía de asiento. 

González había formado, duran tela memorable 
guerra del 68, en las filas de la Revolución ; y 
éste era justamente el título más alto que podía 
ostentar al respeto y estimación de los gua- 
jiros. 

La historia de la guerra, terminada hacía ya 
próximamente diez y siete años, iba adquiriendo 
poco á poco é insensiblemente en la imaginación 
de aquéllos, y en la del pueblo todo de Cuba, los 
contornos y tintes de la leyenda. Los relatos de las 
penalidades sufridas por los insurrectos, de sus 
hazañas portentosas, de la resistencia, que pare- 
cía sobrehumana, opuesta por un puñado de 
héroes á las fuerzas de toda una nación, llena- 
ban de natural orgullo á los cubanos, y de vene- 
ración hacia aquellos hombres que á tales extre- 
mos de heroísmo habían llegado. 

D. Isidro, pues, disfrutaba en su hacienda, con 
justicia, de una parte de esta veneración ; y, en 
las ocasiones en que eran numerosos sus visi- 
tantes, — cosa que en algunas, aunque no fre- 
cuentes, sucedía, — solía referir, á instancias de 
aquéllos, algún paso, como él los llamaba, de 



14 LA INSURRECCIÓN 

su vida de guerrero, mientras escuchaban los de- 
más en profundo y emocionado silencio, inte- 
rrumpido solamente, aquí y allá, por exclama- 
ciones de aprobación ó de aplauso. 

Otras veces refería los horrores de la vida de 
los patriotas : sus marchas bajo un sol de fuego, 
sedientos y sin encontrar un mísero arroyuelo 
donde apagar la sed; los heridos sin un mal jer- 
gón donde descansar los miembros destroza- 
dos; los vestidos hechos jirones y los pies des- 
calzos ; las fatigas, los peligros y dolores de todo 
género de aquel Calvario atroz y admirable. Y 
estos horrores y otros muchos, lejos de asustar á 
quienes los oían referir, no servían sino para 
hacerles desear con ansia generosa que pudiese 
llegar un día en que les fuera dado probar que 
también ellos sabían sacrificarse por la patria. 

Mantenía vivo el narrador de este modo el pa- 
triotismo en los rústicos pechos de sus oyentes ; 
y acaso, con patriótica previsión, no lo hacía sin 
idea de que así sucediese, para que, al llegar de 
nuevo el día de la prueba, que se acercaba, no 
estuviesen aquellos corazones apagados y muer- 
tos, y pudiesen llevar á la conflagración inevi- 
table su chispa de entusiasmo. 

La noche del día en que principia este relato, 
que era uno del mes de Marzo de 1895, no había, 
sin embargo, acudido nadie aún, á las ocho, á la 
casita, ni en caso de que alguien hubiese acudido 



LA INSURRECCIÓN lo 

habría estado el antiguo insurrecto paraparos ni 
historias. 

Su gruesa cónyuge D a . Rosa, mujer de unos 
cuarenta y ocho años, de rostro satisfecho y salu- 
dable, compañera excelente, bonísima madre de 
sus hijos y no menos buena mujer de su casa, que 
le miraba á ratos á hurtadillas durante la comida 
y, terminada aquélla, en el portal donde se había 
él sentado, algo distante de la puerta junto á la 
cual estaba ella con Tera, confeccionando entre 
ambas un sombrero, concluyó por dejarlo con sus 
pensares por entonces, ya queno parecía querer 
darle cuenta de ellos, y esperando que se le 
pasaría la taciturnidad que aquéllos le cau- 
saban. 

Sabía ella bien que no era del agrado del marido 
que cuando estaba así le dijesen nada, y sabía 
asimismo que cada vez que iba al pueblo se repetía 
la historia, por uno ó dos días, hasta que se le 
quitaba el enfurruñamiento. Y había ido la tarde 
del día anterior . 

— Mala yerba pisa Isidro en ese pueblo di- 
choso, — pensaba D 1 . Rosa, algo intrigada, á 
pesar de todo. 

Pero se resignaba, confiando en aclarar sus 
dudas con paciencia y tiempo. 

Tera se había vuelto loca de contento con todo 
lo que había traído en aquel último viaje su 
padre, sin fijarse, naturalmente, en otra cosa que 
en los cintajos y adornos y en el vestido que 



16 LA INSURRECCIÓN 

éste trajo en los serones de su cabalgadura, y 
que estaban destinados á ser lucidos en el gua- 
teque que iba á tener efecto el próximo día del 
Santo de la muchacha, en celebración del suso- 
dicho Sanio, y para el cual faltaba ya poco más de 
una semana. A aquéllo sólo creía ella, como 
creían muchos, que había ido González ; pero 
bien se sabían que no á éso sólo los que estaban 
metidos de lleno en sus planes y combinaciones. 

De algún tiempo hacía, iba al pueblo más á 
menudo que ordinariamente, cosa que á nadie 
había extrañado, á causa del oportuno pretexto 
que le suministraba la proximidad de la fiesta 
referida, y las compras á ella consiguientes. De 
estos viajes solía venir preocupado y con papeles 
ocultos, los cuales repartía entre los que él sabía 
que eran de fiar y estaban al tanto de sus manejos. 
Y estos papeles se relacionaban algo con la cons- 
piración que, al decir de algunos, se tramaba ya 
hacía tiempo, y que al parecer tenía ramifica- 
ciones por todo el territorio de la Isla. 

Todo esto, unido á los antecedentes del perso- 
naje, dejaba sospechar con algún viso de funda- 
menío que no era éste del todo ajeno á aquella 
conspiración en la que casi nadie, más que los 
propios interesados, creía. Pero algo más serio 
que lo acostumbrado había acontecido en la última 
visita de D. Isidro á los Pinares, á juzgar por su 
aspecto. A nadie, sin embargo, había dicho una 
palabra del asunto todavía, quizá porque no había 



LA INSURRECCIÓN 17 

ido aún á visitarle — aun que no podía tardar mu- 
cho, pues la noche anterior no había comparecido, 
y nunca pasaba sin venir dos seguidas á menos 
que algo grave y desusado ocurriera — su más ín- 
timo amigo y cercano vecino D. Francisco Torres, 
principal depositario y co-pártícipe de todas sus 
confidencias y esperanzas. 

Era casi seguro que llegase el último de un 
momento á otro, probablemente con su hijo 
Andrés, grande amigo también y camarada de 
Juanillo, y, poco más ó menos, de su misma edad. 

Lo mismo que su progenitor, era aquél asiduo 
visitante del bohío, y más raro aún que no hu- 
biese llegado ya; pues apenas si pasaba noche en 
que no cayese como llovido del cielo, casi al caer 
sobre la tierra las tinieblas de la noche, en la 
humilde morada, á ver á Juanillo, y también la 
linda faz de diosa rústica de su bella hermanita, 
á creer lo que se admitía generalmente por todos. 

A éstos, pues, aguardaba D. Isidro en el redu- 
cido portal de su vivienda, sentado á horcajadas 
sobre un taburele de cuero, con los brazos cru- 
zados sobre el espaldar, y reclinado el busto sobre 
los brazos. Con el falso pretexto de tomar la 
brisa de que precisamente carecía aquella tem- 
plada y calmosa prima noche y la atmósfera 
aquella, recargada de emanaciones de la tierra y 
de susurros de insectos y mosquitos, se había 
aislado un poco, para poder entregarse con 
libertad á sus íntimos pensamientos, de su esposa 



18 LA INSURRECCIÓN 

éhija, las cuales junto ala puerta seguían tejiendo 
un sombrero de guano para Juanillo, que estaba 
á su vez en el interior á la sazón. 

No molestaban á González gran cosa madre é 
hija, entretenidas como se hallaban en su labor 
y en la interesante y animada charla que soste- 
nían. 

Versaba ésta, inevitablemente , sobre el pró- 
ximo guateque, para el cual habíase dado cita 
en casa de la familia de González toda la juven- 
tud del contorno ; y sobre los preparativos que se 
hacían, y los trajes y diversiones que habían, res- 
pectivamente, de lucirse y prepararse. Aseguraba 
Tera con alegría que reinaba un gran embullo en 
todos los alrededores, y no era extraño que así 
fuese, dada la afición general y decidida al baile, 
y á todos los demás atractivos que la esperada 
fiesta prometía ofrecer. 

Debían echarse dos gallos, el uno indio, y canelo 
el otro, los dos mejores que en una legua á la 
redonda había, y que traerían en persona sus 
respectivos dueños; y Juanillo, que poseía una 
agradable voz y gusto especial y el necesario 
sentimiento para cantar las guajiras, había pro- 
metido lucir estas cualidades si se lo pedían, y 
amenizar así la fiesta con un nuevo y hermoso 
atractivo. 

En esto estaban, y en tejer las dos mujeres el 
sombrero, y en caer sin cesar D. Isidro en el 
pozo sin fondo de sus profundas y escondidas re- 



LA INSURRECCIÓN 19 

flexiones, cuando hizo por fin su acostumbrada 
aparición D. Francisco, siguiendo su costumbre, 
aunque sin el esperado acompañamiento de su 
hijo. 

Era esteD. Francisco, cariñosamente conocido 
porD. Pancho, hombrede edad más bien madura, 
recias patillas y cuerpo grandón y fuerte como la 
quiebra-hacha. Tenía fama de haber sido un poco 
calavera en sus mocedades, y de ser algo dado á 
bromas, pero noá las pesadas en todo caso, sino 
á las inofensivas y ligeras. Por excelente amigo 
y buen sujeto se le tenía por lo demás, condes- 
cendiente y sencillo en el fondo, á despecho de 
su voz un tanto desapacible y bronca y de su 
recia y atlética figura, que en sus buenos tiempos, 
según rumores, no había dejado, sin embargo, 
de tocar en el corazón á más de una sensible é 
impresionable guajira. 

— Felises atóala compañía — exclamó en voz 
alegre y estentórea en cuanto llegó, sin dar la 
mano á nadie, por no ser costumbre. — ¿ Qué 
hay por acá? 

— Ya lo pues ber — dijo con aire cansado 
D. Isidro. 

— Nade particular, D. Pancho — respondieron 
casi al propio tiempo ambas mujeres. 

— ¿Y Andrés? — añadió D a . Rosa, haciendo 
coro á Juanillo, que en aquel momento salía y, 
apenas hubo saludado al gigante, ya le dirigía la 
misma pregunta. 



20 LA INSURRECCIÓN 

— [ Canario! ¡ y qué interés se toman por el 
muchacho! — dijo él sonriendo y mirando mali- 
ciosamente á Tera, que con sus ojazos negros le 
interrogaba lambién, pero que los bajó en seguida 
ruborizada. — Aya lo dejé — prosiguió un poco 
más serio — algo constipao, por eso no ha benío 
hoy. Y el probé lo ha sen tío deberdá. Y yo tam- 
bién; afigúrense : dejarlo solo en arma. Pero 
me arrecordó que estarían aquí ustedes con cui- 
dao creyendo mayor la cosa, y por eso he benío. 

Solo, en efecto, había quedado Andrés, pues 
solos \ivían él y su padre, el cual había quedado á 
su vez viudo hacía algunos años, y con aquel hijo 
únicamente. 

Pero tenía otra causa D. Francisco que le im- 
pulsaba á hacer la visila acostumbrada, á pesar de 
que le dolía dejar por un rato solitario á su 
hijo ; y era que sabía el viaje de D. Isidro la 
tarde anterior, y que debía haber traído éste de 
los Pinares noticias de interés é importancia. 

— No es na — repitió aún. — Mañana está 
toabía más güeno que yo mismo. 

Creyó Juanillo, sin embargo, que debía ir á 
hacer compañía y ver á su amigo, y como se lo 
aconsejaran también D a . Rosa y González, calóse 
el sombrero usado, y, despidiéndose « hasta 
luego », se marchó con recuerdos de todos, como 
en las cartas, para Andrés, y una recomendación 
que le hizo Tera, sonrojándose de nuevo, para 
que viniera aquél al día siguiente. 



LA INSURRECCIÓN 21 

La recomendación era innecesaria, y ella lo 
sabía; pero sabía también — porque su instinto 
femenil ya se lo había comenzado á enseñar, y 
estas enseñanzas las aprovechan todas las mu- 
jeres desde las primeras lecciones, maravillo- 
samente — que á Andrés le causaría vivo placer 
el que ella le enviase á decir algo en particular, 
aunque fuera la cosa más insignificante, ó más 
inútil, del mundo. 

— ... pa hablar del baile — concluyó Tera, 
cuando su hermano salía ya del portalilo. 



— ¿ Y tú qué dises, isidro de los demonches? 
— exclamó entonces D. Pancho, al ver á aquél 
pensativo y callado, contra su costumbre — ¿qué 
te pasa que estás tan serióte? 

Enderezóse González en su taburete, y, alzando 
los brazos como para estirar los miembros enco- 
gidos, sin responder palabra á la brusca interpe- 
lación del otro le dijo lentamente : 

— Tengo que hablarte, Pancho. 

— ¿ Que tienes que hablarme? 

— Sí — (concluyendo de estirarse y el medio 
bostezo con que había acompañado aquella ope- 
ración.) 

— Pues na, cuando quieras pues mandar — 
replicó D. Pancho que, en el fondo, como se 
sabe, ya esperaba aquello. 

— Bueno, pues ahora mismo. Traite un ta- 
burete de esos de aya dentro, y bente pa acá 
con él. 

Cuando hubo hecho el hombrón lo que se le 
indicaba, observó D a . Rosa que se alejaban algo 
más los dos hombres. 

— ¡Qué! ¿ya están ustedes con sus miste- 



LA INSURRECCIÓN 23 

rios y sus cosas? — les preguntó sonriéndose. — 
Cuidao¿ eh? 

— No hay cuidao, no hay cuidao, son cosas 
de hombres que no conbiene que oigan las mu- 
jeres... por ahora. 

— Entonses — replicó ella, como si estuviera 
picada — no me interesa tampoco. ¡ Pa lo que 
sirben toos ustedes los hombres ! 

Con esto echóse á reir de nuevo, y, demostrando 
que, en efecto, no le interesaba poco ni mucho 
la conversación de los dos amigotes, prosiguió 
la suya y su trabajo con Tera, sin cuidarse más 
del asunto. 

Los dos compinches quedaron juntos un tanto 
lejos, en un extremo del cobertizo. Alumbrába- 
los la luna en creciente, iluminando asimismo 
todos los árboles, chozas y sembrados de los con- 
tornos con su luz que parecía la cabellera des- 
atada de la tierra envolviendo á ésta; reinaba un 
gran silencio de soledad y reposo, que inte- 
rrumpían de vez en cuando la voz sonora y vi- 
brante de un gallo que cantaba alguna hora, el 
ladrido seco y áspero de algún perro y el triste y 
lánguido susurro de unos árboles cercanos que 
apenas agitaba la imperceptible y perfumada 
brisa. Todo yacía en solemne paz en aquellos de- 
liciosos campos, que á la paz y la ventura pare- 
cían tan sólo destinados. Y todo vestía la luna 
de inmaculado ropaje, prestando tintas fantás- 
ticas á los altos frutales solitarios y á las cer- 



24 LA INSURRECCIÓN 

cas altas y severas, y haciendo destacarse en el 
horizonte los humildes perfiles de las casitas de 
los labradores. 

No habían dado, sin embargo, las nueve, hora 
en que apenas comienza en las ciudades la vida 
nocturna, que enlie aquella sencilla gente ape- 
nas si existía. — Los dos amigos quedaron unos 
instantes mudos, y acaso algo conmovidos, 
dando chupadas al rico veguero que en la boca 
encendido tenían, doliéndose quizá confusamente 
en el fondo del alma detener que hablar de planes 
que no fuesen de paz y amor, de ese amor y esa 
paz que derramaba el cielo por toda la tierra, 
en aquella espléndida y estrellada noche. Tal vez 
el corazón, en un segundo lan solo, les dijo bajo, 
muy bajo, que era una lástima y un horror que 
los hombres hayan quebrantado desde hace siglos 
y siglos la ley de amor que rige á pesar de los 
propios hombres la Creación entera, y que fué 
un mal, un mal espantoso y la fuente de muchí- 
simos otros males, aquel principio que convirtió 
á los hermanos en extranjeros y enemigos, que 
hizo á unos dueños de los otros y obligó á éstos, 
y que les obligaba á ellos mismos á turbar con 
frases de conspiraciones y desagravios la dulce y 
apacible calma de la Naturaleza. 

Pero no tuvieron tiempo de detenerse en estos 
pensamientos, acaso demasiado trascendentales. 
La realidad inmediata se imponía : la amarga 
realidad de que aquellos campos de divina her- 



LA INSURRECCIÓN 25 

mosura, y sus habitantes, no eran libres; y de 
que era preciso libertarlos... 

Tosió D. Pancho suavemente. D. Isidro arrojó 
entonces poco á poco el humo que tenía en la 
boca, y luego dirigió la palabraal primero, que se 
había sentado, silencioso, al lado suyo. 

— Ya debes de figurarte de lo que te tengo 
que hablal — le dijo sin mirarle y con aire pre- 
ocupado. 

— Ya me lo voy suponiendo, ya — replicó 
el otro, dando á su vez una tremenda chupada á 
su tabaco. — Ya me lo presumí desde que te 
agüeité esta noche tan serióte y tan callao. Pero 
benga, á ber si es lo mismo que yo había 
creío. 

González aproximó un poco más su asiento al 
de su amigo, recostóse de espaldas contra un 
horcón que quedaba junto á aquél, y, envolvién- 
dose y envolviéndole en una nueva bocanada de 
denso humo, prosiguió : 

— Ayer tarde luí al pueblo. 

— Ya lo sé, hombre; ¿con esa salimos? Si ya 
lo sabía hace un año, como lo sabe toitico el 
mundo cuando tú bas. ¿ Y qué hay denuebo por 
aya? 

— Bueno, pues ahora berás : de nuebo. algo 
pa ti, y mucho pa otros que no saben de la misa 
la media. 

— A ber, á ber — dijo Torres, entrando ya en 
iníerés. 

2 



26 LA INSURRECCIÓN 

— Pues naitica, sino que párese que pronto 
ba á ser la buya. 

Diciendo esto bajó la voz un poco más; pre- 
caución superflua, porque D a . Rosa y Tera, úni- 
cas personas que podían haber escuchado, no se 
ocupaban en hacerlo, y el rumrum de su animada 
charla llegaba á los oídos de los dos conspira- 
dores. 

— ¿ Pronto? — interrogó Torres. — Pa luego 
es tarde. Tú sabes que yo estoy dispuesto, y por 
mí, cuanto antes. Las cosas me gustan á mí en 
caliente, en caliente. 

Su interlocutor le miró con severidad. 

— Pareses un chiquiyo, Pancho, un chiquiyo 
é tres años. ¿ Te crees que no hay más que estal 
dispuesto, no? Dispuestos, lo estamos toos; la 
cosa no es esa, sino estal bien apreparaos. 

Tras unos segundos de reflexivo silencio, 

— Es berdá — contestó convencido D. Fran- 
cisco, — es verdá, ahí está la cosa, tienes rasón. — 
Pero — añadió tras de otra cortísima pausa, 
algo tímidamente — ¿ no lo estamos ya, poco 
masó menos? 

— Ahí bamos, ahí bamos. Esas cosas no 
pueden ir al bapol, Pancho — le dijo D. Isidro. 
— Ya tú lo sabes demasiao. 

Calló un momento, y luego prosiguió : 

— Pues, como te iba desir, aya en los Pinares 
bí ar Delegao de aquí. Ya tú lo conoses, creo. 

— Algo — dijo el coloso. — ¿No es aquel jo- 



LA INSURRECCIÓN 27 

ben, trigueño él y elegantón, que creo que es- 
tubo aquí una bes? 

— El mismo. Bueno ; me yebo á su casa y me 
preguntó si ya estaba too listo por estos ba- 
rrios. 

— ¿Y qué le dijistes ? 

— ¿Yo? ¿Qué le iba á desil? La berdá : que 
casi, casi, pero que fartaun pocotoabía, yenton- 
ses fué y me dijo él, díseme : 

— « Pues na, reúna á los prinsipales si se 
puede, que yo tengo de dil aya pa acabar de 
arreglar la cosa. » 

— Y ba á benir ¿ no? 

— ¿ Pues no ba á benir? Pero yo tenía mi te- 
meridá de que fuera á yamar la atensión esa 
reunión aquí, y fuera á echarse á perder too por 
cualisquier cosa. Estábamos hablando de eso 
cuando se me bino á la cabesa una idea, y dígole 
entonses: — Si usté quiere, pa el día el cum- 
pleaño é mi hija... 

— ¿Pa ese día? — interrumpió sorprendido 
D. Pancho. Y alzó tanto la voz para expresar su 
sorpresa, que el blando murmullo de la chachara 
femenil cesó de pronto un momento, y, sin que 
ellos lo echaran de ver, D a . Rosa, desde su sitio 
al lado de la entrada, dirigió una mirada curiosa 
hacia donde estaban los dos hombres. Después, 
no oyendo más, pero haciendo acaso deducciones 
en su pensamiento, prosiguió su diálogo con 
Tera. 



28 LA INSURRECCIÓN 

— ¿Pa ese día? — repitió el último que 
había hablado de los dos conspiradores, conte- 
niendo el grueso torrente de su voz, á una señal 
de impaciencia del otro, que le indicaba que 
había moros en la costa á los cuales no había 
para qué poner en autos por el pronto. — Pero, 
cristiano, ¿ tú no bes que entonses sí que se ba á 
yamar la atensión, porque naide lo conose, y 
aluego que, con tanta gente en la casa, nos po- 
demos perdelmás aprisa? 

Aquí dio D. Isidro González una patada en el 
suelo, haciéndose ponerse en su posición natural 
el taburete, que él tenía inclinado, como se ha 
dicho, contra una columna; y luego, 

— ¿ Me bas á haser el condenao fabol de de- 
jarme hablar, hombre de Dios? — exclamó im- 
paciente, sin notar esta vez tampoco la mirada 
inquisitiva de su consorte, que ya iba entrando 
en sospechas, ni la asombrada de su hija. — 
¿Qué te crees tú, que yo cuando digo las cosas las 
digo sin pensal? Cuando yo te aseguro que no 
habrá nobedá, es porque ya tengo arreglas las 
sircustansias pa que no la haiga... ¡Miusté qué 
cosa ! 

El otro, que con sorpresa le miraba, se echó 
de súbito á reír. 

— ¡ Qué nerbioso eres, abe María purísima! 
Creí que te ibas á poner brabo conmigo, Isidro. 

— Brabo no, compadre, brabo no, pero hasme 
el fabol de oírme, te lo pido como amigo — con- 



LA INSURRECCIÓN 29 

testó el último, ya calmada su ligera nerviosidad 
y tornando á recostarse. 

El rum rum que venía de junto á la puerta, 
volvió á escucharse como antes. Si había adivi- 
nado algo la sagaz y gruesa D a . Rosa, se lo reser- 
vaba para su oportunidad. Tera estaba demasiado 
absorta en otros particulares para ocuparse en 
descifrar misterios, que ni aun sospechaba. 

Los conspiradores campesinos prosiguieron 
también su conferencia. 

— El consabío — continuó González — ba á 
benir bestío igualito que toos nosotros ¿com- 
prendes? igualito, y casi naide lo berá al entrar ni 
al salir, porque así lo hemos combinao. Conque 
ya bes. 

— Bueno, bueno — insistió aún, aunque débil- 
mente, D. Francisco — pero ¿cómo nos la ha- 
mos á arreglar pa hablar tranquilos y solos? Eso 
es lo que yo digo. 

— Déjalo de mi cuenta, y ya berás como yo 
hago que sea así. Yo te lo prometo. 

Tenía D. Pancho ilimitada confianza en la 
habilidad y destreza de su amigo, y sabía que 
cuando afirmaba algo y de tan positiva manera 
lo prometía, no dejaba nunca de cumplirlo. 

Por eso, á pesar de sus anteriores reparos, 
contestó, tras de pensar un momento : 

— Pues entonses, si tú te encargas, ar pelo 
]no hay nobedá! Ya tendrás tú la cosa aprepa- 
ráa y arregláa. Porque no sernos dengunos chi- 



30 LA INSURRECCIÓN 

quiyos, Isidro, pajaser las cosas, así, alo tonto, 
por eso te lo desía, no por otra cosa. 

— Ya lo sé. No te apures y pierde cuidao, 
que ya te digo... i\lía Rosa con el sombrero, qué 
apura nos está yamando — añadió de pronto 
sonriendo, mientras indicaba el pequeño grupo 
de la madre y la hija sentadas en la puerta del 
bohío. 

Casi al mismo tiempo se oyó la voz de la pri- 
mera : 

— ¿Hasta cuándo ? ¿no han acabao toabía el 
secreteo? ¡ no hablen más, hombre, que se ban á 
asiguatar con la luna ! ¡ Bengan pa acá que harán 
mejor, pa que bean áber siles gusta el sombrero 
nuebo é Juan ! 

Y les mostraba el que acababa de hacer para 
éste con ayuda de Tera, llena de orgullo por su 
obra que era, en verdad, acabada y completa. 

— Pa aya bamos en seguidita. 

Los dos obedecieron, en efecto, pues ya no te- 
nían más que secretear por aquella vez, y se 
acercaron con sus taburetes á cuestas, en los 
cuales sentáronse en seguida, para examinar el 
sombrero con detenimiento y curiosidad de 
inteligentes. 

Estaba, aquél, hábil y delicada, aunque senci- 
llamente, trabajado. Y, después de concienzudo 
estudio, así lo declararon ambos hombres, calu- 
rosamente. 

— ¿Conque ya, casi se pue desir, eres mayor 



LA INSURRECCIÓN 31 

de edá? — dijo á Tera, cuando acabó el examen, 
D. Francisco, recordando que el día del Santo de 
aquélla era también el de su cumpleaños, pues 
para esa fecha cumplía los quince. — D a . Rosa 

— volviéndose de pronto alegremente ala madre 

— me párese que ba á haber que empesar á pen- 
sar en casarla ¿no cree? 

Y de nuevo tornó á mirar á Tera sonriéndose, 

— olvidado momentáneamente de los graves 
asuntos tratados, — con los ojos, y la boca, y la 
cara toda, con su sonrisa bonachona y pilla, que 
secundaban esta vez los padres. 

— ¡ Baya, D. Pancho, usté siempre con sus 
guasas ! — dijo Tera, sonriendo también á pesar 
suyo. 

— ¡ Pero si no hay na de particular en eso, 
criatura! ¿Berdá? — con aire inocentón y con- 
vencido y muchos aspavientos dirigiéndose á los 
otros. 

Los cuales, por supuesto ¿cómo no iban á 
creerlo así? Y que sucedería, sucedería ¿por qué 
no? con el tiempo, Dios mediante. 

— Too el mundo se casa — prosiguió el gigan- 
tón con voz un tanto más seria. — Hasta yo, 
ya bes tú, con este corpachón que tú me estás 
mirando, y estas barbas, hubo un tiempo en que 
también fui joben, y tube quien me quisiera, y... 

Paró de golpe, como si algún pensamiento 
repentino hubiera cortado el hilo de su dis- 
curso. 



32 LA INSURRECCIÓN 

— ¿Y qué? — preguntó la muchacha, sorpren- 
dida de esta súbita interrupción. 

PeroD. Francisco, en vez de contestar, miró á 
los padres con extraña expresión y mirada ex- 
traña y juntamente triste y como avergonzada. 

— ... Y me casé, ahís ta too. Pero ¿ pa qué 
hamos á recordar ahora las cosas pasáas ? Ya yos 
toy biejo, y las boberías de muchacho yas tan ol- 
bidaas,y no hay que pensar en eyas.¿ Qué hay de 
eso, Isidro? 

El interpelado, que, al igual de su mujer, se 
había puesto un tanto grave con esta alusión al 
pasado de su amigo, repuso sentenciosamente : 

— Pues claro está: los jóbenes son los que 
tienen ahora el puesto, y no nosotros, Pancho, 
que ya no nos asienta. 

Con esto varió el asunto de la conversación, y 
pronto olvidó Tera las reticencias de D. Pancho, 
que algo la habían extrañado por un momento. 

No duró mucho más aquélla, sin embargo, que 
se iba haciendo tarde y era preciso trabajar al 
día siguiente. Al cabo de cinco minutos había pa- 
sado por completo la momentánea preocupación 
de los espíritus, y estaban charlando plácida- 
mente los cinco en turno, de sí mismos y de las 
personas y cosas que más familiares les eran y 
más cerca tenían, temas comunes del hombre 
cuando no tiene otros más graves que le embar- 
guen el ánimo. 

— Pero ¿saben ustedes una cosa? — interrum- 



LA INSURRECCIÓN 33 

pió de pronto Torres, como si fuera á decir al- 
guna inesperada é importante — ¿que ya es tarde 
y que tengo que dirme? ¡Cómo se pasa el tiempo! 
y eso que no ha benío naide más que yo esta 
noche. Mía la luna, Isidro, ya por donde anda 
en el sielo : las dies lo menos. 

Era cierto. El celeste reloj apuntaba en aquel 
instantelas diez aproximadamente, con su pálido 
horario lunar acercándose al centro de la esfera 
azul del firmamento. 

— Adiós, adiós — añadió el visitante, que se 
había alzado mientras hablaba. 

Todos le dieron las buenas noches en res- 
puesta. 

— Echemepa acá á Juanillo ¿eh? D. Pancho — 
agregó la madre. 

— Descuide — contestó éste saliendo. 

Y, dejando á la feliz familia en el portal ito, y 
repitiendo «hasta mañana» por última vez, con 
lento paso dirigióse á su bohío que, como ya se 
sabe, estaba cerca. 



Á pesar de aquella proximidad de su morada, en 
el corto trayecto que hubo de recorrer para llegar á 
ella fijó la vista más de cuatro veces con rara in- 
sistencia en una misma dirección, en la cual nada 
de particular se veía, si no era una pobre casita 
medio oculta entre las anchas hojas de un grupo 
de coposos y verdes platanales. 

Al mirarla, había en el semblante, por lo co- 
mún risueño y despreocupado, de D. Francisco 
cierta expresión como de vaga tristeza, y en sus 
ojos obscuros y alegrotes algo como las brumas 
de la nostalgia ó del recuerdo. 

Allí, al decir de las gentes, era donde se había 
desarrollado uno de los episodios de la vida de 
Torres, quizás el de más trascendencia de su 
vida; que también hay, aveces, episodios tras- 
cendentales en las existencias humildes, y esce- 
nas que, á despecho de la calma habitual de sus 
días, tiran más á drama que á sainete. 

Esta que decimos había sido conocida en su 
tiempo de todo el cuartón, en el cual se había 
comentado mucho, y aún, muy de tarde en tarde, 



LA INSURRECCIÓN 35 

se comentaba; pues para la uniforme tranquili- 
dad de la existencia que allí se hacía era impor- 
tante cualquier acontecimiento, y aquél, impor- 
tante en sí, de tal modo había agitado y puesto 
en conmoción, cuando tuvo efecto, el tranquilo 
lago de aquella vida, que del revuelto remolino 
de hablillas, conversaciones y sorpresas que, al 
suceder, se formó en su superficie, quedaban aún, 
á pesar del tiempo transcurrido, burbujillas de 
recuerdos en las memorias y pasajeras ondas de 
comentarios en las lenguas. 

Y de los actores, uno solamente : D. Francisco 
en persona. En la casita de marras habían habi- 
tado los demás principales que en el consabido 
drama habían tomado participación. Ahora esta- 
ban... no se sabía dónde, y sus antiguos bienes, 
la vivienda y sus tierras, en manos de otro dueño, 
un sobrino, Ángel Pérez, del antiguo propie- 
tario. 

Llenas de pensamientos y de recuerdos la 
mente y la memoria, iba Torres tan distraído al 
llegar al término de su breve jornada, que, como 
entrase por la tranquera de su finca á tiempo 
que acababa Juanillo de salir por ella, ni lo echó 
de ver, ni contestó el buenas noches conque lo 
saludara el muchacho. 

Media hora después, dormía ya casi todo el 
mundo en los bohíos. Dormía también al parecer 
la tierra toda, abandonada y silenciosa; y, com- 



36 LA INSURRECCIÓN 

pletando esla ilusión de universal letargo, aspi- 
rábase con la tibia brisa de la noche la respira- 
ción embalsamada de la Naturaleza en medio de 
su sueño — único signo que denotaba, en aquel 
mudo y solemnísimo reposo suyo, que no se 
hallaba muerta. 

Era la hora del silencio, la hora de los recuer- 
dos y las meditaciones. Sólo una persona, sin 
embargo, estaba aún despierta en aquellos sitios 
y recordaba algo en aquellos momentos; y hasta 
la pobre vivienda del platanal, que había sido la 
que trajera al pensamiento del hercúleo D. Fran- 
cisco Torres reminiscencias del pasado, yacía 
ahora en completo olvido, bañada por la radiosa 
claridad que le venía de arriba, y tan pacífica y 
misteriosa como todo lo que la rodeaba. 

No se había dormido aquél todavía, aunque 
parezca quizás extraña esta rareza. Esto no le 
pasaba á él comúnmente; tan sólo le ocurría en 
los casos, muy poco repetidos, en que tenía al- 
guna preocupación. En tales ocasiones solía que- 
darse un rato más ó menos largo sin poder con- 
ciliar el sueño, aunque este pasajero insomnio 
nunca se prolongaba hasta la media noche. 

Pero no se crea que por constituir esta excep- 
ción en la regla general de sus más despreocupa- 
dos convecinos que dormían á pierna suelta, 
había de tener forzosamente la conciencia menos 
despejada y limpia que los otros, aunque sí po- 
día decirse que tenía la memoria más llena de 



LA INSURRECCIÓN 37 

recuerdos ; que la casita tantas veces nombrada 
le traía algunos, y que en noches como la pre- 
sente, en que la luna envolvía el mundo en la 
suave y voluptuosa claridad de sus rayos, al 
mirarla cuando regresaba á su hogar, parecíale 
por unos segundos que había vuelto de un golpea 
los tiempos juveniles, á pesar de sus cuarenta 
y cinco bien cumplidos, y que la habitaban los 
mismos que en aquellos pasados tiempos la 
habían habitado, en vez del bueno y sencillote de 
Ángel Pérez. 

Esto era lo que le había acontecido una vez 
más, y acaso :on más fuerza en aquella ocasión, 
sin saber bien por qué. ¡ Maldita luna, que era 
la culpable de que aún no le hubieran dejado 
quieto las imaginaciones ! Y no porque le turba- 
sen gran cosa, sino porque le arrebataban un 
bocado, siquiera no fuese éste muy grande, de 
su ración de sueño, de que tanto necesita el tra- 
bajador para reponer el cuerpo, y prepararlo á 
la eterna lucha de la vida. 

Pero, quieras que no, volvió aún su pensa- 
miento, antes de cerrar él los ojos, á evocar ante 
ellos aquel capítulo déla historia de su vida, ca- 
pítulo cuyas dos terceras partes pudieran haber 
referido, letra por letra, á haber tenido lengua 
con que hacerlo, las débiles y ya viejas paredes 
de aquella vivienda, y la tercera restante, las de 
otra que al lado del bohío del platanal se al- 
zaba. Esta última había estado tomada en arren- 



38 LA INSURRECCIÓN 

damiento, junto con el sitio en que se hallaba 
enclavada, por el padrino, ya difunto, de Torres. 

La aventura de éste había ocurrido durante el 
tiempo que permaneció, cuando joven, alejado de 
su familia y en el sitio áe aquel padrino suyo. 

La causa principal del alejamiento, recordaba 
D. Pancho que había sido el haber pasado á ha- 
bitar en casa de nuestro héroe una prima suya, 
la cual había vivido hasta entonces, pobre y es- 
trechamente, con su padre, hermano del de 
D. Francisco y que cultivaba, hasta su falleci- 
miento, una pequeña finca que tenía subarren- 
dada y á cuyos gastos apenas podía subvenir con 
el escaso fruto de su trabajo. Así, pues, al mo- 
rir él, habiendo quedado la pobre huérfana des- 
amparada y sin apoyo, se habían visto sus tíos 
en el caso de recogerla, y bondadosa y caritati- 
vamente lo habían hecho. 

Como era Pancho el único hijo que tenían, y 
precisamente por aquella época no se hallaba 
con ellos, sino en casa del padrino nombrado, 
en la cual solía pasarse frecuentes aunque cortas 
temporadas, habían pensado los padres, al que- 
dar sin ellos la muchacha, por razones de econo- 
mía y conveniencia, para evitar murmuraciones 
si vivían los dos jóvenes bajo el mismo techo, y 
accediendo á los deseos que constante y reitera- 
damente expresaba el padrino, D. Pedro, á quien 
servía Pancho de grande alivio en el trabajo y 
de hijo, ya que era solterón impenitente, que 



LA INSURRECCIÓN 39 

continuase habitando al lado de aquél, y en su 
bohío. 

Lindaba éste con otro perteneciente á un ya 
anciano guajiro que en él vivía con su mujer, la 
cual era muy inferior á su marido en edad, bas- 
tante hermosa, y, como acaso se habrá supuesto 
ya, la heroína de la historia famosa de Torres. 
También habitaba con ambos, y hacía casi todo 
el trabajo de la labranza por el dueño, un primo 
segundo de éste, casi un muchacho entonces, 
algo simplón según la fama, y de excelente con- 
dición é índole. 

La mujer del viejo, y el joven Torres, hubieron 
de agradarse mutuamente, contaban las crónicas, 
ya olvidadas y nunca por nadie escritas ni leídas, 
de aquel tiempo. Y seguían diciendo las consa- 
bidas crónicas que el último se había arrestado 
á poner sitio á la vacilante virtud de la primera; 
que ésta, á su vez, no había tenido fuerzas para 
resistir el seductor asedio, y que, por último, 
habían llevado amores clandestinos hasta la 
muerte del padre del galán, que era la que había 
dado origen al descubrimiento y fin de aquellos 
amores, de los cuales nada ó muy poco hasta 
entonces se había traslucido. 
Y fué como sigue : 

Cuando le llegó su hora á D. Cirilo, y vio éste 
á las claras que se acercaba la última de su vida, 
mandó buscar á su hijo para comunicarle antes 
de morir sus designios y planes, que eran pro- 



40 LA INSURRECCIÓN 

ducto de largas reflexiones, y una resolución 
inflexible tomada desde muy atrás, contra la 
cual no era posible al joven rebelarse pero que 
estaba, en cierto modo, en abierta contraposición 
con sus propios deseos. 

Consistía en que el hijo tomara posesión, des- 
pués de la muerte del padre, de aquella finca 
que era lo único que en el mundo poseía á más 
de la choza, el ganado y demás adherentes á ella 
anexos. Todo tenía que pasar á poder de Fran- 
cisco, y éste que pasar á vivir en ella, tanto para 
cultivarla modesta hacienda que era todo el pa- 
trimonio que á él y á su madre quedaban, como 
para abrigo y protección de su madre y su prima, 
que solas no podrían seguir viviendo después de 
muerto D. Cirilo. 

— Pero — se dirá — ¿ cómo iba á habitar 
Pancho con su joven prima, y no podía haberlo 
hecho antes? 

La explicaciones bien sencilla : el buen D. Ci- 
rilo quería, en efecto, que habitasen juntos, pero 
luego de haberse casado. Este era el único me- 
dio que encontraba de resolver el punto, pues 
era sumamente rígido y hasta intransigente en 
estas materias. Y ésta también la circunstancia 
más difícil para el hijo, que se iba á hallar en 
una cruel alternativa. 

Porque una vez llegado el trance doloroso de 
la muerte del padre, y el duro é inflexible dile- 
ma para su heredero de casarse con su prima — 



LA INSURRECCIÓN 41 

que nada de fea tenía, ni de otra cosa alguna que 
pudiera infundirle repugnancia ó desvío — y hacer 
de esta suerte la felicidad de ella (á quien dema- 
siado sabían los dos esposos que el muchacho no 
desagradaba) y la de su madre enferma y acha- 
cosa, ó no casarse y dejar abandonado el sitio y 
abandonadas y sin recursos á las dos mujeres, 
siendo forzoso é ineludible aceptar uno de los 
dos rigurosos extremos, no podía caber un se- 
gundo de vacilación. 

Así, pues, llegó Pancho, todo agitado y lleno 
de angustia, al sitio, con noticias del estado de sú- 
bita gravedad en que su anciano padre se encon- 
traba, y le halló, en efecto, poco menos que en 
las últimas. Disimuló, le besó cariñosamente la 
mano, y transcurridos los primeros instantes y 
habiendo quedado solos padre é hijo, aquél, que 
se hallaba aún en todo su conocimiento á pesar 
de su estado, comunicó sin más dilación al último 
sus miras. 

No se sabe bien lo que después pasó, pero sí 
que el joven no hubo de mostrarse en el primer 
momento del todo conforme, según se averiguó 
más tarde. Y no porque le hubiera echado muy 
hondas raíces en el corazón el amor subrepticio 
que llevaba, pues averiguado está que jamás lo 
tomó muy á pechos, sino porque se le figuraba 
que no le sería fácil romper de aquel modo tan 
brusco que la exigencia de su padre le imponía. 

Pero D. Cirilo fué inflexible; y, considerando 



42 LA INSURRECCIÓN 

Francisco además que era su deber, por sus pa- 
dres, por su joven prima y por sí mismo, casarse 
con ésta, y que todas las conveniencias se lo or- 
denaban de consuno, aceptó, aunque con dudas 
y temores en el ánimo. 

A poco murió el padre, ya tranquilizado con 
la formal promesa que había obtenido, y se halló 
Pancho, además de apesadumbrado y dolorido, 
en un estado de incerlidumbre difícil de imagi- 
nar, no sabiendo cómo salir de aquel atolladero. 

Pero más fuertes que esta ansiosa incertidum- 
bre y más profundos fueron su asombro y su 
sorpresa cuando, al ir de nuevo &\ sitio de su pa- 
drino para invitarlo á la boda, temblando á la 
idea de ver ásu amante, con quien iba, sin em- 
bargo, decidido á romper, se encontró con que 
el nudo estaba cortado, y resuelto el conflicto 
con la solución más radical é inesperada. 

En efecto, el marido engañado había conce- 
bido sospechas hacía algún tiempo de que corría 
peligro su honra; y, no creyendo que pasase de 
correr peligro, y queriendo evitarlo, sin ha- 
blar palabra había hecho sus preparativos para 
poner tierra de por medio. Pretextando después 
una enfermedad que verdaderamente padecía, 
pero que no era la sola ni la principal causa de 
su marcha, desapareció con su mujer súbita- 
mente, sin comunicar á nadie el punto de su 
destino. 

Esta inesperada partida — tan inesperadaque 



LA INSURRECCIÓN 43 

ni dio tiempo siquiera á la mujer para comuni- 
carla á su amante (cosa que, por lo demás, hu- 
biera sido en todo caso inútil) dejaba á éste en 
aptitud de cumplir el compromiso con su mori- 
bundo padre contraído y arreglaba todo por el 
pronto, aunque su misma rapidez podía tener en 
lo porvenir pavorosos resultados que no era po- 
sible prever, y acaso aquellos amores consecuen- 
cias que ignoraran aun los mismos que los ha- 
bían llevado. 

Poco falta que añadir para terminar esta 
sucinta reseña de los recuerdos y antecedentes 
de uno de los principales personajes de esta his- 
toria. Los que le habían visto á la ida en casa de 
su padrino de bautismo — el cual iba á serlo 
también de su boda — lleno de agitación, 
viéronlo luego retornar, cambiada esta agitación 
en cierta tristeza tranquila, rescoldo moribundo 
de su pasado y tibio amor, y en conformidad 
sus mal encubiertos escarceos para dilatar las 
proyectadas nupcias. 

Lleváronse éstas á efecto poco después en la 
iglesita de los Pinares, con gran contento de to- 
dos, incluso del novio, satisfecho del dichoso fin 
de su enredo y del amor dulce y sumiso de su 
prometida, y se establecieron los recién casados 
en el bohío en que hemos encontrado cerca de 
veinte años después, ya viudo, sin madre y con 
un hijo, al grandote y al parecer sencillo D. Fran- 
cisco Torres. 



44 LA INSURRECCIÓN 

En cuanto ásu amante, no había vuelto á sa- 
ber de ella, ni hizo tampoco diligencia alguna en 
tal sentido. Fué olvidándola poco á poco, y al 
fin llegó á olvidarla casi por completo; aunque 
á veces, como en aquella clara noche, volvía á 
asaltarle, como se ha dicho, su recuerdo por un 
rato antes de conseguir dormirse. Pero no tar- 
daba mucho en conseguirlo, por más que esta 
última vez, acaso por la misma agitación que 
la charla con D. Isidro, y luego la vista de la ca- 
sita blanca, habían comunicado á su espíritu, 
tardó algo más que de costumbre. 

Por lo demás, se sentía tranquilo. Tenía la 
persuasión de que á su antigua amante, si aún 
vivía, que no lo pensaba, le sucedería lo que á 
él : le habría olvidado. 

A la postre, cansado de alma y cuerpo, aco- 
modó la cabeza sobre la dura almohada, y, abra- 
zando ésta con entrambas manos, se quedó dor- 
mido pensando en otra cosa para él más grave : 
en la terrible conspiración de que era miembro, 
y mecido por la firme y tranquilizadora certi- 
dumbre de que aquellos amores habían pasado 
sin dejar rastro nihuella de su paso fugitivo. 



Despertaron al siguiente día D. Francisco y su 
hijo con el alba, como de costumbre, y ambos 
se levantaron y concluyeron de tomar su sobrio 
desayuno, y el sencillísimo arreglo matinal de 
sus personas, en breves instantes. 

El primero estaba ya olvidado por completo 
de todas sus reminiscencias de la víspera, y el 
segundo repuesto también completamente de su 
indisposición, aunque aquel día trabajó poco. 

Pero uno y otro, luego de terminada su tarea 
y haber comido, estaban en casa de D. Isidro 
González en cuanto llegó la noche. 

Hubo cortas felicitaciones, y preguntas de 
parte de las mujeres. 

— ¿Qué te pasó ayer, muchacho? ¿Qué fué 
eso? 

— Na : un dolorsitoé cabeza y el cuerpo algo 
pesao; na más... 

— Nosoty^as — interrumpió Tera — nosotras 
que te esperábamos pa contarte... 

— ¿Pa contarme? ¿el qué? 

— ¡ Más cosas! Del guateque... 

— Pues vas toy aquí. ¿ Qué hay de nuebo ? 



46 LA INSURRECCIÓN 

Entonces comenzó ella á referir, con mucho 
manoteo y locas exclamaciones, lodo lo que iba 
á haber el día de su Santo. El la escuchaba sin 
interrumpirla, casi sin pestañear, como olvidado 
súbitamente de todo, contemplándola cual si 
no la hubiese visto en largo tiempo, y admirado 
de verla tan graciosa, tan linda, tan ligera, cual 
la torcaza, de la cual tenía, á veces, los movi- 
mientos hechiceros. 

— ¿Conque too eso, Tera, too eso? — dijo 
al cabo. — ¡Y qué bonita bas as tal con tu traje 
nuebo! — añadió con franca admiración al co- 
nocer que había de estrenar uno en la fiesta. 

Los padres, en tanto, poco interesados en el 
coloquio de los jóvenes, se habían separado un 
poco y estaban hablando con D. Pancho, ha- 
biendo dejado á aquéllos relativamente libres, 
por lo que aprovechaban éstos el tiempo con ava- 
ricia y placer de enamorados. Juanillo había sa- 
lido á cumplir una comisión de su padre á un sitio 
y no había vuelto todavía. 

— ¿De berdá que sí ? ¿ tú crees que estaré bo- 
nita, Andrés? — repuso ella, casi sólo por el 
placer de decir algo, sonriendo y mirándole con 
sus ojazos ingenuos, y precozmente llenos de pa- 
sión. 

— ¿Que si lo creo? — murmuro él. — Si eres 
más linda, Tera, más linda, que... que too Jo 
que he bisto, ¡baya! 

Echóse á reir Tera al oir esto, con la risa 



LA INSURRECCIÓN 47 

peculiar de ella, que sonaba como si una cajita 
de perlas á no larga distancia se vaciase. Le 
agradaba, como á todas las mujeres del mundo, 
oirse llamar bella, pero con toda sinceridad y 
candidez lo dudaba, quizá por no haber tomado 
aún nunca en serio y muy á pechos aquella cues- 
tión de ser hermosa ó fea. Ella, en gustándole 
á su novio... 

— Ban á tenerte enbidia todas, toiticas... Y 
los muchachos — añadió Andrés con una ligera 
entonación celosa, que pasó como una ráfaga 
fuerte é instantánea en la atmósfera tranquila 
de un día de Agosto — y los muchachos, ban á 
querer bailal contigo, Tera. Pero tú, no miras 
á denguno ¿berdá? á denguno más que á mí... 

— ¡ Claro, bobo, si ya tú demasiao que lo sabes ! 
Tras de un segundo de pausa, en que ambos 

se miraron, sonrientes, 

— Tera, ¿ tú me quieres mucho? — pre- 
guntó, acaso por la milésima vez, el enamo- 
rado. 

Esta vez sin embargo, no le contestó ella con la 
boca, sino con la mirada profunda y amorosa, 
aquella mirada suya en la que había algo de la 
tierna melancolía é imponente serenidad de los 
crepúsculos. 

— ¿Me quieres, me quieres de berdá? — 
repitió él, emocionado, casi anhelante, como si 
no lo supiera. — Dímelo, pa oírtelo, aunque 
sea una bes na más... 



48 LA INSURRECCIÓN 

— ¿Que si te quiero? Te quiero, Andrés, mu- 
cho, mucho, mucho ; baya ¿te gusta? 

Oía él su voz, como si todos los sinsontes que 
podían aún vagar á aquella hora por sobre los 
troncos de los cardones puntiagudos ó entre los 
surcos de los cercanos maizales hubiesen alzado 
á una sus voces arrobadoras para entonar un 
concierto divino. 

— ¿Mucho?... ¿De qué tamaño? Yo te quiero, 
yo te quiero... 

Y se quedó parado, perplejo, como si no pu- 
diera abarcar con la pobre mente inculta el in- 
menso espacio que podría haber ocupado su 
amor, convertido en materia mensurable. 

— Bamos — dijo después — como ese sielo, 
¿tú bes ese sielo que ba hasta aya lejos, lejos, 
donde casi no se be sino como un humo asul 
muy finito?... bueno : pues así te quiero yo á ti. 
¿Y tú? 

— ¿ Yo ? — repuso ella algo sorprendida. — Yo, 
más todabía de lo que coge too ese sielo; más 
que too este llano que tapa, y esa loma, y lo que 
está más aya; más que toa Cuba... ¿Tú sabes? Yo 
no podría medirlo en toa mi bida. .. 

— j Ay, Birgen ! — exclamó él entonces suspi- 
rando, como si tuviera en el pecho demasiado 
peso de ventura... — ¡qué bueno ! 

Se miraron nuevamente, y, sin saber por qué, 
rieron, con risa feliz de niños, expresando su 
dicha. 



LA INSURRECCIÓN 4y 

Después quedaron un rato mudos, castos y 
unidos, sonriendo aún y contemplando la llanura 
y el firmamento como para compararlos con la 
inmensidad de su cariño. No hubieran trocado 
en aquellos instantes los palacios más opulentos 
por aquella pobre casita que la cálida brisa aca- 
riciaba trayéndoles el aroma vivificante de las 
tierras de laboreo. Lo único que ambicionaban 
era seguir allí sin sentir pasar el tiempo, uno 
aliado del otro, mirándose de cerca, hablándose 
bajito para decirse que se querían mucho, mu- 
cho, mucho, más que la extensión del mundo y 
el espacio del cielo sin riberas... 

Tera era de carácter más alegre y juguetón 
que Andrés, y más joven. Estaba entonces en 
la frontera de los quince años, en esa edad 
indecisa en que se entra en un período nuevo 
de sensaciones y sentimientos desconocidos, y 
en que comienza á descubrir el alma un mundo 
hasta entonces ignoto de embriagueces no soña- 
das y de dulces y deliciosas ilusiones, llenas aún 
de la poesía divina délos cielos y llenas ya tam- 
bién, y al mismo tiempo á veces, de las primeras 
vagas voluptuosidades de la tierra... 

Las tristes y gemidoras palmas que constan- 
temente tenía ante los ojos y estaban de continuo 
acariciándole los oídos con los susurros y miste- 
riosas quejas de sus pencas, parecían haberle 
dado la esbelta flexibilidad de su cintura ; el sol 
abrasador que centelleaba en la llanura ilimi- 



50 LA INSURRECCIÓN 

tada del horizonte inmenso y claro, como que le 
había puesto en el corazón y en la mente algo 
del fuego que ambos albergaban. 

Tenía Tera los cabellos del color de los negros 
cocuyos que en las noches de verano se ocultan 
á lo largo de las guarda-rayas ; y, conforme bri- 
llan entre las yerbas húmedas los lucientes oji- 
llos de aquéllos, brillaban los ojazos de Tera, en 
su rostro ligeramente trigueño, como las glebas 
que levantaba á su paso el arado de D. Isidro. La 
boca tenía pequeña, graciosísima, de labios li- 
geramente gruesos, y encendidos como la carne 
tierna y dulce de los mameyes en sazón ; los pies, 
menudos y ligeros, parecidos, cuando pisaban 
levemente la tierra, á los del ciervo en ligereza 
y gracia, y bien hechas las lindas manecitas, 
aunque algo estropeadas por la aguja y los 
quehaceres de la casa. 

Era digna de admirarse la agilidad encanta- 
dora de su cuerpo, no del todo formado aún, y de 
oirse su voz, que dijérase que había quitado su 
sonoridad á la del ruiseñor, y á la de la alondra 
su dulzura ; y ¡ qué mirada la de aquellos ojos, y 
qué encanto el de la boca, y cuánto hechizo y 
movimiento en el arco de las cejas, y en la 
frente despejada, y en todo el conjunto y la expre- 
sión de aquel lindo semblante de adolescente ! 

Era el encanto de todos por su alegría, por su 
juventud, por su inconsciente belleza. De su ser 
parecía desprenderse un puro y vago perfume que 



LA INSURRECCIÓN 51 

penetraba en el espíritu y lo bañaba en un 
efluvio penetrante de contento y calma. 

Desde chicos se habían conocido Andrés y 
ella ; habían jugado mil veces juntos en el suelo 
mientras sus padres charlaban, y crecido querién- 
dose, sin concebir que pudiera ser de otra ma- 
nera. Sólo de hallarse él ante ella, de escuchar 
su voz, considerábase dichoso y sentíase trans- 
portado. Si, de casualidad, se encontraban sus 
ojos con los de Tera, tímidos y amantes como 
los de una paloma, experimentaba él tan intensa 
dicha, que por un instante la veía como un ángel 
del cielo, allá en su imaginación ardiente, y avi- 
vada por el amor. 

Y Tera, feliz con amar y verse amada, estaba 
siempre alegrando á todos con la armonía de su 
voz y el encanto de su risa. Tenía aún los ver- 
gonzosos rubores y candorosas ingenuidades de 
la infancia. Cuando le daban bromas con An- 
drés tornábase color de rosa, como en un albo- 
rear de su feminilidad, su cutis de morena ; y 
volvía los ojos entre enfadada y satisfecha, con 
un mohín, en los labios, de instintiva y natural 
coquetería. 

No eran novios ellos, sin embargo, en la co- 
rriente acepción de la palabra, ni habían tomado 
muy en serio todavía, los padres, la cuestión del 
noviazgo, sino como cosa que á la postre, y an- 
dando el tiempo, habría de ser un hecho, pero en 
la cual no había que pensar mucho por el pronto. 



52 LA INSURRECCIÓN 

No obstante, como de novios se hablaba 
siempre de Andrés y Tera, por la costumbre ad- 
quirida de verlos frecuentemente juntos, y por 
la de Andrés de ir todas las noches al bohío 
de D. Isidro González. Era cosa admitida que 
sólo con aquél se casaría la muchacha, y tanto 
lo era, que á pesar de hallarse todos, ó casi 
todos, los guajiros jóvenes de por allí más ó 
menos platónicamente enamorados de la lin- 
dísima flor de la siguaraya (como en cierta 
ocasión se había arrestado á decirla uno de 
ellos, por vía de original requiebro) todos, sin 
excepción, respetaban el derecho de Andrés, y 
procuraban dedicarse á cortejar á otra, sabiendo 
con certeza cuan poco podían esperar, de seguir 
la conducta contraria y obstinarse inútilmente 
en conseguir el amor de Tera. 

Podía ver y veía ésta todas las noches á An- 
drés, como se sabe ; pero no se crea por eso que 
hablaban aparte siempre y separados de los 
demás, sino todos juntos muchas veces; circuns- 
tancia no muy agradable para enamorados, sea 
en campos, villas ó ciudades. Sólo cuando se 
presentaba la ocasión — que no dejaban ellos de 
buscar, con el arte exquisito y paciente de su 
mutuo cariño — solían conversar así, mientras 
los demás estaban entretenidos, ó, por piadosa 
complacencia y bondad, fingían estarlo. 

En la última ocasión lo estaban de veras todos, 
bien que los dos jóvenes acaso más que el resto, 



LA INSURRECCIÓN 53 

cuando vinoá interrumpirlos bruscamente la voz 
de Juanillo, el cual volvía de cumplir la comi- 
sión dada por su padre. 

— ¡Ah, aquís ta Andrés! ¿Yate se pasó la 
morriña? Ya te beo, ya, ahí con Tera, condenao, 
hecho too unas mieles. Aprobechen, y báyanse 
apreparando pal baile, que baá estal ¡mía! — y 
sacudió el puño en el aire, como para dar así 
más fuerza á sus palabras — ¡ de flor ! 

— ¡ Si no estábamos hablando de eso ! — le 
interrumpió Tera. — Pa éste, no hay más habla- 
duría que del guateque... 

— No, me creí... Como ya farta tan poco... 
Para Juanillo era inconcebible que, estando 

solo á unos días de distancia tamaño aconteci- 
miento, hubiera quien pensase en otra cosa. 

... Y luego que hubo dado las buenas noches á 
D. Pancho — recordándole que no se las había 
contestado la víspera — y á su padre cuenta del 
cumplimiento de su encargo, referente ala venta 
de unas matas de tabaco, tuvieron que escu- 
charle Tera y Andrés, á cuyo lado naturalmente 
volvió, la relación de todos los que habían de 
venir á tomar en la fiesta alguna parte; de las 
condiciones del gallo indio que tenía preparado un 
conocidosuyo, á quienllamaban Antonio elmocho, 
para echarlo con el canelo de Pepe, el gallero 
más conocido délos Pinares, y el cual lo traería 
expresamente para aquella pelea; y, por último, 
de las excelencias y gracias, que ya ellos cono- 



54 LA IiNSURRECCIÓxN 

cían, de Serafina, la muchacha que lo traía á él 
loco por entonces, hija de un vecino y, según al 
cabo hubo de confesar, el principal atractivo de 
la festividad para él. 

Era ésta, por lo demás, el asunto que agitaba 
más ó menos en aquellos días, por muchas y 
diversas razones, los ánimos de todos, jóvenes y 
viejos. Los jóvenes veían en ella una ocasión de 
esparcimiento que abría un breve paréntesis en 
la eterna monotonía de la existencia que lleva- 
ban : la ocasión de bailar, de oir música, siquiera 
fuese algo ramplona y primitiva, y, sobre todo, 
de aproximarse uno y otro sexo, móvil el más 
poderoso que impulsa, en el fondo de todos 
los demás, á la juventud de todas las clases, 
á todas las diversiones de igual ó parecida ín- 
dole, y atracción la mayor y más natural que 
estas diversiones encierran. Los de edad madura 
y hasta los viejos se alegraban también de poder 
hacer una pausa agradable en el árido viaje de 
sus vidas. Y para algunos poseía el guateque un 
interés más especial : tal era el caso de Juanillo, 
por ejemplo, aparte y además de su amigo y su 
hermana... y tal el de D. Isidro González y com- 
pinches, quienes tenían asimismo sus miras parti- 
culares en el baile, aunque de bien distinta na- 
turaleza. 

Por eso lodo el mundo hablaba del festejo 
aquel y lo aguardaba; y por eso aquella noche 
— con no poco disgusto de los novios, los cuales 



LA INSURRECCIÓN od 

á duras penas pudieron reanudar, por breves ins- 
tantes en que Juanillo entróse á beber agua, el 
interrumpido dúo que éste forzosamente convertía 
en desafinado terceto — y las pocas más que se 
siguieron antes de que llegara el día del Santo, al 
propio tiempo que hablaban de él los muchachos 
en un extremo, hacían variaciones sobre el mis- 
mo tema por otra parte D. Isidro, D. Pancho y 
los demás guajiros contertulios que llegasen, 
mientras D a . Rosa cosía en la salita ó introducía 
la cuchara de su lengua en la salsa más ó menos 
picante ó desabrida de la conversación. 

Por cierto que, por palabras y frases sueltas 
que casualmente había escuchado, tenía ya ella 
sus barruntos de lo que tramaba su marido, y 
no le había sorprendido gran cosa, porque lo 
suponía y aun lo esperaba. Nada le había dicho, 
sin embargo, áéste, reservándose su más anona- 
dadora sonrisa de triunfo para cuando González 
viniera con aire de misterio á iniciarla en los de 
sus cabalas. Ya hacía algún tiempo que la gua- 
jira había concebido sus sospechas, bien que sin 
tener certeza absoluta de la existencia de la cons- 
piración ; y se sentía algo picada de que no se lo 
hubiera comunicado D. Isidro, quien no solía 
ocultarle cosa alguna. 

Pero esto mismo, por otro lado, la hacía pensar 
que debía de ser el asunto cosa en extremo pe- 
liaguda, lo cual la traía algo inquieta y preocu- 
pada, y otro algo curiosa, como mujer al cabo. 



56 LA INSURRECCIÓN 

Fueron pasando así los pocos días que para el 
del Santo de Tera faltaban, sin que ni ésta ni 
Andrés dejasen de aprovechar los ratos en que 
Juanillo dejábalos en paz y solos para proseguir 
su plática sin término, siempre igual y siempre 
diferente como todas las pláticas de los enamo- 
rados, mientras D. Isidro acababa de redondear 
sus planes, y su mujer reflexionaba observando, 
y todos, con mayor ó menor interés, aguardaban 
el gran día. 



Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas 

LIBRERÍA PAUL OLLENDORFF 

50, chaussée d'antin, 50 — PARÍS 



El Señor de Phocas 

POR 

JEAN LORRAIN 

Versión castellana de Carlos de Batlle 



La literatura francesa contemporánea puede enor- 
gullecerse de esta verdadera joya literaria que el maes- 
tro aurífice Jean Lorrain bautizó con el nombre de 
EL SEÑOR DE PHOCAS. El protagonista, real 
ó imaginario, creado por el malogrado escritor, no es 
héroe de folletín, es algo más y es otra cosa, es la sín- 
tesis de esas vagas y terribles dolencias del siglo, de 
esas modernas entidades patológicas que los facultati- 
vos llaman « las neurosis » pero que al sentido común 
de la humanidad mediana, que no se precia de clínico, 
se le ha antojado achacarlas á la falta de ciertos ele- 
mentos que con el nombre de principios contribuyen 
en gran parte á la salud moral del individuo y de la 
especie. 

Jean Lorrain ha sabido describir con rara perfección 
ese mundo especial de buscadores de sensaciones cuya 
febril curiosidad, perversos refinamientos y enfermizas 
originalidades han hurgado, aguijoneado y arrastrado 
en todo tiempo á cuantos se han empeñado en gozar, 



como seres aparte, con las ponzoñas y venenos de la 
naturaleza. 

Hay páginas y capítulos enteros en esta obra que 
son verdaderas visiones ; otras hay que valen tanto 
como los mejores estudios de crítica artística que se 
han publicado en estos últimos tiempos, y casi en 
todas, sin exceptuar un sólo capítulo, se muestra el 
autor como en realidad fué : un verdadero artista. 

Nosotros creemos con el ilustrado prologuista de la 
edición castellana, que ese libro podrá ser, bien leído 
y pensado, el mejor consejero de cuantos discurren 
por el mundo cabalgando sin estribos y sin freno sobre 
ese corcel bravio que llámanos la imaginación. 

La versión castellana se debe al notable y conocido 
autor de Fray Gabriel quien ha sabido reproducir 
con arte exquisito y con laudable probidad tan valiosa 
joya literaria. 

DEL AUTOR : 

Tríptico. 

El vicio errante. 

Afeites y venenos. 




Pero uno de los últimos antes del magno su- 
ceso, ó, para ser más exactos, una de las últimas 
noches que precedieron su triunfal llegada, comu- 
nicó D. Isidro González una noticia tan impor- 
tante y sensacional, que puso en segundo término 
por toda aquella noche, en los ánimos excitados, 
el pensamiento dominante. 

Antes de descorrer el velo, sin embargo, y para 
que se comprenda bien el efecto producido por 
ellaen los guajiros, es necesario ocuparse, siquiera 
sea muy de paso, en el estado del país y de los 
espíritus en aquellos momentos. 

A los oídos de aquellos campesinos apenas había 
llegado, hacía cosa de un mes, el vago rumor de 
que en Oriente se había levantado una pequeña 
'partida, y otra en Matanzas que casi á las pocas 
horas había sido copada, y presos los audaces 
iniciadores que la componían , quedando sólo aquel 
primer grupo de alzados, sin apoyo alguno apa- 
rente en el resto de la Isla ni recursos de ninguna 
clase, en contra de España. Locura parecía no 
someterse en vista de estas circunstancias, y así 
lo proclamaban á voz en cuello los diarios espa- 



58 LA INSURRECCIÓN 

ñoles, dando por fracasada la intentona, por pre- 
sentado dentro de poco el escaso resto de los 
sublevados y por quieta y pacificada la Isla nue- 
vamente. 

Algunos días pasaron , no obstante, y la aparente 
locura de los alzados no llevaba trazas de curarse. 
Visto lo cual, puesto de acuerdo el Gobierno con 
los miembros directores del partido autonomista, 
partido á que generalmente se creía — y en gran 
parte era verdad — pertenecían los naturales 
del país, se acordó enviar un Comisionado al 
cabecilla délos insurrectos, que lo era el general 
Bartolomé Masó, á fin de que, hablándoles 
aquél como cubano, les pusiera delante de los 
ojos su verdadera situación, invitándoles á volver 
de nuevo á la legalidad. 

Aquella conferencia, sin embargo, no había de 
dar fruto alguno. El Comisionado retornó sin ob- 
tener resultado alguno de su comisión, y defini- 
tivamente se habían roto las hostilidades, un mes 
largo hacía ya. 

A la sitiería habían ido llegando las noticias 
salteadas, y adulteradas las más veces, en los pe- 
riódicos que á duras penas podían ser consegui- 
dos, ó en las versiones que traía de los Pinares 
algún vecino que iba allá ó de allá venía ocasional- 
mente. Los primeros concordaban por lo general en 
asegurar la insignificancia de la intentona, como 
se la llamaba desdeñosamente todavía, y vaticinar 
su fin seguro y próximo. Los segundos no podían 



LA INSURRECCIÓN 59 

ser mucho más optimistas, pues que, en realidad, 
no había fundamento alguno sólido en que 
apoyarse para serlo. 

Una cosa, sin embargo, era indudable : que el 
chispazo, fuese grande ó pequeño, no se había 
extinguido; y ya se sabe que una chispa puede 
dar origen á una conflagración, por más que pueda 
también apagarse sin llegar á ser brasa siquiera. 

Había una ansiedad inmensa por conocer la 
verdad, una gran sed de saber, una profunda 
excitación en los primeros momentos, excitación 
que poco á poco fué calmándose durante algunas 
semanas, á causa de la monotonía y uniformidad 
de las noticias, durante el corto tiempo en que 
estuvo la insurrección localizada en Oriente. En 
casa del sitiero González se había hablado ya del 
asunto en varias ocasiones. 

— ¿Y qué hay de la guerra ? — preguntaban á 
éste, que solía ser el más enterado, por sus fre- 
cuentes idas al pueblo. 

— ¿A mí me preguntan? — replicaba, sacando 
el labio inferior y abriendo los ojos. — Y yo 
¿qué sé? ¿qué boy á sabel yo? ayas taba leyendo 
uno, ca el bodeguero, la « Marina», y desía el 
diario que no es na, que se acabó... ¿qué sé yo? 
¿ quién ba á saber la berdá? 

A despecho del tonoafectadamenle indiferente 
de D. Isidro, se advertía en su voz, siempre que 
hablaba del asunto, una ansiedad profunda y con- 
tenida. Y aun era claro que esta ansiedad, mez- 



60 LA INSURRECCIÓN 

ciada de interés, se reflejaba en los ojos de los 
que le escuchaban, lodos deseaban desespera- 
damente que creciera el fuego; pero todos 
también creían de buena fe que era cosa de 
poco. 

— Yo lo que sé — dijo una noche, sin embargo, 
un guajiro joven que había ido como otros varios 
á saber noticias — yo lo que sé es que. . . que no se 
ha acabao entoabía. Y que ya yeba argo ¿ eh, 
cámaras? ya yeba argo la cosa. 

Nadie contestó, pero brillaba una alegría loca, 
un destello de esperanza en todas las pupilas. 
Y al cabo exclamó otro : 

— ¡Jum! Yo... no me gusta ponerme con bo- 
berías de muchacho ¿ saben? pero la berdá, la 
berdá es que argo hay de eso. Porque bamos á 
bel : ¿ por qué quieren traer ahora pa acá á Mar- 
tines Campos? y aluego ¿ no han oído ustedes 
hablal de tropas que están pabenil? 

— ¿ Tropas? ¿ más tropas de España? — ex- 
clamaron algunos, con una mezcla de sorpresa y 
emoción. — Entonses, cabayeros, hay más de lo 
que sabemos — concluyó triunfante el que había 
hablado primero. 

— Pues tropas, sí, señor, soldaos pa acá pa 
concluir con las partiítas esas que se han leban- 
tao. Paeseque ya no hay bastante con los que había 
aquí. ¿ Eh, D. Isidro, qué dise usté de eso? 

Toda la confianza estaba en éste. 

— ¿Que qué digo yo? (A D. Isidro le latía el 



LA INSURRECCIÓN 6 i 

corazón de júbilo y ansiedad bajo la guayabera.) 
¡No sé, no sé, la cosa ba poniéndose un poquito 
más seria, esa es la berdá; no hay que descui- 
darse, no hay que descuidarse, que cualisquier 
día pue estallar la bomba grande y cogernos de 
sorpresa! 

Lo cierto era que González, y con él varios otros, 
estaban, como ya se sabe, trabajando sin des- 
canso para sublevar la comarca, bien que aun no 
habían sido enterados todos, porque ya habría 
tiempo de que lo fueran. Déla adhesión de todos 
estaban seguros, y el sitiero deliberadamente no 
quería entusiasmarles demasiado, ni mantenerles 
sin esperanza tampoco. Y era de ver la consumada 
habilidad con que llevaba á la práctica su 
política. 

Poco á poco iba, entretanto, creciendo la ma- 
rea. El general Calleja se marchó, sucediéndole en 
el mando supremo de la Isla el general Martínez 
Campos. Y, casi simultáneamente comenzaron á 
llegar las primeras expediciones de soldados, 
avanzadas del formidable ejército que había de 
enviar España. 

Entonces fué cuando se empezó á ver clara- 
mente la importancia del movimiento. Todas las 
esperanzas de los que ansiaban la paz se fijaron 
en Martínez Campos, militar y político ; el cual 
anunció, luego de llegado á Cuba, que la rebe- 
lión estaba localizada en Oriente, donde sería 
acorralada y exterminada como dañina y perni- 



■62 LA INSURRECCIÓN 

ciosa á la paz, prosperidad y civilización de la Isla. 

Tal era la situación, en que todo parecía estar 
de parte de España, cuando una tarde vino de 
los Pinares un amigo de D. isidro, de tipo, por 
cierto, algo exótico por allí, pues vestía de saco 
y parecía no ser del campo, según su figura y em- 
paque. Venía á ver á González para cierto asunto 
reservado ; y antes de irse le dio á aquél una no- 
ticia que hizo palidecer de emoción su cara fran- 
cota y campechana. 

Aquella noche — faltaban dos tan sólo para la 
anunciada fiesta en el bohío — cual si se hubiesen 
avisado de antemano fueron á éste muchos visi- 
tantes. Y como uno de ellos preguntase al amo de 
la casa si sabía algo de nuevo, adoptando el tono 
solemne que la gravedad del caso demandaba, 
repuso que algo había. 

Expectación general. 

— ¿ De la guerra? (Ya empezaba, aunque algo 
tímidamente, á dársele este nombre.) 

— De la guerra mismita. Yo no sé si será 
berdá, ustedes saben, me lo han contao na más ; 
pero lo mismo que me dieron la nolisia, la largo. 
Disen que yegó... 

— ¿ Martines Campos? Eso ya es biejo — 
saltó D. Pancho Torres. 

— ¿Te baj á cayar? Tú siempre has de salir 
con alguna pata é banco. 

— ¡ Pues quién entonses, hombre de Dios i 
j Acaba de una bes ! 



LA INSURRECCIÓN ti'S 

— Maseo — pronunció claramente D. Isidro,, 
como si pusiera el dedo en el resorte que había 
de hacer vibrar todas las almas. 

— [ Maseo ! 

— I Maseo en Cuba ! 

— Pero¿ de berdá., berdá? 

— ¿ Será una guasa suya, D. Isidro? 

Así exclamaron varias voces, todas al mismo 
tiempo. 

— Maseo, y dentro é poco Martí y Mársimo 
Gomes — repuso D. isidro imperturbable. — Me 
lo han dicho esta tarde mismita. Si es guasa, no- 
sé; pero se me aíigura que no lo es... 

Como si se hubiesen abierto de pronto las vál- 
vulas á la esperanza, al entusiasmo, á la fe en el 
triunfo, al sentimiento contenido, estallaron en- 
tonces gritos de loca alegría. 

— Cabayeros — dijo D. Francisco sin poder 
contenerse, de pie como un coloso en medio de 
la tempestad, dominándola con su estatura y 
sus grandes barbas — estamos entre cubanos 
¿ no es berdá? 



¡ Sí, sí 



Pues ¡ biban los insurrectos, cabayeros 



¡ Biban ! 



— ¡ Biba Mársimo Gomes ! 

— i Biba Martí! 

— ¡ Biba Maseo ! 

Algunos, los más jóvenes, se levantaron y abra- 
zaron á González. 



64 LA INSURRECCIÓN 

— Bale lo que pesa este D. Isidro. 

Les parecía que algo de la grandeza de la 
noticia le tocaba por haberla él dado. 

— Toque los sinco, cámara — decían los 
otros, estrechándole la mano pomposamente. — 
Estamos de arriba. — Lo que es ahora sí que 
creo.., — exclamó un respetable guajiro, muy 
amigo del héroe de la noche — que la cosa se 
pone seria. 

— Pero... ¿ será berdá, será berdá? — pre- 
guntó todavía alguno, no pudiendo, por lo mismo 
que tanto lo deseaba, convencerse aún. 

— Berdá — respondió D. Isidro, con autoridad 
y convicción, y ya sin ocultarse. — Me lo ha 
dicho... el Delegao. 



Llegó por fin, sin más incidentes, el suspirado 
día, y fueron llegando, algunas horas después de 
haber él despuntado, é inmediatamente del al- 
muerzo, multitud de convidados de los alrede- 
dores. Venían — todos muy empaquetados, muy 
alegres, y un poquito cortados al principio al- 
gunos — hombres, viejos y jóvenes; mujeres, 
madres y pimpollos : « lo más estimao de por 
allí », como decían más tarde hablando de 
aquella memorable y sonada fiesta. A eso de las 
doce estaba ya en su puesto casi todo el mundo, 
y la casa de gente que apenas se podía dar un 
paso sin tropezar con alguien. Pero los toca- 
dores, los personajes imprescindibles para el 
buen éxito de la función bailable, no habían 
llegado todavía. 

Todos los taburetes, bancos y trastos que de 
asientos podían hacer las veces, salieron á relu- 
cir y á servir de tales. Las mujeres se sentaron; 
algunos hombres que pudieron conseguir un 
puesto donde acomodarse sentáronse también á 
charlar con aquéllas; otros de pie quedaron y 
discurriendo y hablando entre sí, y los más 



66 LA INSURRECCIÓN 

siguieron á Juanillo y dos guajiros jóvenes que, 
por él conducidos, armado cada uno de los dos 
de sendos gallos bajo el brazo y en vista de que 
no aparecía la orquesta, se habían salido al pa- 
tio, dispuestos á probar las condiciones y coraje 
de sus respectivos campeones, en singular com- 
bate. 

Entre los que siguieron á los dos presuntos con- 
trincantes llevados por sus dueños, no estaba 
por cierto Andrés, sino, muy taco y muy amarte- 
lado, en un grupo de gente joven en el cual 
se hallaba su adorado y precioso tormento reci- 
biendo parabienes y felicitaciones, como feste- 
jada que era por ser aquel el día de su Santo y 
cumpleaños. ¡ Y que estaba linda de veras la 
agasajada, recibiendo los plácemes, en tanto que 
su madre y su padre, cada uno por su lado y el 
último con el consabido aditamento de su inse- 
parable y buen amigo Torres, hacían, como Dios 
y su buen deseo les daban á entender, los honores 
del bohío, departiendo con los invitados y entre- 
teniéndolos hasta que llegasen los músicos ! 

Al ver salir á los galleros, muchos se fueron, 
no obstante, tras de ellos, como se ha dicho, y 
la casita quedó más despejada, é iba quedán- 
dolo más cada vez de concurrencia masculina, y 
aun algo de la femenina, pues varias mujeres, 
invitadas á presenciar la pelea, aceptaron por 
curiosidad, aunque muchas también prefirieron 
quedarse donde estaban. 



LA INSURRECCIÓN 07 

Mientras, en la parte posterior de la vivienda, 
cerca de donde estaban el corral y las caballerías,, 
se había estado preparando la batalla del gallo 
canelo de Pepe, uno de los galleros, el más amigo 
de Juanillo González, y el indio de Antonio el mo- 
cho, así conocido por no tener más que once 
dedos, poniendo juntos los de sus dos manos. 

Los preparativos concluyeron pronto, en me- 
dio de un murmullo de conversaciones. 

Cuando los dos gallos estuvieron frente á 
frente, la más profunda atención se enseñoreó 
del ánimo de todos los que allí estaban, y todos 
aguardaron á que empezase la lucha, serios, an- 
siosos, cambiando rápidas frases y observaciones- 
en voz alta, algunos tabaco en boca, y todos sin 
apartar la vista de los actores. Pudiérase haber 
creído que las dos mitades del Universo, conver- 
tidas de pronto en rivales irreconciliables, igual- 
mente fuertes y poderosas, iban á encontrarse en 
un choque tremendo, descomunal y nunca visto. 

Los dos gallos se miraron durante unos segun- 
dos. En seguida acometiéronse con ímpetu, re- 
trocediendo ambos inmediatamente para volver de 
nuevo á la carga ; peroren esta segunda, algunas 
plumas volaron por los aires y uno de los con- 
tendientes recibió un revuelo en la cabeza que 
le hizo brotar de ella una gota de sangre. 

— ¡Boy dies al indio! — gritó una voz en el 
mismo instante. 

— | Pago ! — repuso otra al punió. 



68 LA INSURRECCIÓN 

Y dos manos se encontraron por los aires, sin 
mirarse siquiera los poseedores de las mismas. 

— Ese gayilo bale lo que pesa, cámara — de- 
cía ya otro. 

— Pero no pue con el canelo. 

— Ya beremos. 

— Ya beremos. 

De repente, el indio tiró con el espolón de- 
recho una cuchillada á fondo á su contrario. El 
cual la supo esquivar, sin embargo, y avanzando 
como una saeta hacia el otro y sirviéndose del 
agudo pico como punto de apoyo dióle tan tre- 
mendo revuelo en mitad de la espalda, que saltó 
olro montón, mucho más espeso, de plumas á 
tierra. 

— ¡ Cuando yo digo!... 

— I No diga usté na hasta lo úrtimo, cris- 
tiano !... 

— ¡ Bueno, bueno ! 

Entretanto, sin dejar de observar atentamente 
todos, sosteníase un sin fin de discusiones á me- 
dias palabras. Algunos animaban con gritos á 
los duelistas, los azuzaban, y corría un confuso 
rumor entre los espectadores, como el de una 
olla hirviente en el momento de subir. 

Hasta aquí, la lucha había sido relativamente 
pausada. Pero bruscamente el gallo indio tiró 
un nuevo revuelo al canelo al propio tiempo que 
éste le lanzaba á su vez otro, y se trabaron am- 
bos de obra, que de palabra no podía ser, con 



LA INSURRECCIÓN 69 

furia implacable é intenciones nada santas. En- 
tonces las apuestas, las excitaciones á vencer ó 
morir, de que por cierto no necesitaban los dos 
enfurecidos gallos, la gritería llegaron á su colmo, 
y la ansiedad de ver en qué paraba aquel te- 
rrible y espantoso cuerpo á cuerpo. 

... Cuando los separaron, estaban casi desplu- 
mados por algunos puntos del cuerpo, el indio 
con el lugar de la cresta chorreando sangre, el 
otro con un ojo menos y una herida de espolón 
bajo una de las alas, y ambos jadeantes y sin 
aliento. 

Era preciso un momento de descanso y, contra 
su voluntad, fueron cogidos los contricantes por 
sus dueños. Los numerosos testigos del inte- 
rrumpido duelo se agolparon entonces á ver la 
calidad y extensión de las heridas. 

— Toabía puen seguil. 

— El gayito indio pelea mucho. 

— Pero no tiene fuersas pal canelo, amigo. 
Ese se lo fuma ahora en un dos pol tres. Y sino, 
al tiempo. 

Se cruzaban apuestas de todo género. 

— ¿A que lo mata ahora? — decía uno. 

— ¿ Quién á quién ? 

— El canelo al indio. 

— Boy medio peso á que no. 

— Casao. No es ni medio espolonaso suyo. 

— Bueno. Ya lo veremos. 

Mientras hablaban los espectadores, que se 



70 LA INSURRECCIÓN 

habían dividido en dos ó tres grupos, tras de 
examinar los desastres sufridos, los dueños re- 
ponían á los gallos y los preparaban para entrar 
de nuevo en combate. Con su propio aliento so- 
pláronles las heridas, á fin de disminuir la in- 
tensidad del escozor, arregláronles lo mejor po- 
sible las plumas, les enjugaron la sangre con un 
pañuelo rojo que para el caso traían y poco des- 
pués estaban los galleros uno enfrente del otro, 
en cuclillas, con su campeón respectivo en bra- 
zos. 

— ¡Baya! ¡A la una! ¡á las dos! ¡á las 
tres! 

Casi instantáneamente volvieron á unirse los 
dispersos fragmentos del grupo grande, excepto 
las mujeres, muchas de las cuales se habían 
vuelto adentro, con algunos de los hombres, du- 
rante el intermedio, y otras al anunciarse la 
segunda parte, pues ya se oían preludios y notas 
de instrumentos, señales de que la música al fin 
había llegado. 

Pero la mayoría del elemento masculino, en- 
viciada, no escuchaba cosa alguna, fijos los ojos 
y el pensamiento en la continuación de la trage- 
dia, cuyo desenlace ó catástrofe iban pronto á 
presenciar. 

— ¡ A la una ! ¡ á las dos ! j á las tres ! 

Los galleros, adelantando las manos, acari- 
ciaron un momento las alas de losanimalitos, y 
en seguida los lanzaron de nuevo á la lucha. 



LA INSURRECCIÓN 71 

Fué breve el último acto de la sangrienta lid, 
pero no menos ruidoso que el primero. 

Los dos enemigos, sin prestar atención á las 
voces de rabia y enojo de los unos y de alegría 
triunfante de los otros, según las picadas, se 
atacaron valerosamente, y todos creyeron que el 
indio iba á ser vencido. Pero hurtó el cuerpo á 
un gran tajo de espolón que le asestara su con- 
trincante, y se salvó aunque á milagro y traba- 
josamente, tirando á su vez sin alcanzar á hacer 
nada tampoco. Siguióse una serie de pequeñas 
escaramuzas, tiroteos, tiros de aire ó sean pe- 
queños vuelos con que el uno pasaba por encima 
del otro, y el indio iba llevando la mejor parte 
según la opinión de algunos, y según otros la 
peor cuando ocurrió una cosa inesperada. 

Y fué que el enorme gallo padre, que con 
varias gallinas tenía D. Isidro González en el co- 
rral cercano, habiendo logrado salir durante la 
pelea sin que nadie lo advirtiese, y colándose de 
rondón por entre las piernas de los especta- 
dores, se plantó entre los dos adversarios en el 
instante mismo en que el indio, loco de furia y 
de dolor, desangrándose por varios puntos, cojo 
y medio desplumado, alzaba en un esfuerzo he- 
roico la pata derecha para ver de derribar á su 
contrario. 

El gallo padre alzó también la suya, sin que 
los circunstantes, absortos y tomados por sor- 
presa, pudieran impedirlo. . Viéronse brillar cual 



72 LA INSURRECCIÓN 

relámpagos en el aire dos espuelas cortantes y 
afiladas; y, en seguida, rápida como una centella, 
una de las dos, no se pudo saber cuál en la con- 
fusión de la batalla y la sorpresa, clavarse en la 
nuca del gallo canelo. 

El infeliz y no menos valeroso gallo vencido 
cayó entonces revolviéndose y pataleando en 
medio de un charco de sangre, y el indio, todo 
lleno de heridas, debilitado y medio muerto 
también por la lucha titánica que acababa de 
sostener, con los escasos alientos que le queda- 
ban pudo, sin embargo, erguirse, alzó la cabeza 
que le chorreaba sangre, y, orgulloso, altivo, 
vencedor, aunque apenas podía sostenerse en pie 
después de la victoria, lanzó al viento su vibrante 
grito de triunfo : 

— ¡ Qui-qiii-ri-quVñ ! 



Cuando se fueron calmando el alboroto, las 
bromas, risas y ocurrencias y las disputas que 
el súbito y no esperado desenlace del drama 
provocara, y se hubo metido en su corral de 
nuevo al gallo padre, causa de todo el escándalo, 
y se aplacó un poco la excitación de la sorpresa, 
convinieron los que habían apostado, tras de 
muchísimo discutir y recoger votos de personas 
imparciales y peritas, en quedarse cada cual con 
lo suyo, puesto que había intervenido á última 
hora en la discordia un tercero, y nadie lograba 



LA INSURRECCIÓN 73 

ponerse de acuerdo sobre si el vencedor había 
sido éste, ó el indio, ó habían sido los dos con- 
juntamente. 

El acuerdo llevóse á la práctica, no sin algún 
disgusto de los que habían pensado salirganando; 
y fueron entrando á poco, por grupos, en la ca- 
sita casi todos los que habían presenciado la con- 
tienda, aun excitados y haciendo comentarios de 
la lucha. 

Pepe y Antonio, los dos galleros, fueron los 
únicos, con Juanillo, que no entraron. Se confor- 
maban también aquéllos, á regañadientes, con su 
mala fortuna, pues ambos habían perdido casi 
lo mismo. Ninguno de los dos gallos, según ellos, 
servía ya para maldita la cosa. El único que po- 
dían culpar era al de D. Isidro, pero, como de por 
sí era naturalmente irresponsable, y su dueño 
también en este caso y la culpa no suya, sino 
de la casualidad ó del destino, no objetaron 
nada. 

Quedaron los tres en el patio acabando de 
limpiar la sangre derramada. Juanillo invitó á 
los otros á pasar adentro, cuando concluyeron. 
Pero ellos, tras de breve consulta y encontrán- 
dose acordes, prefirieron marcharse con sus dos 
gallos á otra parte. No estaban, sobre todo no 
estaba Pepe, para bailoteos, después de la pér- 
dida sufrida. Ninguno de los dos era aficionado 
á ellos tampoco. 

Cogió, pues, cada uno su campeón respectiv 

5 



74 LA INSURRECCIÓN 

el uno de los cuales era ya cadáver, el otro poco 
menos, para ver de aprovecharlos si se podía. 
Encargaron á Juanillo que los despidiera; des- 
pidiéronse de él, y, dando un rodeo para no ser 
vistos y discutiendo aún entre sí, se marcharon. 
Juanillo penetró en la casa. 



Eran cerca de las dos. El baile esíaba en su 
apogeo. En un extremo de una de las habita- 
ciones del bohío se había colocado la orquesta 
que había sabido D. Isidro González reunir para 
aquella ocasión entre conocidos suyos de los Pi- 
nares, hábiles tocadores todos ellos, unos de 
profesión y profesionales jubilados otros. 

Se hallaba dicha orquesta compuesta de cua- 
tro instrumentos, y al frente de la misma un pardo 
de unos 45 años, de nombre Federico, que grave 
y acertadamente á todos dirigía, y era por lo 
general el músico obligado de todas las hachas 
y guateques que por aquellos contornos se cele- 
braban . 

Bailábase en la pieza dicha, en el comedor, en 
el portal y en donde quiera que hubiese espacio 
para poner la planta y moverse con alguna faci- 
lidad y desahogo. Con este fin se habían desocu- 
pado las habitaciones de casi todos los muebles y 
enseres que la llenaban, y todas, menos la últi- 
ma déla derecha, estaban llenas de una bulliciosa 
multitud que se movíay agitaba produciendo por 
todas partes animación y contento. 



76 LA INSURRECCIÓN 

En sillas puestas en fila á lo largo de las pa- 
redes, conversaban las madres de familia, á 
quienes entretenía y daba palique la buení- 
sima y gruesa D\ Rosa ; y muy acaloradas y algo 
molestas dentro de sus amplios y almidonados 
vestidos, se abanicaban ruidosamente, entre 
exclamaciones. 

— ¡ Uf, qué fuego, mujel ! j Si esto no se pué 
resistir ! Me voy á abogar con este maldesío calol ! 

Mientras, otras de las respetables guajiras de 
cierta edad, echadas negligentemente sobre sus 
asientos, puestas sobre el corpino las manos 
enlazadas y entre ellas sosteniendo el abanico, 
miraban plácidas y sonrientes á sus pimpollos 
entregarse á las delicias de la danza deslizán- 
dose a! compás de ésta, y en brazos de sus pa- 
rejas, sobre el rústico y primitivo pavimento. 

Veíanse confundidas en pintoresco desorden 
las guayaberas crudas de los jóvenes con los co- 
lores churriguerescos y de mal gusto de los trajes 
femeninos. Las muchachas vestían, en su mayor 
parte, de un modo que ellas juzgaban, de buena 
fe, elegante, y llevaban algunas de ellas tantas 
flores en corpino y cabeza, que eran verdaderos 
jardines animados, y tan diversos tonos de ves- 
tidos que, vista en conjunto y desde lejos aquella 
alegre confusión de hombres y mujeres, constan- 
temente en movimiento y algazara, hubiérase 
creído ver un agitado mar que reflejaba en su 
seno todos los colores del arco iris. 



LA INSURRECCIÓN 77 

Por lo demás, á despecho de lo mal entalla- 
das que se hallaban muchas, y del dudoso gusto 
de sus trajes, eran lindas en su mayoría, gracio- 
sas con esa gracia peculiar, dulcemente volup- 
tuosa de la mujer criolla, y buenas bailadoras 
casi todas, al menos de danzón y zapateo, únicos 
bailes, como es natural, que por allí se esti- 
laban. 

La juventud masculina llevaba fluses nueveci- 
tos y flamantes, zapatos también nuevos algunos, 
amarillos los más y brillantes cual la piel del 
dorso de un pescado y camisas de encendidas y 
desalmidonadas pecheras. Unos bailaban, dis- 
currían otros trabajosamente por entre las pare- 
jas, sirviendo de estorbo y de tropiezo, y otros 
departían con las contadas muchachas que, sen- 
tadas por no saber bailar ó no haber encontrado 
compañero que supiese, tenían que contentarse 
con observar pasivamente la habilidad y alegría 
de los demás. 

Mas lo digno de oirse, y no de lo que menos 
animación dabaá la fiesta, eran las frases que se 
cruzaban entre unas y otras parejas en los mo- 
mentos de descanso, y entre bailadores y mi- 
rones en todo tiempo. 

— ¡ Abe María purísima, qué prieta, mimadre ! 
— exclamaba entusiasta un guajirito al pasar por 
el lado de una preciosa morena que se mecía in- 
dolente y voluptuosamente á los acordes del 
danzón que se estaba tocando. 



78 LA INSURRECCIÓN 

— j Cómo leda ése, cámara! — decían por 
otro lado de un gallardo y joven guajiro, gran 
bailador. 

— ] Amigo, no arrastre tanto las patas ! \ Paese 
que tiene miedo é besar el santo suelo ! — gri- 
taron á otro casi simultáneamente. 

El cual prosiguió, con supremo desdén, sin ha- 
cer caso; y al fin respondió, incomodado y de 
mala manera, parándose en seco : 

— Pues así y too, lo hago argo mejor que 
usté. 

— Baya á pasarse un peine — le contestaron 
volviéndole la espalda ; en tanto que el limón, 
algo corrido y casi furioso, se contenía, por su 
compañera, y continuaba el interrumpido sedazo 
murmurando frases de desprecio hacia el crítico. 

— No me mires asina, Marica. 

— ¿Por qué lo dises ? 

— Porque ya me trais más que aehicharrao 
agüeitándome con esos ojasos... que se ha de co- 
mer la tierra... 

A lo que respondió ella, sin fijarse ni pensar 
en la lúgubre profecía, con un mohín, y una nueva 
mirada que penetró en el alma de su adorador 
como la aguda punta de un florete... 

Entre los que bailaban mirábase á Juanillo, 
quien había tenido la grata fortuna, al entrar, 
de hallar sin compañero á« la que lo traía loco »... 
aquellos días, pues era él más variable que las 
mariposas de la Primavera. Bailaban ambos, y 



LA INSURRECCIÓN 79 

se llevaban muy bien, por lo cual recibían á cada 
paso ó vuelta una felicitación á voz en cuello. 

Únicamente habían respetado los bailadores 
el último cuarto de la derecha, como se ha indi- 
cado. En éste estaban el café y el lechón asado, 
con que obsequiaba D. isidro á sus convidados; 
y andaban éstos entrando y saliendo casi cons- 
tantemente en dicha pieza, unos para tomar al- 
guna cosa con que reconfortar un poco el cuerpo 
sofocado por el calor y el movimiento, otros á 
buscar algo para alguna muchacha ó mamá que 
ío pedía. 

En aquella misma habitación se encontraba 
el dueño de la casa, en unión de varios amigotes. 
Hablaban con interés, y, fijándose, podía adver- 
tirse en su actitud, palabras y ademanes, por 
más que procuraban ocultarlo á los demás — los 
cuales, por otra parte, maldito lo que en ello se 
ocupaban — un no sé qué de misterioso y des- 
usado. 

Igual cosa hubiese notado un observador atento 
en varios otros grupos de guajiros de alguna edad 
que por varios rincones departían gravemente 
entre bocanadas de humo. 

Todo, por lo demás, era en el resto déla casa 
bullicio y movimiento, y crujir de faldas almi- 
donadas, y alegría y tropezones y dicharachos 
campesinos. Llenaban el ambiente los pene- 
trantes perfumes de las flores de las mujeres; y 
esto, unido al calor que reinaba, á las fuertes 



80 LA INSURRECCIÓN 

lazas de aromoso café que se consumían, y al 
ruido y á la música y á todo aquello tan fuera 
del curso ordinario de la vida de los guajiros, 
excitaba á éstos, hacía perder á algunos un poco 
la cabeza, y á otro atreverse, en frases entrecor- 
tadas y ardorosas, á declarar su amor al objeto 
de sus ilusiones, cosa á que, ano ser por aquella 
ocasión, tal vez jamás se hubiera decidido. 

Laatmósfera estaba cargada de agreste volup- 
tuosidad, diáfana y purísima de la parte de 
afuera; el día espléndido, y el cielo sin un solo 
celaje, y de un azul muy pálido que se besaba, 
allá en la lejanía, con el azul oscuro de las lomas. 

El sol se acercaba, en tanto, al fin de su carrera . 
Hacía varias horas que se bailaba, habíanse to- 
cado innumerables danzones, y nadie, empero, 
creía sentir cansancio. 

Las balbucientes notas del acordeón resonaban 
aún por el espacio, agudas ó patéticas, poniendo 
en conmoción los nervios, y el corazón á saltar ; 
y á ella se mezclaban los gemidos del tiple, el 
chis chas excitador del guayo y el apresurado re- 
pique de los timbales manejados por dos ma- 
nos hábiles y ligeras. Al compás de todo reunido, 
enlazados los cuerpos, confundidos los alientos, 
rozando los cabellos de las mujeres los labios de 
los hombres, juntos unos y otros, se balancea- 
ban guslando á su manera todo el encanto del 
danzón, baile que parece reflejar la sensual mo- 
licie y vaga tristeza de los climas tropicales. 



LA INSURRECCIÓN 81 

En el portalito, sin bailar, estaba en aquellos 
momentos Tera González con su novio, y ambos 
rodeados de amigos que sostenían al parecer con 
ellos una animada conversación. 

Por la puerta de la sala apareció Juanillo, que 
acababa de dejar á su pareja en la sala, por haber 
terminado en aquellos instantes de tocarse el 
último danzón. 

— ¿De qué se trata ahí? — gritó magistral- 
mente al grupo, encendiendo un cigarro. 

— De na, chico — respondió uno de los que 
aquél formaban, volviéndose á Juanillo — que 
tu hermana no quiere complasernos y bailal un sa- 
pateo con Andrés. 

— ¿Cómo que no?¿y por qué? — repuso Jua- 
nillo, sonriendo y metido aún en su papel de ma- 
gister. — ¡No digo yo si lo baila! — ¡Baya — 
añadió alzando la voz — Federico, oye, larga un 
sapateo ahí, que mi hermana Tera lo ba á bailal 
con Andrés ! 

Yá la voz que dio, fué desembocando en el 
portalito, por la puerta, la mayoría de los con- 
currentes, ansiosos siempre de presenciar, aunque 
ya lo conocían mucho todos, el baile típico de 
los campesinos de Cuba, y uniendo sus ruegos á 
los de los demás. Tera, vencida ya, tentaba to- 
davía, inútilmente, excusarse, á causa de la ver- 
güenza que le producía bailar delante de tanta 
gente. 

— Pero si no lo sé bien... ¡Mía que Juaniyo ! 

3* 



82 LA INSURRECCIÓN 

Éste, que sabía que iba á proporcionar un 
íriunfo á su hermana, le sonreía con ternura. 

— A bel, yo canto después si me lo piden 
pa que tú beas que no me hago de rogar como 
tú. ¿Estás contenta? 

Tuvo, pues, que resignarse la muchacha, y 
prepararse á complacer á la concurrencia, bai- 
lando el zapateo con Andrés ; el cual, callada- 
mente, la miraba también sonriendo para deci- 
dirla y animarla. 

Entretanto había ido formando un círculo 
la gente en derredor de los que habían de ser 
los protagonistas de la nueva función que se 
preparaba; y, como el portal era pequeño, mu- 
chos hubieron de situarse de la parte de fuera. 

Por fin se oyó resonar el primer compás. 
Apretóse el círculo, pusiéronse en facha los bai- 
ladores, y el baile dio comienzo. 

Alzóse levemente la falda la linda muchacha, 
dejando ver por entero los piececitos breves y 
voladores, y empezó á moverlos, con gracia tal 
y tanta ligereza, que no parecían sostener el peso 
de lo restante del hermoso cuerpo en tanto que 
su novio, asidas con ambas manos las dos puntas 
del pañuelo de colores que al cuello arrollado 
llevaba, el busto un poco inclinado hacia ade- 
lante y fijos los ojos en los pies de su compañera, 
movía también los suyos, y con no menos pron- 
titud ni desembarazo. 

Todos los miraban atentamente, mientras los 



LA INSURRECCIÓN 83 

músicos hacían vibrar el espacio con las agudas 
ó quejumbrosas notas de sus instrumentos, y 
ellos se animaban por grados con aquella aten- 
ción inteligente y estos sonidos incitantes ; y tan 
pronto parecía perseguir el hombre á la mujer 
como ser por ella perseguido, sin que lograran 
jamás alcanzarse mutuamente. 

De pronto, dando media vuelta, vino á colo- 
carse el uno al costado de la otra, escobilleando, 
moviendo el cuerpo, bajándose rápidamente 
hasta el piso para recoger el sombrero arrojado 
al efecto por uno de los espectadores ; y ella, 
haciendo otro cuarto de círculo, tornaba á colo- 
carse de frente en la posición primera, mientras 
aquél devolvía el sombrero á su propietario, sin 
dejar un instante de bailar. 

Resonaron entonces aplausos y exclamaciones. 

— ¡ Brabo I 

— j Bueno, muchacho ! 

Alguien gritó á Andrés, como si se hubiese 
estado dirigiendo al presunto vencedor en la 
balalla galluna del mediodía : 

— ¡Arriba, crioyo ! 
Otro : 

— ¡Bueno por los nobios! 

Tales gritos animaron aún más á éstos que la 
anterior silenciosa fijeza del principio, y les hi- 
cieron redoblar sus gallardos esfuerzos por lucir 
su habilidad. Ya arrastraban los pies lánguida y 
desmayadamente, como si. cansados y rendidos, 



84 LA INSURRECCIÓN 

no pudieran seguir por más tiempo, ya los alza- 
ban briosamente y al compás de la orquesta, 
entre nuevos aplausos y nuevas interjecciones 
de los que miraban. 

Luego, alejábanse, se acercaban alternativa- 
mente, como si tuvieran en las plantas algo que 
los hiciese resbalar suavemente sobre aquel ás- 
pero piso, y los pies siempre subiendo y bajando, 
y arrastrándose sobre aquél, no parecían sino 
aladas y moribundas mariposas que al ras de la 
tierra revolasen 

Pero ya iban estando, bien que no mori- 
bundas, algo cansadas por el continuo y rapi- 
dísimo movimiento que no es posible prolongar 
demasiado. Ya no se levantaban del suelo con 
tanta gallardía, respiraban con dificultad sus po- 
seedores, y comprendían todos que éstos habían 
hecho bastante, y que bastante y largamente se 
habían lucido. 

Iba, además, cayendo el día entretanto, y 
por todas estas razones á concluir el baile, y con 
él la animada fiesta. 

Dieron, en efecto, los últimos pasos los dos 
novios, y las últimas notas los instrumentos de 
los músicos... y estaba ya próximo á disolverse 
el grupo, cuando, de repente, se oyó salir una 
voz del centro del mismo : 

— ¡ Ahora Juaniyo, que dijo que iba á cantal ! 

Alguien se había acordado déla promesa hecha 



LA IJNSURRECCIÓiN 8f> 

por el joven para vencer la timidez de Tera. 

— ¡Es berdá, que cumpla su palabra ! 

— ¡ Sí, sí, que la cumpla, que la cumpla! — 
apoyaron en seguida todos, recordando también 
súbitamente la promesa que, entretenidos en el 
baile, habían dado al ohido. 

... Y fué conducido Juanillo, entre apretones 
y tropiezos, al escenario de aquel improvisado 
teatro, escenario que era el centro de la circun- 
ferencia formada por los cuerpos de los curiosos. 
Al mismo tiempo tomaban posiciones entre éstos 
los que acababan de ser actores, rendidos de 
cansancio por el ejercicio que habían hecho y 
cubiertos de celebraciones por la habilidad que 
habían mostrado. 

Instado por todos, no pudiendo negarse y 
aunque protestando que « no estaba muy cató- 
lico de voz aquella tarde », la alzó entonces 
Juanillo González, vibrante y hermosa, sin em- 
bargo, y sin que dejara de gemir el tiple, cuyos 
sones servían de acompañamiento á la guajira. 

Pronto yegará er gran día 
en que el sor de la mañana... 

Unos segundos de pausa. En seguida repitió : 

Pronto yegará er gran día 
en que el sor de la mañana 
alumbre la ancha sabana 
con clarida y gayaldía... 



¡86 LA INSURRECCIÓN 

Un aplauso resonó, lleno de significación, en 
tanto que se detenía Juanillo de nuevo un mo- 
mento. La guajira, muy conocida y vulgar, era 
una alusión velada á la libertad futura, bien 
que nadie se atreviera á nombrarla. 

Pero Juanillo prosiguió : 

La lus de la patria mía 
toíto el yano alumbrará, 
el machete briyará 
sobre los campos floridos, 
y con sus hijos unidos 
Cuba pronto se berá... 

Donde estaba la palabra pronto ponían todos, 
en su pensamiento, la palabra libre, y con una 
nueva décima, de sabor político más ó menos 
pronunciado, seguíala sesión de canto, acompa- 
ñado éste por la voz del tiple, y diríase que también 
por las voces innumerables de aquella Naturaleza 
que en derredor se desarrollaba, y en cuyo seno 
estrofas y cantor habían nacido. Las sombras del 
crepúsculo comenzaban á invadirla. El sol se 
hundía lentamente tras de los ásperos picachos 
de las vecinas montañas, y el cielo, que había 
estado durante todo el día despejado y límpido, 
se iba enrojeciendo con los últimos destellos 
del astro que moría. 

Era un cuadro rebosante de belleza y de dulce 
y casi primitiva sencillez, los campos risueños 
y de variados colores, entre los cuales predomi- 



LA INSURRECCIÓN 87 

naban el oscuro y el verde; al frente, la silueta 
de la poblacióu cercana ya esfumándose en la 
sombra, y en derredor tan sólo bohíos y siem- 
bras, medio hundidos también en la penumbra, 
y árboles cuyas copas se iban llenando de bulli- 
ciosos pájaros alegres. 

Entre las cercas de cardones ó pina de ratón 
que separaban unos de otros los sitios, y por 
sobre los surcos abiertos por la esteva, oíanse 
lanzar sus rápidos tchis, tchis, á algunas bijiritas 
selváticas que por allí volaban; la brisa crepus- 
cular entonaba su salmodia vespertina entre las 
hojas de los platanales. Los insectos, ocultos entre 
las malojas, de las cuales se veía á medio llenar 
una carreta sin bueyes parada en uno de las 
cercanas fincas, llenaban el espacio de rumores 
que parecían formar con los demás ruidos con- 
fusa y misteriosa plegaria que la tierra enviaba 
como ofrenda álos cielos radiantes. Olíaá malva, 
á tomillo, á campo libre y sano. 

Y en medio de este arcano oficiar del alma 
ignota del mundo en el retablo de la Naturaleza, 
cantaba Juanillo, enternecido é inspirado incons- 
cientemente por el aliento poderoso de aquella 
alma de amor y de misterio. Cantaba, y surgía 
su voz con tiernos acentos que se unían á los 
mil que la Creación exhalaba, y hubiérase dicho 
que subían también á lo alto, al firmamento 
transfigurado en una espléndida apoteosis de luz 



88 LA INSURRECCIÓN 

y de colores, que subían junto con las quejas del 
viento, y el cantar lejano de los gallos, y los 
cantos de las demás aves, y todas las voces, y to- 
dos los susurros y notas de la Naturaleza entera... 



Al propio tiempo que descuidadamente se di- 
vertía la gente joven y parte de la entrada en 
años, en el portalito, representábanse escenas de 
un orden bien diverso dentro de la casa. 

Poco menos que desierto había quedado el in- 
terior de ésta con el embullo por ver bailar el 
zapateo á los novios. Grandes y chicos, casi to- 
dos habían salido á verlos y aplaudirlos, y tan 
sólo quedaron, por último, aquellos á quienes, 
más que salir, interesaba esta vez quedarse. 

Eran los guajiros de respeto que gravemente 
andaban en parejas conversando durante el baile; 
D. Isidro y los que con él estaban, y un hombre 
de unos treinta y cinco años, que por su traje 
campesino parecía, pero no por su tipo ni ma- 
neras. 

Era delgado y de mediana estatura, de faccio- 
nes que denotaban penetración y energía, mo- 
reno, de movimientos rápidos y nerviosos. Había 
llegado no hacía mucho rato, escurrídose disi- 
muladamente y sin llamar la atención por entre 
los que estaban bailando, y, á favor del bullicio 



30 LA INSURRECCIÓN 

entonces reinante, había llegado al cuarto donde 
se hallaba el dueño de la casa. 

Le presentó éste á los demás, quienes le salu- 
daron con cierto respeto cortés, aceptó la invita- 
ción de tomar algo con ellos, y, cuando llegó la 
hora ya prevista del zapateo, acudieron los de- 
más misteriosos grupos consabidos á la habita- 
ción en que los otros se encontraban, saludaron 
también al recién venido y después dijo D. Isi- 
dro González : 

— ¿Ya estamos toos? 

— Toiticos los que hasemos falta por ahora 
— contestó uno, grave guajiro de luengas barbas. 

— Bueno, pues al abío — repuso el primero. — 
Aspérense ustedes un momento, que ahora trairé 
siyas pa too dios. 

Las trajo, en efecto, y cerró después la puerta 
con cierto semblante serio, casi solemne, que no 
le era habitual. De algo grave iba á tratarse, 
cuando tanto lo estaba D. Isidro. 

— Aquí estamos seguros que naide ba á 
pensar ahora en benil hasta aquí. Pero por si 
acaso, ya tengo yo á Juaniyo y á mi mujel, pa 
que abisen con tiempo. 

D a . Rosa estaba ya, en efecto, en el secreto, 
hacía días. Al fin, su reservado esposo, compren- 
diendo, por las agudas indirectas de su excelente 
cónyuge, que ésta se hallaba, sin su ayuda, á 
punto de descubrir aquél, cantó de plano. Des- 
pués de todo era una auxiliar. Al principio se 



LA INSURRECCIÓN 91 

opuso ella alarmada; pero al cabo, aunque á re- 
gañadientes, se había callado, creyendo inútiles 
y perdidos los ruegos y sermones tocante á 
aquel punto, y que quizá la sangre, á íin de 
cuento, no llegaría al río. Había visto antes al- 
guna conspiración de D. Isidro, fracasada, y se 
forjaba la ilusión de que ésta tendría igual re- 
sultado. 

Con todo, ella hubiera hecho lo imposible por 
evitar aquello y acabar con las obscuras causas 
que lo motivaban, pero comprendía confusa- 
mente que aquéllo, y la causa sobre todo, eran 
muy grandes, muy grandes y terribles problemas 
para resolverlos ella, que en punto á Aritméti- 
ca, no iba mucho más allá de contar con los 
dedos. Y bajaba la cabeza suspirando, no porque 
no amase la tierra donde había nacido, sino por 
que amaba también á su hijo y ásu esposo, cosa 
naturalísima, y el corazón le decía algunas veces, 
á pesar de su optimismo en otras ocasiones, que 
aquello grande y terrible iba á separarlos de 
ella, quizá para correr peligros y privaciones sin 
cuento, y le dolía, le dolía en el arpa de su co- 
razón sencillo y amoroso la cuerda del amor 
materno y la del verdadero amor conyugal, dos 
de las que más fuertemente vibran, y con más 
triste y profundo sonido repercuten en mujeres 
como ella, cuando las hiere la mano brutal del 
dolor. 

Con todo esto, auxiliaba á su marido por di- 



92 LA INSURRECCIÓN 

versas razones, pero muy principalmente porque 
no ignoraba que, con ella ó sin ella de su parte, 
habría conciliábulo aquel día. De no vigilar ella, 
lo hubiera hecho otro, cualquiera de los ini- 
ciados... 

Y vigilaba conversando con sus amigas, entre- 
teniéndolas, no dejándolas pasar adentro, si lo 
necesitaban, sin su compañía, y alimentando en 
secreto la ardiente esperanza de que abortara 
aquella conspiración, como la otra. 

Juanillo estaba aún hasta cierto punto en el 
período de la sospecha. Sabía algo, no todo... 
No le sorprendió mucho la cosa, y declaró porsia, 
que él, uyegáo er caso, iba á cualisquier parte ». 
Eutretanto se ocupaba, siguiendo su costumbre 
é inflexibles principios, en gozar descuidado del 
momento presente — en bailar y cantar, no sin 
cierta sabia y práctica filosofía. 

Tomaron asiento todos los conspiradores reu- 
nidos en el último cuarto de la residencia de 
González. Eran por junto unos quince. Sentá- 
ronse en torno de la mesa consabida los que en 
derredor de ella cupieron, otros por detrás de la 
primera fila como Dios les dio á entender, y todos 
clavaron después la vista, atentamente y no sin 
emoción, en el pseudo campesino, el cual ocupó 
la cabecera teniendo á un lado suyo á D. Isidro 
y al otro á D. Pancho, casi tan serio éste como 
su amigo y más sofocado que él por el calor y la 
solemnidad de las circunstancias. 



LA INSURRECCIÓN 93 

Cuando estuvieron todos arreglados del mejor 
modo posible en aquel pobre cuartucho desnudo 
de paredes, húmedo de piso y con sólo los mue- 
bles nombrados y una gran cafetera y varias tazas, 
algunas llenas, á medio vaciar otras, encima 
de la mesa, habló nuevamente el amo de la 
casita. 

— Cabayeros — dijo — ya saben ustedes pa 
lo que nos habernos reunió. Acá el señol es el 
Delegao, y quiere saber si por aquí estamos toos 
listos, y si se pue contal con toos pa cuando 
yegue la hora, que Tarta poco. Ya ha hablao — 
prosiguió — cormigo de eso, pero yo quiero que 
ustedes mismos hablen ahora, pa saberlo bien de 
seguro. 

— Pol mi parte, dende luego — respondió 
prontamente el que estaba sentado más cerca. 

— Lo mismo digo — añadió el siguiente. 

Y todos, uno tras otro, fueron repitiendo de 
análogo modo que « pa cuando quisieran ». 

— Bueno — dijo aquí el Delegao. — Con 
eso contaba. Pero no se trata sólo de ustedes, 
queremos saber si ustedes, que son los que tienen 
mayor influensia por estos sitios, creen que todos 
están tan dispuestos. 

Hubo una corta pausa, durante la cual Gonzá- 
lez y su amigo Torres aguardaron, tranquilos y 
silenciosos, la respuesta de los demás. 

— Hable uno por todos — volvió á decir el 
que presidía la reunión. Deseo tener la seguridá 



94 LA INSURRECCIÓN 

y saber con cuántos, poco más ó menos, se podrá 
contar por esta comarca. 

Se levantó entonces uno de los más jóvenes, 
de ojos vivos 6 inteligentes y flaco cuerpo. 

— ¿ Con cuántos? Pues con toos pue uslé con- 
tal — declaró convencido. — ¿ Qué hay de eso, 
cámaras? — agregó volviéndose á los otros, los 
cuales, unánimemente, asintieron, con ojos, 
bocas y cabeza. 

— ¿Están ustedes seguros? 

— Paisano — repuso en tono firme el mismo 
que había hablado anteriormente, chispeándole 
los movedizos ojos — ¿usté sabe una cosa? que 
por aquí toiticos sernos cubanos. 

— Ya lo sabía de antes — respondió el 
Delegado, algo sorprendido por esta brusca 
salida. 

— Pues si lo sabía ya, no tengo na que desirle. 
Queda enterao de si habrá alguno que no quiea 
tiral del machete cuando yegue la hora. 

Intervino en este punto D. Francisco Torres, 
quien no había hablado todavía. 

— De forma y manera sea, que toos los pre- 
sentes le damos palabra al señol de que respon- 
demos de esta sitiería enterita. ¿No es eso, ca- 
bayeros? 

— Enterita y cabar — contestaron — y pa 
cuando haiga falta. 

Callaron un instante. Ningún ruido llegaba 
hasta la habitación más que algunas notas perdi- 



LA INSURRECCIÓN 95 

das de la orquesta y exclamaciones de la audien- 
cia de Juanillo, quien había dado comienzo á su 
sesión de canto ; los rayos del moribundo sol 7 
cerniéndose por las rendijas de las yaguas de la 
pared del cuarto que caía al Poniente, ilumina- 
ban los rostros y las enmarañadas cabelleras de 
los campesinos. 

— Está bien — prosiguió el Delegado. — Pase- 
mos á otra cosa. Ya sabrán ustedes el plan del 
General en Jefe, que es llegar á la misma punta 
de la Isla por estaparte de Ocsidente. Pues por 
estos alrededores tendrá que pasar el Ejérsito 
Libertador, y entonses es cuando hay que 
unírsele ¿me comprenden? 

— ¡Baya! Ar pelo, cámara — replicó uno, 
moviéndose en el asiento con satisfacción. 

— Así se hará, sin nobedá por nuestra parte 
— dijo otro, riéndose de su propia gracia. 

Ya estaba empezando á hacerse célebre el 
frecuente estribillo de los partes de guerra espa- 
ñoles. 

— Bueno — prosiguió diciendo el Delegado, 
después dereirde la ocurrencia del montuno — 
pero como yo tengo nesesidad de trabajar en 
otros puntos de por aquí, no podré volver quisa, 
y por esto, en nombre de la Junta revolusionaria, 
nombro para jefe de todos los de esta sitiería, 
por sus condiciones que todos conosemos, por su 
práctica de la guerra y porque creo que ha de ser 
bien resibido el nombramiento, áD. Isidro Gon- 



96 LA INSURRECCIÓN 

sales, y como segundo suyo á D. Fransisco 
Torres, hasta que se incorporen al Ejército y el 
General determine el puesto que habrá de ocupar 
cada uno. ¿Conformes? 

— ¡ Conformes ! 

— j Sí, señol ! 

— ¿Pues cómo no, hombre? 

— ¡ Dende luego! 

Exclamaron unánimemente los guajiros. Y des- 
pués añadió uno de pronto, alzando en el aire 
una taza llena : 

— ¡ Arriba con D. Isidro, compañeros ! 

— ¡Arriba! — contestaron todos con entu- 
siasmo. 

— Grasias, cámaras — dijo González, enterne- 
cido por aquellas pruebas de cariño. 

Oyéronse en aquel momento vagos ruidos como 
de pasos, conversaciones, risas. Los rumores cada 
vez se hacían más claros y parecían llegar de 
más cerca. Era que habían terminado el zapateo 
y el canto, y con ellos el día y la fiesta, y la con- 
currencia volvía á entrar para recoger los sombre- 
ros y prepararse para la partida. Se acercaba la 
hora de la despedida general. 

Todos se pusieron en pie. 

— Conque — concluyó en vista de esto el 
Delegado de prisa — queda V. encargado — diri- 
giéndose á D. Isidro — de ponerse al frente de 
los buenos muchachos de por aquí y de acabar 
de arreglar todo por estos barrios. Mientras tanto, 



LA INSURRECCIÓN 97 

no dar que sospechar y trabajar en silensio¿eh? 

— Pierda cuidao — le contestó el sitiero. 

Tras esto, fueron saliendo todos disimulada- 
mente, separados, y confundiéndose entre los 
grupos y el bullicio de la concurrencia. Salió 
también González, para despedir como amo déla 
casa á todos los queá ella habían asistido, y que- 
daron en el cuarto, tomando tranquilamente su 
taza de café, D. Pancho y el falso guajiro. Aguar- 
daba éste, acompañado del primero, á que desalo- 
jara la casa la gente para salir él, temeroso de 
llamar la atención por ser el único desconocido 
que allí había. 

Poco á poco, fuese apaciguando el ruido de 
las risotadas, de las voces y rodar de taburetes. 
Iban saliendo y retirándose á sus respectivos 
bohíos los convidados, todos alegres aunque can- 
sados, en pequeños grupos y comentando los in- 
cidentes de la reunión. Cerraba la noche. 

Algún tiempo estuvieron los dos hombres 
escuchando el murmullo que iba lenta y pro- 
gresivamente apaciguándose, como el de un río 
cuyas aguas fueran más escasas cada vez, y por 
ende más lento su curso, y su rumor más blando 
y apacible. Después no quedaron sino unas per- 
sonas á las que se oía aún charlotear, aleján- 
dose, y al cabo de pocos minutos más despedía 
la familia al último de los convidados. Torres y 
su compañero, apurando entonces la última gota 
de las sendas tazas que tenían delante, selevan- 

6 



98 LA INSURRECCIÓN 

taron y fueron á reunirse en la salita con aquélla 
y Andrés, el cual aguardaba á su padre para 
salir juntos. 

Allí se efectuó la penúltima despedida : la del 
pseudo-guajiro, á quienes todos, ya más ó menos 
en autos, acompañaron hasta el portalito, defe- 
rentemente ; montó el primero en su caballo, 
que á un costado del bohío tenía amarrado y Jua- 
nillo le trajo. 

— Conque adiós, señores, y buena suerte. 

Y, contestado por los adioses de todos los pre- 
sentes, tomó el camino que á los Pinares con- 
ducía. 

Una hora más tarde, después de haber partici- 
pado, á ruegos de la familia González, de una 
frugal y alegre comida improvisada, se retiraron 
también D. Francisco y su vastago á reposar de 
las emociones de aquel día agitado y trascenden- 
tal. Los campos, ya dormidos, se turbaron unos 
instantes con el ruido de sus pasos, hasta que 
ambos entraron en su vivienda cerrándola por 
dentro. Luego quedó todo sumido nuevamente 
en el solemne y temeroso silencio de la noche. 



SEGUNDA PARTE 



LA GUERRA 



Corrían los primeros días del mes de Sep- 
tiembre de aquel memorable año de 1895, y era 
pasado el mediodía de uno de los más calurosos y 
sofocantes. Estaba el sol aún en toda la potencia 
terrible de sus rayos, iluminándolo todo y todo 
encendiéndolo con el fuego devorador de sus en- 
trañas de coloso. La tierra parecía como apla 
nada bajo aquel mirar y aquel aliento del rey de 
los astros que la envolvían y abrasaban despia- 
dadamente, y, para completar el cuadro y contri- 
buir al cruel bochorno que reinaba, hasta la brisa 
parecía haber perdido sus fuerzas y frescura con 
aquel enervante calor, y apenas movía, débil y 
ardorosa, los frágiles tallos de las cañabravas y 
los frondosos y tupidos ramajes de las arboledas. 

Era uno de esos días tropicales en que siente 
el infeliz campesino, doblado sobre el arado, 
derretírsele los sesos en el cerebro, y arderle 
la sangre en las venas y doblegársele el can- 
sado cuerpo y el alma enervada, llena de floje- 
dad invencible, y en que las gallinas, con alas y 
pico medio abiertos y fatigosa respiración, bus- 



102 LA INSURRECCIÓN 

can con ansia el abrigo de la sombra y la fres- 
cura reparadora del agua. 

Veíanse las plantas inclinarse languideciendo 
sobre sus tallos resecos, la tierra cuarteada y 
llena de grietas, y á los animales pacer, jadeantes, 
las yerbas impregnadas de polvo. Los sabaneros 
volaban sin ruido; y sobre el fondo azul pálido 
del cielo se destacaba tan sólo alguna nubécula 
blanca, fugitiva, vaporosa, ó la silueta de un 
aura con las alas en cruz, ó agitándolas un ins- 
tante blandamente para volver á quedar inmóvil 
en seguida, como un punto negro en la atmós- 
fera pesada, asfixiante. 

La blanca carretera que se extendía desde el 
pueblo de los Pinares hasta el de Cedrito, llena de 
baches y limitada á un lado y otro por floridos y 
rojos ílamboyanes y empalizadas de toscas puer- 
tas que daban acceso á las fincas, reverberaba 
en aquel deslumbrador y ardiente día, y estaba 
casi desierta en el momento en que el hilo de 
esla historia se reanuda. 

Un solo jinete, en efecto, veíase avanzar, de- 
safiando los rigores de aquel sol despiadado que 
quebraba sus rayos de fuego sobre las piedras 
abrasadas de la carretera. Verdad que algo le pro- 
tegían contra aquéllos las copas de los árboles; 
pero no era gran cosa su sombra ni grande obs- 
táculo para aquella mirada radiosa que venía de 
arriba, y se colaba por todas las rendijas de las 
citadas copas, y parecía atravesar hasta las ramas 



LA INSURRECCIÓN 103 

de éstas, según era el calor que hasta á su misma 
sombra se sentía. 

No parecía, con todo, grandemente preocupado 
con aquel incendio solar el jinete consabido, 
pues dejando sueltas las bridas del no muy gordo 
ni lucido arrenquín que lo llevaba, parecía, más 
que en otra cosa, estar ocupado en sus revueltos 
pensamientos, cuyo desorden y ardor se pintaban 
en sus ojos montaraces. 

Iba con la cabeza un tanto caída, bien que no 
tanto que ocultase el rostro; y aquella cabeza, 
poblada de un cabello áspero y fuerte, no tenía 
trazas de haber sentido en largo tiempo hundirse 
el peine entre sus espesos y selváticos mechones. 
Los cuales caían por delante sobre una frente 
deprimida y morena, de cuyo medio y en línea 
recta partía una ardiente y atormentada nariz, 
de abiertas ventanillas, ©ebajo de la narizla boca, 
según es regla general hallarla ; pero no tan ge- 
neral era la forma de aquélla, que tenía entonces 
medio contraídos los gruesos y sensuales labios, 
guardadores de una dentadura no mala, pero 
tampoco cuidada con esmero. 

El conjunto de aquella fisonomía — que no hu- 
biera llegado á ser del todo fea con otro aire 
más suave y benigno — no revelaba unos instin- 
tos muy mansos, y menos si se observaba atenta- 
mente su expresión sombría ; y la de la mirada, sus- 
picaz y recelosa, acusaba un alma siempre en 
guardia y en actitud hostil, acaso por índole, 



104 LA INSURRECCIÓN 

acaso por haber caído ya más de una vez, doloro- 
samente, en las arteras emboscadas de la vida. 

El resto del cuerpo representaba el de un mo- 
cetón fuerte y membrudo, y correspondía á la 
parte superior en rusticidad y desaliño. Estaba 
cubierto por una guayabera de rayas y unos pan- 
talones de holanda cruda que, al sentarse el des- 
conocido encima del caballo, se habían alzado 
un poco dejando ver, á más de los zapatones de 
cuero que cubrían los pies de aquél, el principio 
de una pierna morena, no nada limpia, como 
la de D. Quijote al despojarse de las medias en 
su habitación del palacio de los Sres. duques... 

Seguía avanzando el mozo, sumido siempre en 
sus reflexiones, y avanzaba por un lugar ya co- 
nocido, por no ser otro que aquel en que sedes- 
arrolla la primera parte de esta historia. Con- 
forme adelantaba en su camino iba alzando la 
desnuda cabeza, bañada en sudor. (El som- 
brero había perdido impensada y casualmente 
en la senda, y aun casi no lo había notado.) 
Cuando acabó de alzar la testa, clavó la mi- 
rada en uno de los bohíos que de cerca se dis- 
tinguían, y que era ni más ni menos que el de 
nuestro D. Isidro González, quien en aquellos 
momentos históricos aguijoneaba heroicamente 
los fatigados bueyes del arado, en medio de su 
finca. 

El jinete se encaminó á la casita de la pe- 
queña hacienda, con súbita resolución. Cuando 



LA INSURRECCIÓN 105 

le restaba ya poco para pasar junto á la misma, 
lomó las riendas que tenía abandonadas, arreó 
su cabalgadura y, con rostro en que se pintaba 
una viva y extraña agitación, acertó á ver á dos 
mujeres — que no eran otras que Tera y su madre 
— de pie en el portalito. 

— Buenas — dijo al llegar frente á donde se 
encontraban aquéllas. 

Y su voz pareció que temblaba ligeramente 
al articular esta sencilla palabra, aunque en rea- 
lidad no pareciera existir el más leve motivo para 
semejante temblor. 

— Muy buenas — contestáronle, D a . Rosa 
cordialmente, Tera con alguna reserva. — Pero, 
al ver que detenía el caballo, y lo acalorado que 
estaba, le ofrecieron amablemente café, según 
tradicional y hospitalaria costumbre del campo. 

— Grasias — contestó él torpemente, rehu- 
sando. — Y se quedó un instante inmóvil, como 
si le costase esfuerzo, de cortado que parecía 
hallarse, sacarlas palabras de la boca. 

— Dígame — dijo á D a . Rosa al cabo de unos 
segundos, durante el transcurso de los cuales lo 
contemplaba Tera, con sus grandes ojos llenos 
de curiosidad — dígame, paisana, ¿me podría 
desir, y dispense, pa hasia qué punto podrá caer 
el sitio de Ángel Peres? 

— Dende aquí lo pue bel — contestó D\ Rosa. 
— Mire, tire por ahí alante, que en pasando tres 
más, aquel que se be ayí es. 



406 LA INSURRECCIÓN 

Mientras hablaba la guajira, en lo que menos 
parecía él ocuparse era en oir, á juzgar por el 
aire de involuntaria distracción que tenía, obser- 
vando de reojo á Tera. 

— Baya, pues grasias — dijo por fin, vol- 
viendo de su abstracción — y que sea con salú. 

Y, picando su cabalgadura, siguió de largo. 

Quédesele mirando D a . Rosa mientras pudo al- 
canzarlo con la vista, y llamando á su imagina- 
ción recuerdos y reminiscencias, con el empeño 
de acertar en qué fisonomía había notado ella 
algunos rasgos parecidos á los de aquella otra. 
De que había visto una cara semejante no le que- 
daba duda, ni tampoco de que había sido allí 
mismo, en la sitiería, en el reducido círculo en 
que giraban sus conocimientos. 

Pero aquel semblante era nuevo por allí; y de 
esto mismo nacía para la gruesa matrona una 
confusión é incertidumbre que la dejaron por 
unos instantes pensativa. 

— Mama — díjole de pronto Tera, que es- 
taba á su lado — ¡ qué hombre más raro ! ¡qué 
modo más extraño de mirar, alabao sea Dios! 

— Sí, es raro — repitió la madre. — Y, al de- 
cirlo, no se refería quizá precisamente al hombre, 
sinoá las circunstancias y maneras que en él ha- 
bía observado. 

Entraron en la casa, á donde las llamaban que- 
haceres y ocupaciones de la misma, y de la cual 



LA INSURRECCIÓN 107 

habían salido sólo un momento, por curiosidad 
y distracción, al ver acercarse á un caminante. 
No se volvió á hablar de aquel incidente pasa- 
jero, y Tera olvidó bien pronto la desabrida cara 
y los ardientes ojos del desconocido, para acor- 
darse de otros ojos más tiernos, y del rostro ri- 
sueño y agradable de su afortunado novio. Pero 
D a . Rosa, sin saber por qué, sin quererlo ni de 
ello darse cuenta casi, volvió á pensar más de una 
vezdurante aquel día en la inesperada aparición. 

¿ En dónde había visto ella algo de aquella ca- 
rota? — se preguntaba. — Y luego : ¿á que venía 
el cortarse de aquel hombre al preguntar unas 
simples señas, aquel mirar cobarde y como huido. 
y sobre todo aquel preguntar por gusto, pues que 
ni se había enterado á derechas el empecatado 
mocetón de la respuesta recibida? 

Pero más que todo esto y que otra cosa alguna 
preocupó á D\ Rosa, el día aquel y aun parte deí 
siguiente, el paradero á que el desconocido se 
había encaminado, por el recuerdo que le 
traía de la historia antigua y ya casi olvidada 
que había tenido por teatro de su desarrollo aquel 
mismo sitio. 

Sin explicárselo bien, sintió por algunas horas 
una inquietud vaga, y se le figuró y «le dio el co- 
razón» por un momento que aquel hombre de 
marras, nuevo allí, y que ni del país siquiera 
parecía, había tenido algo que ver en la indicada 
historia . 



El jinete, que con su presencia tales cavila- 
ciones provocara, había llegado al sitio que bus- 
caba, pocos minutos después de separarse délas 
dos mujeres. Empujó la tranquera, entró, volvió 
á cerrarla con el pie sin apearse del penco, todo 
como quien ya conoce el terreno que pisa, y des- 
pués de haber andado algunos pasos más se halló 
bajo el tinglado de la vivienda. 

Estaba desierto el interior de ésta, que era en 
un todo semejante ala de que se hadado un rápido 
croquis en el primer capítulo, y se hallaba com- 
puesta de idénticos departamentos y accesorios. 
El aun desconocido jinete apeóse por íin del 
caballo, y después de amarrarlo fuera, entró en la 
casa, con aires de habitar en ella, á juzgar por 
la desembarazada familiaridad con que lo hizo. 

Allí habitaba, en efecto, desde varios días atrás, 
sin que de ello se hubiese enterado casi persona 
alguna, ni hacía falta. Había llegado de impro- 
viso é instaládose en aquel bohío, que no era 
otro sino aquel en el cual se habían desarrollado 
los ilícitos amores de D. Francisco Torres. Al par- 
tir inopinadamente el que hasta entonces había 



LA INSURRECCIÓN 109 

sido el dueño, huyendo, según él pensaba, de 
su deshonra y vergüenza, dejó hecho cargo del 
sitio á un sobrino suyo, más joven que él en 
muchos años y, después de su propia mujer, el 
más cercano pariente que en Cuba tenía. 

— Yo estoy ya viejo — se había dicho — y 
achacoso y enfermo siempre. ¿ Para qué quiero 
esto, que casi no me da nada y puede darle más á 
éste, que puede trabajar mejor y á quien le hace 
más falta? 

Y como, de otra parte, era su firme intención 
que nadie tuviera por allí noticias de su paradero, 
y, aunque bueno y formal, á su pariente podía des- 
atársele la lengua un día, como á cualquiera otro, 
y correr la noticia, y llegar á oídos del galán y 
éste quizás hasta á comunicarse con la dama, lo 
que hizo fué vender sigilosamente aquello poquí- 
simo que le fué posible, y desapareció, como se 
sabe, tan de súbito cual un relámpago tras de 
los negros nubarrones de un cielo de tormenta. 

El bueno del pariente quedó en la creencia de 
que iba el otro á la capital con el fin de ver si se 
curaba; y de que volvería, según le había afirmado. 
Así, pues, tomó posesión de la hacienda y se 
dedicó á cultivarla durante la ausencia del tío; el 
cual, no obstante, iba tardando demasiado en vol- 
ver, sin que el sencillo del pariente sospechase 
nada, hasta que, extrañado por último, y un si es 
no es alarmado, se decidió á indagar; y lo que 
sacó en limpio fué que no había habido tales idas 



110 LA INSURRECCIÓN 

á la capital, ni tales intenciones de vueltas, si no 
eran de espaldas. 

Era honrado Ángel, tanto como falto de mali- 
cia y pillería ; y al enterarse de esta desaparición , 
que jamás pudo explicarse á derechas ni á izquier- 
das, se quedó perplejo. Pero,trasde graves con- 
sultas y reflexiones maduras, se opinó por unani- 
midad que le correspondía en equidad y justicia 
seguir en posesión del sitio mientras no llegase el 
legítimo dueño del mismo. 

Día tras día aguardó, meses pasaron, años 
transcurrieron, y ni sombra de tío se dibujó en 
el horizonte, ni rastro de su paradero se dis- 
tinguió en vereda alguna. En vista de todo 
esto, hubiérase creído que la finca habíaquedado 
suya de por vida. 

Pero cuando menos lo aguardaba Ángel Pérez, 
cuando era lo más presumible que no existiese 
ya el tío ni quizás heredero de él más cercano,) 
estaba el buen campesino en plena posesión y 
disfrute de su hacienda, hete aquí que vio entrar- 
se de rondón cierta mañana á un desconocido de 
no muy buena catadura, recio de cuerpo y de 
mirada fiero, el cual, sin darle apenas los buenos 
días, le preguntó si acaso sabía dónde habitaba 
por allí « un tal llannao Ángel Pérez ». 

— Á sus órdenes, pa serbirle — contestó el 
montuno, parando en la tarea que traía entre 
manos de enyugar los bueyes para salir al trabajo. 

— ¿ Es usté? 



LA INSURRECCIÓN 111 

— El mismo que biste y calsa, me párese. 
¿ Deseaba arguna cosa? 

— ¡ Pues hombre, me alegro, rayos ¡¿Conque 
eres tú mi primo, el sobrino é mi padre ? 

Y avanzando hacia el otro, y sin darle tiempo 
á nada, 

— ¡ Dame un abraso entonses, Cristo! No creí 
yo ¿ pues qué me iba á creer? que te iba á hayar 
tan pronto. 

— ¿Qué? ¡cómo! ¿qué es ésto? ¿quién es usté? 
— ■ articuló Ángel, aturdido por la noticia, y el 
abrazo, y lo extraño é inesperado de la ocurren- 
cia. 

— ¿ Que quién soy? Pues tu primo, cristiano, 
ni más ni menos. ¿ Quién boy á ser? —repuso el 
otro, con el dejo especial de los isleños de Cana- 
rias, canto casi más bien que habla, y que tan 
grandemente se asemeja á veces ai de los campe- 
sinos de Cuba, que casi se confunden. — Y si 
quieres que te lo apruebe — prosiguió el recién 
llegado, — pueo aprobáltelo muy pronto — vol- 
viendo á su prístina cejijunta seriedad y sacando 
del bolsillo una enorme y sucia cartera de cuero. 

No especifica la historia si Ángel Pérez sabía 
leer correctamente; pero deletrear al menos es 
cierto y está averiguado que sabía; y con trope- 
zones y trabajo, ayuda del recién venido y pro- 
fundo asombro, pudo enterarse del contenido de 
algunos papeles que aquél le fué poniendo de- 
lante de los ojos. 



112 LA INSURRECCIÓN 

— I Conque usté es hijo de mi tío Lusio de 
berdá? — dijo, dejando caer de sus manos 
el último papel, y contemplando á su hasta 
entonces ignorado pariente como quien ve 
visiones. 

— Me afiguro que lo soy — contestó éste — 
y, la berdá, no sé á qué viene too ese mirar y 
ese asorarse de la cosa. Yo creía que no era na 
del otro juebes tener primos. 

— Pero... pero es que yo no lo sabía hasta 
ahora, ni siquiera lo había imaginao. ¿ Cómo lo 
iba á imaginar, hombre? si tu padre — arres- 
tándose á tutearlo, ya que áéllo tuteaban — si tu 
padre, cuando se separó de mino tenía hijos, ni 
señales de tenerlos? 

— Pues yo te digo que á los ocho meses de 
largalse de aquí, asegún me ha referió mi mismo 
padre, me tubo mi madre : y creo que no me he 
muerto toabía. 

— Ya lo beo, ya lo beo... Pero si tú eres mi 
primo — agregó Pérez, medio desconfiado toda- 
vía, á despecho de su nativa credulidad, y al 
mismo tiempo curioso en extremo de lo que iba 
á oir — cuéntame, hombre, cuéntame, qué fué 
de tío Lusio y de tu madre, y porqué se fueron 
de aquí sin despedirse de alma bibiente; que no 
he podido aberiguar toabía na de eso, por más 
que me he rompió la cabesa pensando. ¡ Te ase- 
guro que tengo unas ganas de saber eso ! porque 
es estraño ¿berdá ? es estraíio dejar así á to 



LA INSURRECCIÓN 113 

dios de media noche ar día : « por aquí, que es 
más serca », y no golber á bérsele á uno la pluma. 
Baya, cuenta, cuenta. 

Dejó los bueyes sin enyugar junto al tinglado, 
pensando que bien valía una mañana de trabajo el 
acontecimiento, y se sentaron los dos primos en 
no muy cómodos taburetes en el mismo portal, 
Ángel Pérez enfrente del mocetón. 

Allí refirió éste al otro cuanto sabía de la his- 
toria de sus padres y de la suya propia, desde la 
desaparición de aquéllos de Cuba. Pérez lo escu- 
chó sin interrumpirlo más que una sola vez, sin 
pestañear casi, embebido y absorto en lo que 
escuchaba. 



— Pues pa donde fueron cuando salieron 
de aquí — comenzó el narrador — fué pa 
Islas... 

— ¡ Pa Islas! — exclamó Ángel. — Alabao 
sea Dios¿ pero qué iban á buscar aya, cristiano? 

— ¿ Que qué iban á buscar? Tú no te arre- 
cuerdas, entonses, que mi padre era de aya? 
Pues lo que iba á buscar, presumo yo, sería el 
calol de la tierra, y el de la familia, y la salú 
también cuando menos, que yo, la berdá, no 
estoy tampoco bien enterao y seguro de lo que 
fueron á buscar fuera de eso, ni de por qué salie- 
ron de aquí tan apuraos, como tú dises, y como 
si fueran juyéndole á argo. 

« ¡ Bueno! Pero el caso es que aya se larga- 
ron, y ayánasí yo, y me crié aya, ni sé yo cómo, 
rayos ; porque mi madre disen que se murió en 
cuanto que yo nasí, y me dejó sólito. Ya te digo, 
yo no sé cómo demonio pude bibil y cresel sin 
madre ni na; porque lo que es como tener padre, 
era peor que si no lo tubiera : lo único que me 
daba eran palos y bofetás por cualisquiera cosa; 



LA INSURRECCIÓN 115 

y con cariño no recuerdo que me haya echao el 
ojo nunca ensima. 

« Así cresí, mirando na más que enemigos por 
donde quiera, porque en mi perra bida tuve hasta 
ahora quien me chiqueara ni me quisiera bien. 
¡ Qué rayo ! así es que tube que haser lo mesmo 
¿beldá? y mas que no fuera malo, malo tenía que 
golberme á la fuersa de aqueya manera, y tratal 
como me trataban á mí. Nosotros bibíamos ca 
el hermano que tenía mi padre aya en Canarias, 
tu otro tío, y mío también, que tú sabrás que 
está argo acomodao. Cuando se le acabó al biejo 
er dinero que yebo de aquí, fué y lo recogió en su 
casa ese tío Ínterin encontrara en qué ocuparse. 
Algo encontró al poco tiempo ; pero como estaba 
ya biejo y siempre malo, apenas podía haser na ; 
y el tío, por no bernos en la caye, nos tenía ayí 
en su casa. 

« ¡ Las que pasé, rayos! ¡ Lo que rabié ayí y 
lo que sufrí con mi genio ariscoso y el trato que 
me daba mi padre, que iba hasiéndose peor toa- 
bía conforme iba yo cresiendo ! Los demás pa- 
rientes no me trataban tan mal, y er biejo delante 
de eyos disimulaba un poco ; pero cuando es- 
taba solo cormigo, ¡ qué geniaso! ¡ qué palabro- 
tas! ¡ qué insultarme y pegarme por too lo que yo 
hasía, por más bueno que paresiera ! 

« Así estube hasta los catorse años, y entonses 
me metieron en una bodega que puso mi tío, pa 
que aprendiera á despachar, sin ganar na, por 



116 LA INSURRECCIÓN 

supuesto. Iba á las ocho y gorbía pa casa á las 
ocho é la noche. Almorsaba y comía en la bo- 
dega, y lo demás del día pegao atrás der mostra- 
dor atendiendo á la marchantería. ¡ Qué bida pa 
un muchacho, rayos ! Cuando gorbía de güerta r 
caía como un tronco en er catre hasta el otro 
día; sin tener distralsiones, ni amigos, ni na. Ca 
día se me iba poniendo más enseria la cara y más 
negra el arma. A los cuatro años después empesó 
el tío á darme argo, aunque mi padre, que ya 
estaba bastante mal por sierto, no estaba con- 
folme, porque decía él que bastante que hasía su 
hermano con tenernos en su casa de sánganos. 
Pero el tío, que no es malo, párese que me cogió 
un poco é lástima, y me daba tres duros ar mes, 
que yo guardaba casi enteritos, y que luego dis- 
pués me sirbieron pa venir pa acá. Yo tenía ya 
serca é beinte años, y mi padre en eso cayó en 
cama y se puso más malo ca vez, y toos dijeron 
que no se lebantaba. iba pa atrás y pa atrás ca día, y 
hasta yo mismo yegué á comprender que se iba. 
Dejé de ir á la bodega, con permiso de mi tío, y 
me quedaba en el cuarto pa cuidarlo, polque, 
aunque nunca le pude tener cariño, era mi padre 
al fin y al cabo, y yo debía ocuparme de él... * 

Paró un instante el narrador para tomar aliento, 
y prosiguió su relación después de un corto ins- 
tante : 

« — ¡ Baya ! pa no cansarte : lo estubimos cui- 
dando como cosa é un mes, y él, ya te digo, pa 



LA INSURRECCIÓN 117 

atrás y pa atrás sin querer mejoral. Er médico 
desía que era casi too obra de la edá y las penas. 
Un día que estaba yo con él en el cuarto, fué y 
me dijo que aserrara la puerta y me asercara 
bien á la cama, y aluego que lo hise así, me 
dijo, díseme : 

« — Yo me boy á moril, pero antes de mar- 
charme quiero desirte una cosa. 

« Yo no le contesté ni palabra, porque es- 
taba ya tan acostumbrao áque se pusiera furioso 
con mis contestas, que no me atrebía á hablarle. 

« El agüeitó á ber si yo le desía algo, y como 
no oyó na, rompió á hablarme otra güerta : 

« — Dispués que yo haiga dao er sapataso te 
bas de aquí ¿ oyes? 

« — Oigo — dígole yo, porque no me que- 
daba otro remedio. Pero no comprendía por qué 
me decía aquello y por qué quería que yo me 
fuera. 

« Dise : — Te bas de aquí de Islas, y con lo 
que te boy á dar ahora mismito, te largas pa 
Cuba¿ comprendes ? y te coges un sitio que tengo 
yo aya, si es que no quieres seguir aquí en la 
tienda trabajando como un burro que eres, sin 
ganar apenas na. 

« Me quedé asorao de ber á mi padre tan 
bueno cormigoá úrtima hora. ¡El, que nunca me 
había hablao bien, hablarme de aqueya manera, 
y con aquel tono tan manso! j Bamos, aqueyo 
era un puro milagro ! Yo estaba too confundió y 



118 LA INSURRECCIÓN 

sin saber lo que me pasaba, pero él no lo notó 
y ba y sigue disiéndome : 

« — ¡ Baya! ¿ quieres, ó no quieres? 

« Más estraño toabía era aquel interés que me 
descubría el biejo, y más estraña aqueya salía 
suya der sitio en Cuba, que nunca me había 
hablao de él ni nunca se había ocupao pa na de 
mí. Así es que yo tenía la cabesa ensendía pen- 
sando en too esto cuando me preguntó lo que te 
herepetío, pero apenas lo oí le contesté muy 
apurao, no se fuera á incomodar : 

« — Sí, sí, ¿ pues no? 

« Entonses dise : — Mira, alcánsame acá 
aqueya guayabera que está colgaa ayí. 

« Fui y le traje lo que desía, que era una 
guayabera bieja y susia que tenía en un rincón 
ya hasía no sé cuánto tiempo. 

« — Saca lo que haiga en las faltriqueras. 

« Registro, y me encuentro en un bolsillo 
medio escondió un royo é papeles, que es este 
que te he enseíiao. 

« — Ese royo — dise mi padre — te lo gual- 
das, que con esos papeles pues ir ycogerte el si- 
tio cuando te dé la gana. 

« Entonses tocaron á la puerta, y yo guardé 
el royo, corgué en su rincón otra güerta la guaya- 
bera, y le dije al biejo : — Está bien. — Aluego 
abrí, y ya no pudimos seguir hablando más del 
asunto. Pero detoos modos no hubiéramos podio, 
polque mi padre, paese que con la fuersa que ha- 



LA INSURRECCIÓN 119 

bía hecho pa desirme lo que te he contao, había 
quedao medio muerto. Afigúrate. Ya no gor- 
bió á hablar más, perdió la conosensia al 
cabo er rato, y como á pocos días dispués se 
murió. » 

Hizo una pausa. 

— ¡ Pobre tío Lusio ! — exclamó Ángel, enter- 
necido sinceramente — ¡ pobre! — Y lanzó un 
suspiro. 

Nada contestó el isleño al suspiro ni ala excla- 
mación; reinó un momento de silencio, y luego, 
prosiguió diciendo el primo á Ángel : 

« — Pues ya estás enteraode lo que fué de mi 
padre. Dispués que él murió, fui y le dije á mi 
tío á los pocos días lo queme había dicho, y tam- 
bién se estrañó algo de aquer cariño del biejo á 
la hora er cuajo y de que no hubiera dicho nunca 
na de aquel sitio. Pero se conbensió cuando bió 
toos los papeles, y pensó que al fin era natural 
que se lo dejara á su hijo, y me aconsejó queme 
viniera paacá. 

« El había estao ya aquí en Cuba también, 
como tú debes de saber, y me dijo por dónde había 
que tomar y too pa benil. Me dio algún dinero 
más, y con ese y el que yo tenía ya guardao me 
embarqué á las pocas semanas, á la buena de 
Dios. Y la berdá, la berdáes que párese que Dios 
mismito me hubiera traío de la mano hasta en- 
contrarte, porque sin saber ni pisca del país, ape- 
nas he tenío tropieso denguno y casi casi uno de 



120 LA INSURRECCIÓN 

los primeros que topo, me encuentro que es mi 
pariente. » 

— De lo que me alegro, por mi madre — dijo 
muy cordialmente Ángel Pérez, ya convencido 
del todo. 

— ¿ Me darás ahora la mano como á primo? 
— preguntó el otro. 

— ¡Baya, hombre !¡ y hasta un abraso! 

Y, habiéndose puesto en pie mientras estas úl- 
timas palabras decían, se abrazaron, en efecto, 
estrechamente, los dos hasta una hora antes des- 
conocidos primos. 



De corazón alegrábase, en efecto, Ángel Pérez 
de haber encontrado por fin un pariente suyo y 
haber tenido noticias de los demás, siquiera fue- 
sen tristes tales noticias por lo de la muerte — 
por otra parte ya esperada — de D. Lucio, su tío 7 
y la de su mujer. La tranquila posesión del sitio, 
que seguramente iba á perder, no enturbiaba 
tanto como podría suponerse su contento, en 
primer lugar, porque pensaba que, siendo solo 
el primo, é inepto en las faenas agrícolas y cam- 
pesinas, tendría necesidad de su ayuda; y luego, 
porque abrigaba él sus razones para creer de an- 
temano que aquella pacífica vida era probable 
que no durase mucho, y estaba, por lo tanto, 
preparado á un cambio. 

Desde luego pensó que á su recién llegado 
pariente correspondía lo que hasta entonces ha- 
bía sido suyo, y así se lo dijo ; pero el último, que 
traía, según parece, la misma idea de comunismo 
que Pérez había esbozado en seguida en su 
ingenuo pensamiento, se la expuso á éste pronto 
y sin rodeos, como respuesta. Es una verdad que 



122 LA INSURRECCIÓN 

bien puede ocupar un puesto entre las legenda- 
rias y de todos sabidas de Pero Grullo, que para 
entenderse bien dos personas no hay como estar 
de acuerdo una con la otra, ó, en otras palabras, 
que para estarde acuerdo sobre un punto dado, 
no hay como tener la misma idea sobre ese mismo 
punto. Y éste era, justamente, el caso. Así fué que 
de un modo rápido, sin discusiones ni disgus- 
tos, se resolvió el problema de la posesión de la 
propiedad. 

Y fué de modo que quedaron satisfechas am- 
bas partes. Se acordó que Ángel Pérez seguiría 
cultivando los sembrados y habitando en el 
bohío, y su primo participando en la habitación 
del últimoy aprendiendo y ayudando á cultivar 
aquéllos. Cabalmente, la choza había sido hecha 
para dos personas, D. Lucio y su mujer; y el 
bueno de Ángel, que había por tanto tiempo es- 
tado suspirando por saber de sus desaparecidos 
parientes, pudo al fin saber de ellos, trabajar sin 
escrúpulos ni temores y tener junto á sí á un 
primo suyo — siquiera no sospechase el día an- 
terior ni aún su existencia — sin estorbarle éste 
en nada y antes sirviéndole de compañía en su 
soledad. 

Las razones que pudieran haber inducido al 
padre á confiar la noticia de la existencia de su 
propiedad y hacer donación de ésta al hijo, á pe- 
sar del despego — casi rayano del odio — que 
hasta su muerte le había mostrado, se las expli- 



LA INSURRECCIÓN 123 

caba fácilmente el buen Ángel diciéndose que, 
al fin y al cabo, la sangre siempre habla, y que 
si no se lo hubiese dicho al morir, de todas ma- 
neras podía después el heredero haber hallado 
los papeles, y que, por último, aunque no le tu- 
viera á éste el primero inclinación alguna (cosa 
atroz y maravillosa para el honrado campesino) 
erasuhijo yá nadie mejor podía dejar lo suyo. 
Si tuvo en realidad el donante algún otro ob- 
jeto in mente no es fácil adivinarlo, ni tampoco si 
pudo haber previsto que podían resultar compli- 
caciones y hasta catástrofes acaso, ni si quiso, en 
íin, provocarlas perversamente para vengarse, si 
algo de que vengarse tenía. Pero es mejor y más 
caritativo, y menos repugnante al pensamiento, 
dar por hecho que no fueron motivos tan viles 
los que le indujeron á dar aquel paso, tan impor- 
tante á despecho de su aparente sencillez. 



En los días que se siguieron nada ocurrió en 
la apariencia de notable y desusado, por más que, 
en lo relativo al proyectado levantamiento, se tra- 
bajase con actividad y ahinco, y ya casi sin ocul- 
tarse de nadie. No todos estaban impuestos de 
las interioridades de lo que se hacía, ni era pre- 
ciso que todos estuviesen enterados de antemano; 
pero existía la absoluta seguridad de que nin- 
guno había de retroceder ni vacilar una vez lle- 
gada la hora. La expectación era inmensa, según 
la guerra avanzaba como desbordado torrente. 

Las consabidas reuniones nocturnas en casa 
de D. Isidro González fueron engrosando poco á 
poco, y poco á poco también las antiguas conver- 
saciones sobre las faenas agrícolas dando paso á 
otras más belicosas. 

Los relatos de los sucesos de los pasados tiem- 
pos de guerra eran sustituidos frecuentemente 
por comentarios sobre los actuales acontecimien- 
tos y profecías y suposiciones sobre los que aún 
estaban por ocurrir. Ya eran á veces verdaderas 
tertulias las que se formaban en el portalito del 



LA INSURRECCIÓN i c ¿3 

sitiero en las primeras horas de la noche, y á 
ellas concurrían los guajiros más respetados por 
su influencia ó por sus canas. 

Y aquellas reuniones, que al principio tenían 
el carácter de simples visitas é inocente pasa- 
tiempo, fueron paulatina é insensiblemente trans- 
formándose, de tal modo, que casi llegaron á 
constituir, los que las formaban, un Club revo- 
lucionario rural, digámoslo así, con la singular 
circunstancia de no ser secreto. Hablábase en 
dicho Club, ó dígase tertulias, déla agitación que 
por todas partes cundía, de las noticias que al 
campo llegaban, de los movimientos de los jefes 
cubanos y españoles, todo esto sin misterios ni 
recatos, en medio de la hermosura y esplendi- 
dez de la campiña, y unas veces casi entre ti- 
nieblas, otras bajo el mirar, siempre impregnado 
de melancólica paz, del astro de la noche. 

D, Isidro González era como el Pontífice táci- 
tamente elegido por aquel rústico Cónclave, y 
cuando iba al pueblo solía traer noticiones que 
probaban que el incendio, aunque un poco lejano 
todavía, se iba propagando con rapidez inusitada. 
Algunas veces venía también aquél con un perió- 
dico cubano de los publicados en los Estados 
Unidos é introducidos sigilosamente en la Isla — 
pues comenzaba ya á ser peligrosa, ó al menos 
sospechosa, su lectura. 

González conseguía en ocasiones algún número 
más ó menos atrasado, secretamente, de als;ún 



126 LA INSURRECCIÓN 

amigo, y luego lo leía en voz alta á instancias de 
sus contertulios — pues, como se sabe, era uno de 
los privilegiados que sabían leer de corrido. Era 
entonces de ver el júbilo conque se escuchaban 
los enérgicos artículos que el periódico conte- 
nía, y que eran como otros tantos toques de cla- 
rín que resonaban en lo más hondo de aquellos 
pechos encendidos de entusiasmo. 

La voz emocionada del que leía, resonando en 
medio de la noche, alta, grave, casi solemne y 
solo acompañada por los leves é imperceptibles 
susurros del campo, el temblor de las ramas de 
los árboles y el continuo chillar de los grillos es- 
condidos entre los yerbajos, semejaba la voz del 
Porvenir, el cual se presentaba á las imaginacio- 
nes en aquellas horas llenas de tranquila majes- 
tad. Parecíales ya ver flotar por encima de los 
cocales la bandera soñada de la estrella sola, y 
que de detrás de cada árbol surgía un soldado 
deCuba, jinete en brioso caballo, airoso y venga- 
dor. La brisa era como la mano de la Patria, que 
traía misteriosas promesas y sueños ignotos de 
libertad y gloria á las enardecidas frentes... 

Demás está decir que uno de los más asiduos 
concurrentes era el grandote y bonachón de 
D. Francisco Torres. También iba su hijo; pero 
éste, aunque no menos entusiasta que los 
demás, ni menos patriota, solía á ratos apar- 
tarse del grupo principal, cuando la conver- 
sación no estaba muy ardiente, en compañía de 



LA INSURRECCIÓN 427 

su íntimo Juanillo, y, más comúnmente, irse á 
reunir conTera, la que no dejaba de buscar tam- 
poco la ocasión, casi inconscientemente. Los de- 
más dejábanlos, y Juanillo poníase ádepartiren 
estos casos con el resto, ó un rato cariñosamente 
con su buenísima madre D a . Rosa; la cual, no 
muy satisfecha ni tranquila, aunque sin querer 
demostrarlo, con el giro que iban tomando las 
cosas, estaba casi siempre haciendo algo, por lo 
general tejiendo ó preparando el café que á to- 
dos los visitantes se les ofrecía. Y los dos novios, 
convencidos de que nadie paraba mientes en ellos, 
entregábanse candorosamente y con toda la 
fuerza del amor primero al gozo indecible de es- 
tar muy cerca uno del otro, de hablarse, de sentir 
cada uno el aliento del otro sobre sus me- 
jillas. Y aun aveces se rozaban sus manos, y al 
rozarse solían estremecerse y estremecer el cuerpo 
á que respectivamente pertenecían, enrojeciendo 
de vergüenza y placer los rostros que de aquellos 
cuerpos formaban parte... 

Pero tales ratos de felicidad no duraban mu- 
cho, por el temor de llamar la atención, ó por- 
que se acercaba algún importuno aguafiestas, 
ó por uno de tantísimos motivos como siempre 
existen para que se interrúmpala dicha más pura 
y completa. — La conversación se hacía general, 
luego de concluida la lectura del periódico, 
cuando lo había. ¡Y qué conversaciones aquellas ! 
¡Qué impaciencia y deseo en todos los pechos, 



128 LA INSURRECCIÓN 

qué agitación reflejada en todos Jos ojos, qué 
resumen más ardoroso y desordenado, en las 
palabras, de aquellas impaciencias y agitaciones 
y deseos! D. Isidro sonreía con satisfacción, sin 
dejar de estar tan entusiasmado como el resto, 
y la noche se pasaba como un soplo eu aquella 
asamblea de patriotas reunida al aire libre de 
los campos... por desgracia no libres todavía. 

Todo el mundo se hallaba enterado de estas 
reuniones que nada de clandestino tenían ; pero 
no estaba al cabo todo el mundo — aunque sí ya 
bastante gente — de que no era el de mover la 
lengua el único trabajo de los que formaban di- 
chas reuniones ó tertulias. Otros más pesados y 
trascendentales se habían echado sobre los hom- 
bros, y los llevaban con gusto y sin fatiga; que el 
placer con que un trabajo se ejecuta puede tal vez 
hacer pasadera y hasta nula la fatiga que el 
mismo proporciona. 

Los viajes de D. Isidro menudeaban, y de cada 
uno de estos viajes traía en los henchidos serones, 
no sólo papeles como solía, sino algo más y de 
mayor consistencia que después ocultaba ó re- 
partía con precaución y clandestinamente, por 
el día, entre los amigos que frecuentaban las 
célebres tertulias. Eran nada menos que armas 
de fuego, municiones para cargarlas y todo lo 
demás correspondiente; objetos que en tales lu- 
gares de trabajo como aquellos hubiera extra- 
ñado sobremanera encontrar. También y es- 



LA INSURRECCIÓN 129 

to sí que ya pudieron verlo todos — los mácheles 
de los que los tenían viejos, con dientes ó herrum- 
brosos fueron sustituidos como por encanto por 
otros resistentes, flamantes, nuevecitos; y el 
bravo González y sus secuaces, por distintos con- 
ductos, proseguían sin descanso metiendo en el 
horno paletadas de carbón y leña. 

Otras cosas más traía también aquél, además 
de las indicadas, y que habrían de aparecer á su 
tiempo, entre otras una bandera que, á haberle 
sido hallada al sitiero por un agente del Gobierno, 
le hubiera costado, aun en aquellos tiempos que 
eran todavía de relativa tolerancia, la libertad, 
y, algunos meses más tarde, quizá la vida. 

A nadie dijo una sola palabra de esta bandera, 
con el deseo de dar una sorpresa agradable á 
todos cuando llegara el instante, que él seutía 
que á más andarse iba acercando, de desplegarla 
á los cuatro vientos; y siguió así almacenando 
objetos útiles, sin dejar por eso de ocuparse en 
sus siembras y su familia. Porque era González 
hombre que podía tener varios asuntos entre 
manos, sin perder la cabeza que á todos aque- 
llos presidía. 



Quedó tres capítulos atrás el selvático y raro 
primo de Ángel Pérez entrando en la casucha 
que á uno y otro servía de morada, después de 
haberse apeado de su cabalgadura y dejado á 
ésta instalada en el exterior de aquélla. Llegaba 
el hombre muy serio, pensativo y como algo tris- 
tón tras de su brevísima entrevista con D a . Rosa 
y Tera al pasar por el bohío de la familia Gon- 
zález; y, con el mismo preocupado rostro que 
por el camino traía, penetró en la vivienda. 

Luego que entró, fuese en derechura á su 
cuarto; y como hombre cansado, bien por el 
ejercicio del cuerpo ó por el andar apresurado y 
sin sosiego de la mente, se dejó caer en una ha- 
maca que de dos clavos estaba colgada en uno 
de los ángulos de la habitación. Allí quedó buen 
espacio de tiempo, moviéndose agitadamente unas 
veces, otras permaneciendo inmóvil mientras 
murmuraba frases entrecortadas y sin sentido 
aparente, y humedeciendo durante todo el 
tiempo el pedazo de hamaca en que teníaapoyada 
la cabeza, con el sutil sudor que de ésta le ma- 
naba. 



LA INSURRECCIÓN 13 i 

Hallábase Ángel, su primo y ya amigo íntimo, 
trabajando afuera entretanto, y trabajando es- 
tuvo, como de costumbre, hasta eso de las seis, 
hora en que fueron comenzando las primeras 
tinieblas del crepúsculo á invadir la tierra y los 
cielos á mancharse de ocre y rojo y á retirarse 
al descanso aves y bestias. Entonces volvió aquél 
á la choza, cantando de gozo aunque rendido 
de cansancio, y encontró á su compañero en la 
posición descrita, y tan abstraído, que ni aun 
notó que hubiera cerca de él un ser humano. 

— ¿Qué es éso? — dijo algo brutalmente 
Pérez, sacudiéndolo — ¡qué ¡¿estás durmiendo? 

Como si, en efecto, saliese de un pesado sueño, 
incorporóse el otro, lo miró con ojos de expre- 
sión múltiple, por decirlo así, y entre suspirando, 
y bostezando, dijo : 

— Sí, pa dormir estamos ahora. 

— ¿Qué te pasa, hombre? ¿Por qué me dises 
éso en ese tono? — preguntó Pérez, sorpren- 
dido á medias. 

— Motibos tengo pa eyo, Ángel, y bastantes, 
me párese. ¡ Ojalá no los tubiera, Cristo! 

Y dijo esto con voz que denunciaba un oculto 
dolor. 

— Bamos, hombre, dime — dijo á su vez Án- 
gel Pérez con acento amistoso y aún de cariño 
— ¿te pasa argo de beras? Cuéntamelo, cristiano, 
cúentamelo, que así te pesará menos en el 
arma... ¿Será — añadió tras de un momento — 



Í3 J 2 LA INSURRECCIÓN 

será acaso por esa chiquiya que bisles hase días 
aquí abajo, según me dijisíes, en el sitio é 
D. Manuel Gonsales? 

— ¿Y por quién iba á ser, rayos, por quién 
iba á ser? ¡ Ojalá no hubiese benío nunca ! 

— ¡ Ah, probé, probé Joaquín! — exclamó 
Ángel — ¿pa qué piensas más en eya? la gor- 
biste á ber de seguro ¿no? Ya sé, ya sé que 
pa eso na más es pa lo que te pasas á beses toíto 
el santo día de aquí pa aya y de aya pa acá sin 
querer ya ni belme trabajal siquiera, como había- 
mos conbenío. Y eso nos ta bien, no, nos tá 
bien, eso no te conbiene... Mira — agregó — 
me lo bas á contal too después de comer, que así 
quisas se te alibie un poco la cosa. Déjame ir á 
asearme un poco y ala cosinaen un sarto á ca- 
lentar lo que tenía apreparao, y luego me lo 
contarás¿ quieres? porque yo tengo una hambre 
del demontre, y ya es hora. 

— Bueno — dijo Joaquín con indiferencia; — 
pa las ganas que yo tengo... 

Mientras él hablaba, salió Ángel, el cual era su 
propio cocinero y el de Joaquín generalmente, 
pues éste, absorto en sus pensamientos, en nada 
se ocupaba. 

El primero encendió una vela — era casi 
noche cerrada ya, — fué al chiribitil que hacía de 
cocina, después de haberse lavado en su propio 
cuarto, calentó, como había dicho, las viandas 
-que tenía preparadas y llamó á Joaquín cuando 



LA INSURRECCIÓN 133 

concluyó de hacer todas estas cosas. Joaquín fué, 
no sin dificultad para levantarse de la hamaca, 
y cenaron juntos, ó, más bien, comió Pérez, que lo 
que es Joaquín maldito si probó bocado del tasajo 
brujo ni del arroz ó los buniatos. Pérez comió 
por los dos ; el trabajo le había abierto el apetito. 
Esto último, sin embargo, no le impedía de 
sentir compasión hacia su enamorado primo, ni 
de expresarlo de vez en vez con exclamaciones 
y consejos sueltos, entre bocado y bocado : 

— ¡ Que no te conbiene te digo, compadre! 
Eso no te conbiene. — ¡Baya con el hombre ! — 
¡ Pero cristiano, á quién se le ocurre!... 

Joaquín callaba. Sólo habló cuando ya estu- 
vieron para alzarse de la mesa. 

— ¿ Tú no sabes que esa es tu perdición, 
hombre ? — le acababa de decir Ángel. 

— Desmasiao lo sé, desmasiao — respondió el 
otro levantándose... 

Pérez se levantó también. Los dos se pusieron 
á fregar los platos en que habían comido y los 
jarros en que habían bebido, Ángel activa, Joa- 
quín perezosamente. Este hablaba al fin, mien- 
tras tanto. 

— Desmasiao que lo sé, pero ¿ qué rayos boy á 
hasel? Ya no pueo dejar de berla, no pueo porque 
me muero, Ángel. Tú no lo creerás, claro, tú no lo 
sientes, pero yo, sí: me muero... 

Pronto concluyeron. Arrojaron fuera el agua 
sucia que había quedado en la jofaina de hoja de 



134 LA INSURRECCIÓN 

lata que hacía las veces de lavadero ; pusieron cada 
cosa en su lugar, y Ángel, vela en mano, delante, 
el otro siguiéndole, pasaron al cuarto donde es- 
tábala hamaca, y Joaquín antes de venir Pérez del 
trabajo. Este trajo la suya de su estancia, dejó 
la vela sobre un taburete, y sacando dos tabacos 
ofreció uno al primo y encendió el otro. 

Quedó el primo sentado sobre su hamaca fu- 
mando un rato, sin decir palabra. Ángel en la 
suya tendido, un brazo bajo la testa, se mecía y 
también callaba, y fumaba también mirando á 
Joaquín. Este miraba el humo subir al techo de 
pencas de guano secas y oscuras. 

Al cabo rompió á hablar de pronto el isleño, 
como si lo hiciera estando sólo, y por necesidad 
de echar fuera del pecho algo de la carga que 
lo tenía jadeante y lleno de angustia. 

— Me acuerdo — pronunció, reclinándose sobre 
uno de los costados de la hamaca, la mano dere- 
cha puesta en el costado opuesto de la misma, la 
izquierda oscilando libremente — me acuerdo : la 
primera bes que la agüeité fué ayí mismo, en su 
mismita casa. La bidé dende afuera, que estaba 
haciendo qué sé yo qué adentro; y te aseguro — 
añadió medio incorporándose, con los ojos como 
dos brasas y lanzando un terno formidable — que 
no sé lo que me pasó por toíto el cuerpo y por 
toa el alma... iMe quedé alelao, bobo, bamos, no 
sabía ni dónde estaba, ni lo que me pasaba, ni na ; 



LA INSURRECCIÓN 135 

me quedé mirándola, mirándola, ydispués... me 
acuerdotambiéncomosimeestuvierapasandootra 
güerta — y se pasóla mano por la morena frente 
nublada — de pronto fué y me miró, y entonses, 
mía, compadre, ¿ sabes loque hise? 

— ¿ Qué cosa? — interrogó el otro, fluctuando 
entre la curiosidad y la admiración. 

— Pues bajé los ojos en seguidita, como si 
hubiera cometió argo de malo. ¡ Mía tú, yo bajar 
los ojos por una chiquiya como esa! Tu me co- 
noses ya argo¿ no ? ¡bueno! pues los bajé, pa 
que lo sepas de una bes; y aluego, arreo la jaca 
y j pa alante ! Pero no sé, no sé qué era lo que 
se me quedaba aya atrás junto con eya, y me iba 
poniendo triste, triste, aunque yo no quería, 
porqué desía yo entre mí : — ¿Qué es esto, rayos ? 
¿qué es lo que tengo, Cristo? — Y ¿ sabes tú 
lo que yo creo que era, que me ponía así? 
¡ Aquer modo de mirarme eya cuando se fijó 
en mí, tan frío, con tan poco caso ! ¿tú has visto 
qué bobería? ¡ como si tubiera yo que ber argo 
con eya ! ¡ como si se me importara á mi argún 
higo de que eya me mirara así ó asao ! Pero no, 
que no podía yo soltar aquer maldito pensal en 
aqueyos ojos dende que los bidé, ni en aqueya 
carita paresía á la de una Santa que he visto yo 
aya en Islas ; y lo más que me hase rabiar, y lo que 
me pone frito y me trae loco es que se me afigura 
que esos ojos, y esa carita, y toa esa grasia que 
tiene, que too eso no es pa mí, no puede sel pa 



136 LA INSURRECCIÓN 

mí. ¡ Ah, rayos ! — concluyó con grande agitación 
— y créeme, créeme que sería capas de cua- 
lisquier cosa porque lo fuera!... 

Al mismo tiempo, se había vuelto á incorpo- 
rar completamente en el calor del penoso relato. 

Admirado estaba el otro de oir y ver aquel 
amortan fiero, tan impetuoso, tan repentino que 
súbitamente había brotado en el corazón de Joa- 
quín, como una rosa en medio de árido arenal, 
sembrado sólo de conchas y guijarros. Mirándole 
se quedó, sin acertar á dar forma á los confusos 
pensamientos que le venían al cerebro, y su in- 
terlocutor también quedó callado unos instantes, 
baja la frente, las manos cruzadas entre ambas 
piernas, mientras le atravesaban el pecho y la 
cabeza rápidos de emociones y de ideas, más 
violentos y atropellados tal vez que los de la gran 
catarata americana. . . 

Después, alzando la vista y como volviendo á 
tomar el hilo de su discurso, prosiguió, sin que 
le interrumpiera el otro : 

— Dende aquel día, no sé qué fué lo que me 
cambió too : pienso diferente, hablo diferente, 
digo tonterías, siento cargao el pecho como si me 
pesara aya dentro er miral de la muchacha, y 
no me ocupo de más na, ni me importa ya na que 
no sea eya, y me condenaría si á mano viene, sí, 
me condenaría, porque me mirara bien ó me ha- 
blara con cariño... 

Nueva pausa, pesada y angustiosa. 



LA INSURRECCIÓN 137 

— Pues mira — dijo por fin el que escuchaba, 
saliendo del pozo de su admiración absorta — 
pues mira, no te hagas ilusiones, y más bale que 
no te acuerdes más del asunto... 

— ¿Que no me acuerde? — interrumpió Joa- 
quín impetuosamente — ¡ que no me acuerde 
yo de ella! ¿Y te aíigurarás tú que no hago too lo 
posible? ¿ y te creerás acaso que no quisiera po- 
der arrancármela de aquí dentro — señalando 
el pechóte ancho y robusto — y partilme la len- 
gua pa que no la mentara más, y que no me 
aprieto duro la frente por bel si la saco de ayí á 
la fuersa? ¡Que no me acuerde dises ! y ¿ qué es 
lo que te crees? ¿ Que no sufro y rabio y me des- 
espero toos los días pa eso, sin fruto denguno? 
¡ ojalá que no me acordara ! 

Se había levantado. Paseábase, al acabar de 
decir esto, por toda la habitación, agitada y an- 
gustiosamente ; y en palabras, aspecto y adema- 
nes mostraba aquel hercúleo mozo un dolor tan 
grande y profundo, tan verdadero, tan deses- 
perado, que hubiera, en realidad, conmovido á 
las mismas piedras que pisaba en su frenético y 
desordenado paseo, mucho más al hombre que 
le observaba, que no era de piedra, ni insensible 
al padecer humano. 

— ¡ Probé Joaquín ! — - exclamó con honda 
lástima y voz conmovida — ¡ probé! ¡ si bibiera 
tu madre y te biera así! 

— Si bibiera mi madre — repuso el otro 

8* 



138 LA INSURRECCIÓN 

arrebatadamente, amainando el paso poco á 
poco hasta venir á quedar parado en frente de su 
interlocutor, — si mi madre me hubiera bibido 
no sería yo así, tan bruto, tan desaliñao, tan duro 
con casi too er mundo, y quisas eya podría que- 
relme; pero así como soy ¿quién me ba áquerel? 
¿cómo me ba á hasel caso, si no sé desir na más 
que patochás y alelarme y abochornalme delante 
de eya ? Si mi madre me hubiera criao me 
habría hecho más tratable, menos bestia... pero 
cuando uno no ha conosío madre, y cuando su 
padre lo ha tratao siempre como er mío me tra- 
taba á mí, següerbe uno medio sarbaje, le coge 
odio á too dios y no sabe ni hablal más que bar- 
baridades y ordinarieses. Por eso he salió yo 
así. 

Tras de otro, muy breve, intervalo de silen- 
cio, añadió de pronto : 

— Y tú ¿ la conoses mucho ? 

— ¿ Yo ? ¿que si la conosco? ¡ Pues ya lo creo 
que la conosco ! Y por eso, por eso mismo — 
agregó observándolo con lástima — te aconsejo 
que no te ocupes de eya, porque sé que no te 
conbiene. 

— ¿ Cómo dises ? — preguntó Joaquín, curioso 
del tono como de misterio en que parecía haber 
pronunciado aquellas palabras el guajiro. 

— Porque no te conbiene, chico — repitió 
éste. — Yate digo, nunca te haría caso. 

— Eso ya lo sé, rayos, no necesitaba que tú 



LA INSURRECCIÓN 139 

me lo dijeras — exclamó el enamorado con 
sombrío é indecible dolor. — Soy desmasiao feo 
y desmasiao estúpido pa que eya me quiera... 

— No es por eso — repuso entonces el pri- 
mero. — Y, bien porque en su candida ignorancia 
no sospechase la hondura de la herida que iba 
á causar, bien porque creyese confusamente 
que aplicando el hierro, y matando el último 
vestigio de esperanza, si aún la había, mataría, á 
la larga ó á la corta, también el amor, que era 
lo que importaba, agregó : 

— No, no es por eso... es... que ella quiere á 
otro, bamos. 

— ¡ Que quiere á otro ! . . — repitió como un eco 
Joaquín. 

Pero era aquel un eco que devolvía las palabras 
en cambiado tono; porque había tal ira, tantos 
celos, tal tempestad de encontradas pasiones en 
aquellas cuatro palabras, mezcla extraña de ru- 
gido y sollozo, que el pobre Ángel quedó al 
instante espantado y arrepentido de lo que aca- 
baba de decir. 

— ¡ Que quiere á otro ! ¡ mentira ! — repitió 
aún el infeliz enamorado, como un náufrago que 
pretende asirse auna cuerda imaginariay no palpa 
otra cosa que el vacío, que es como decir que no 
palpase nada... — ¡ mentira! 

Y su pecho, semejante á una fragua encendida, 
levantándose y cayendo de nuevo, hacía fatigosa 
su respiración. 



140 LA INSURRECCIÓN 

— ¡ Ah, rayos ! ¿ por qué me dises eso, si sabes 
que no es berdá, mentiroso? 

Era deplorable el estado en que se encontraba. 
Y es que por más desesperada que fuese su pasión 
había siempre en la negrura pavorosa de aquella 
desesperanza unaluz, débilísima, intermitente, si 
se quiere, pero luz al cabo, en la creencia de que 
el objeto amado no amaba á nadie. Pero saber 
de pronto, y sin haberlo pensado, que ama, es 
apagar de un soplo la luz, irremediablemente... 

La ardiente naturaleza del pobre isleño no po- 
día conocer término medio en sus pasiones des- 
atadas; y aquélla, nueva, inesperada y de una 
clase que él no conocía, aquel amor había caído 
sobre su ser como una bomba que al estallar hu- 
biese iluminado su horizonte y aclarado y apaci- 
guado la atmósfera de tempestad de sus ins- 
tintos. 

— ¿ Pa qué me lo dises? ¡ baya, contesta ! — 
tornó á repetir, parándose en seco, y con tales 
aires, que el infeliz á quien se dirigía no supo qué 
hacer, ni qué replicar, ni otra cosa que desear 
con todas las fuerzas de su voluntad que abriera 
un escotillón bajo sus pies el suelo, por donde 
pudiera caber su humanidad maltrecha. 

... Pero repentinamente prosiguió Joaquín su 
paseo, sin ocuparse en escuchar larespuesta, que 
hubiera de todos modos tardado en oir, pues no 
estaba en tales instantes el otro para contestar 
preguntas, y menos de aquella naturaleza. Por 



LA INSURRECCIÓN 141 

fortuna, el desgraciado amante parecía, tras de 
aquellas palabras, haberse olvidado de él y un 
loco en verdad, gesticulando con intermitencias y 
pronunciando en confusa voz ininteligibles frases. 
Reuniendo entonces con esfuerzo los escasos 
alientos que le quedaban, pudo articular, al fin, el 
sencillo campesino : 

— ¡ Pero no te sofoques asina, Joaquín ! ¡ no 
te sofoques, hombre, no es pa tanto ! ¡ Bamos, 
no seas bobo! ¡ oye, chico, oye y cálmate : yo... 
no acreía que te ibas aponer así, poresotelocanté 
toíto ! Pero ¡ no bale la pena, compadre ! No te 
ocupes más de eso. Créeme á mí : ¡ no bale la 
pena! 

Joaquín no le oía, sin embargo, ni se acordaba 
quizá de su existencia. Batallaba su alma consigo 
misma : batallaba muda, sombría, terriblemente, 
como suele batallar el alma. El dolor la había 
enloquecido; y el amor desesperado, los celos, 
el deseo impotente y vago de venganza se atro- 
pellaban, rugían en el fondo oscuro de aquella 
alma, amenazando con romper á su posesor el 
pecho y la cabeza, en busca de salida. 

No obstante, poco á poco, lentamente, pudiera 
decirse grado á grado, fuese apaciguando, mien- 
tras el pobre primo ensayaba frases de súplica y 
consuelo. 

— Mira, dispués de too, me alegro casi que 
me lo haigas dicho — exclamó el primero súbi- 
tamente, dejando al otro parado en medio de la 



142 LA INSURRECCIÓN 

cadena de consolaciones que estaba eslabonando. 

— ¿Yo? — repuso aturdido y sin entender 
bien — ¿que te lo haiga dicho? ¿ pero qué te he 
dicho yo, chico? ¿qué te he dicho? ¿que ella te- 
nía otro novio? No es que yo lo asegurara ni 
metiera la mano en la candela, no te bayas á 
creel; es una afiguración mía ¿comprendes? una 
afiguración y na más; pero si otro cualisquiera 
te lo había de desil, que lo diga yo antes 
¿berdá?... 

— Ya te he dicho que casi me alegro. 

— ¿Que te alegras? — repitió Pérez, empe- 
zando á entender por completo y mirándolo fija- 
mente sin atreverse á creer aún en la mudanza. 
— ¡Claro, si no hay motibo en realidá pa otra 
cosa, hombre ! 

Y observando atentamente, y viendo que ha- 
bía cambiado en efecto la fisonomía de Joaquín, 
pasada ya su primera sorpresa, invadióle una 
grande alegría. 

La verdad era que Joaquín estaba algo aplacado, 
bien que no tanto quizá como pensaba Ángel. 
Había comprendido aquél bien pronto que nada 
sacaba con tanto perder los estribos y tomar las 
cosas por la tremenda. Resolvió al fin tener 
calma ; y, aunque no por completo, lentamente 
iba consiguiendo en parte su deseo, ayudado por 
su voluntad, que era casi tan fuerte y poderosa 
como su cuerpo. Lo que sobrenadaba en el las- 
limoso naufragio de sus esperanzas era ahora un 



LA INSURRECCIÓN 143 

deseo único : el de conocer á su rival y... loque 
haría después lo ignoraba él mismo. Proponíase 
averiguar quién era aquel rival afortunado, por 
Ángel, el cual debía de saberlo, y pensó que era 
necesario comenzar por aparentar tranquilidad, 
aunque fuera sólo relativa, y que lo que era por 
el momento sise lo preguntaba no se lo diría, por 
temor á un desaguisado. Resolvió aguardar la 
ocasión propicia. 

— ¡ Claro ! — seguía diciendo Pérez entretanto 
— ya sabía yo que tú no ibas á ser tan bobo que te 
ibas á tiral á matal por una sola. Esas son cosas 
que ar principio aparesen muy grandes ¿ tú com- 
prendes? muy grandes, pero luego, dispués que 
uno las mira á bel bien... ¡ na! humo, chico, 
humo y na más. Si hasta á mí me ha pasao tam- 
bién ¿qué te crees? y... lo mismito que á tí: 
muchos selos, mucha rabia, mucho ponelme 
triste, y con too eso ¿ qué me he metió en er bol- 
siyo? Naitica, hombre, naitica, no seas bobo : eso 
no es na. — Ya se te irá pasando... 

Hablaba locuazmente, por la alegría que le 
había producido el favorable cambio en Joaquín 
operado; el cual, con voz casi tranquila esta vez, 
dijo : 

— j Qué rayos, sí! ¡ Quisas se me pase con er 
tiempo ! ¡ Pero es fuerte, Cristo, es fuerte la cosa ! 

Y la garganta morena se le oprimió un poco ; 
pero pasó esta última debilidad, y Joaquín sen- 
tóse de nuevo en la hamaca, mientras, antes de 



144 LA INSURRECCIÓN 

darse al descanso aquella noche, el bueno 
de Ángel, viéndole ya bien dueño de sí mismo, 
entregábase á la alegría que sigue á la molesta 
angustia de los peligros pasados. 

Cuando al fin se decidieron por aquella noche á 
descansar, eran más déla diez. Diéronse las bue- 
nas noches ambos amigos, á tiempo que la des- 
medrada vela, consumida casi hasta la base y 
chisporroteando rabiosamente, semejaba, ya en la 
agonía, disparar diminutos chupinazos, pidiendo 
el soplo salvador de aire que al cabo vino en su 
socorro y la apagó, dejándola, aunque casi en las 
últimas, capaz, si pasaba algo en la noche, de vi- 
vir y alumbrar todavía durante unos minutos 
antes de extinguirse finalmente en la sombra, 
como una vida humana... 



Era muy de mañana todavía : apenas había 
alzado ligeramente la aurora una délas puntas de 
su velo de encajes rosa, y comenzaban los pája- 
ros á desperezarse para dar el saludo de bienve- 
nida al sol que se anunciaba por el Oriente. 
Aún luchaban, sin ardor, las sombras, batiéndose 
en retirada hacia el otro lado del cielo... Y la 
mañana nacía á la vida, encantadora, fresca, in- 
fantil, de aquel encuentro entre la claridad y la 
penumbra, aureolada por los primeros rayos y 
bautizada con gotas de rocío por el grande, ignoto 
Sacerdote que tiene por templos los mundos. 

En la dudosa semi-oscuridad del crepúsculo 
cruzaban ya, sin embargo, sombras vagas y nu- 
merosas, y oíanse voces confusas, salteadas, 
y creeríase oir también algo como los inarticula- 
dos murmullos predecesores de una tempestad. 
Poco á poco iba la luz ganando terreno, y los 
objetos haciéndose más visibles. Ya podía no- 
tarse que las grandes sombras semovientes eran 
hombres á caballo, y que todas, por diversos 
caminos, llevaban una misma dirección. Ala do- 

9 



146 LA INSURRECCIÓN 

rada luz del alba ruiseña veíase asimismo que 
estaban más ó menos armados aquellos hombres, 
que agitados parecían, y, para completar esta 
serie de circunstancias raras é insólitas, obser- 
vábase que no se cuidaban muchos, á su paso, 
de los plantíos, y sin misericordia ni piedad los 
destrozaban. 

Algo inaudito y trascendental y grande ocurría 
ó iba á ocurrir aquella madrugada en aquellos si- 
tios ; algo que no estaba, por cierto, acostum- 
brado á ver el sol por tales puntos, donde 
siempre había alumbrado, complacido, única- 
mente escenas de plácido reposo, siempre las 
mismas al asomar él su rostro redondo y ardiente. 
Y grande debió de ser su sorpresa, si de sorpresa 
hubiera sido capaz, al no ser recibido á su lle- 
gada por los cantos de hombres y aves, ni con- 
templar á aquéllos, como de costumbre, en sus 
faenas respectivas, sino reunidos en grupos ó 
galopando por la llanura, ni los bueyes al arado 
uncidos, ni los potros desensillados, ni las galli- 
nas y perros en sus corrales y cubiles, ni toda 
aquella decoración, en suma, á que, de largo 
tiempo atrás, tenía los ardorosos ojos habitua- 
dos... 

Se había operado un cambio repentino, que 
en breve había de ser más notable y pasmoso. 
Por más que ni una sola nube amenazante os- 
curecía los cielos, dij érase que corrían vientos 
de tormenta, y que hasta las voces de la Natura- 



LA INSURRECCIÓN 147 

leza habíanse alterado : que resonaban con son 
más grave y quejumbroso las hojas aguadas por 
la brisa, los animales dispersos gritaban más 
fuerte y menos apaciblemente que de costumbre, 
y los bosques de cañaverales y los matojos de ta- 
baco murmuraban muy quedo y parecían, movi- 
dos también por el aire de la mañana, temblar 
medrosos como si presintiesen su cercano fin. 
Algunas auras se cernían, negras y majestuosas, 
en el espacio, contemplando en qué paraba aquel 
extraño y desusado movimiento. Y, en tanto, la 
mayor parte de las gentes que de todas direc- 
ciones acudían se iba reuniendo en un espacio 
dado, y ya formaba un nutrido grupo que por 
momentos iba ensanchando su radio y su espe- 
sor. 

Aquel grupo no estaba, sin embargo, tran- 
quilo, sino en constante movimiento : ora se 
ensanchaba, ora volvía á apretarse, órale llegaba 
un refuerzo, y así fué transcurriendo una hora r 
durante la cual acabó el astro de mostrarse á 
cara descubierta, y comenzó su diario recor- 
rido, como repuesto ya de su prístina sor- 
presa y preparándose á ver, con su calma ha- 
bitual, los acontecimientos que se desarrollasen 
aquel día. 

... Y vio que con los hombres acudían al punto 
de reunión mujeres, niños, casi todos los habi- 
tantes de la sitiería y casi todos los seres ani- 
mados de la misma ; pues asimismo había ya 



148 LA INSURRECCIÓN 

dentro del enorme grupo — que ya iba siendo 
más bien una multitud, — además de caballos, 
algunos perros y varios bueyes, al cuidado de dos 
ó tres jinetes. 

Entre los hombres, había muchos que iban 
montados, y unos pocos á pie ; y entre los mon- 
tados, jóvenes y algunos que no lo eran ya, ó 
que estaban dejando de serlo, pero que se consi- 
deraban aún apios para la esgrima del machete 
y el manejo de la carabina ó la tercerola. A pie 
iban los más viejos, los imposibilitados por cual- 
quier causa, y también las mujeres y los niños. 

El lugar de reunión nombrado no era otro que 
la conocida finca del bravo D. Isidro González, 
jefe interino de los sublevados, y que había de 
mandarlos, por lo menos hasta unirse á las fuer- 
zas á que se intentaban incorporar, las cuales, á 
aquella sazón, debían estar ya, con certeza, en 
las lomas que cerraban el horizonte por la parte 
posterior del bohío. 

Porque se trataba de una sublevación en toda 
regla, según habrán adivinado los lectores : 
era la realización, al fin, del sueño de González; 
el sueño actuado á fuerza de voluntad y cons- 
tancia. ¡Cómo debía latirle el pecho de alegría 
al soñador ! Pero aún no se veía áéste por parte 
alguna. 

Casi todos los sembrados de su pequeña ha- 
cienda, en tanto, habían sucumbido ya bajo las 
herraduras de los potros, los cuales, por sus res- 



LA INSURRECCIÓN 149 

pectivos dueños manejados, discurrían por toda 
la extensión de la finca. Dentro de su casa 
se hallaba el jefe en aquellos instantes, bus- 
cando algo, y a la puerta aguardándole esta- 
ban su hijo, su amigo y teniente Torres, el hijo 
de éste Andrés, y, algo más apartado, el resto 
de su familia con otras varias de las que habían 
venido. 

Los demás que ya habían llegado recorrían el 
terreno, recibían á los retrasados con abrazos y 
gritos. Algunos emprendían una desatentada ca- 
rrera al través de los plantíos; otros hablaban 
entre sí animadamente, señalando con amenaza- 
dor ademán en dirección del pueblo con sus 
armas. Todos mostraban un entusiasmo in- 
menso, desbordante, magnífico. 

Veíase á un grupo aproximarse al gualdrapeo ; 
en seguida adelaniábaseá recibirlo, improvisada 
y espontánea comisión, otro grupo. Y entonces 
eran las exclamaciones, las ocurrencias, la ale- 
gría de ambos. 

— ¡ Biba Cuba libre ! 

— ¡Arriba, compañeros! — gritaba otro. 

— i Arriba ! 

— ¡ Ya podemos gritar lo que queremos, sin 
miedo! — se oía por todos lados exclamar á los 
guajiros, enloquecidos de gozo al verse libres. 

De pronto, se observó un movimiento de todas 
las cabezas en la dirección del bohío. Luego, 
oyóse un murmullo confuso, vióse á un hombre 



ISO LA INSURRECCIÓN 

que aparecía en el portalito con algo, enrollado, 
en la diestra. Y tras de todo esto, con atropellada 
confusión, tajos de machete al aire para ejerci- 
tarse, escarceos de caballos y vivas y gran voce- 
río, fueron acudiendo de todas partes los disper- 
sos y rodeando el lugar donde el jefe, habiendo 
vuelto ya á montar á caballo, se encontraba, 
emocionado y sonriente. 

Los que más cerca tenía eran aquellos que le 
habían estado aguardando. Luego, seguían las 
otras familias, agrupados viejos, mujeres y pe- 
queños, y detrás los jinetes sobre sus caballos, 
agitados estos últimos, inquietos, como si olfa- 
teasen ya la pólvora y presintiesen el fuego y el 
combate. 

D. Isidro estaba vestido, al igual que los 
otros, con el mismo traje de campo que acos- 
tumbraba usar, y tenía machete y canana al cinto, 
rifle cruzado al pecho, y en la voz, y los ojos, y 
en todo el aspecto, resolución, orgullo y alegría. 

Alzó la mano en señal de pedir silencio, cuando 
todos estuvieron en la posición descrita. Poco á 
poco fué calmándose el ruido de conversaciones, 
pisadas y gritos. Al cabo de algunos minutos 
quedó la asamblea en relativo silencio, inte- 
rrumpido solamente por el relincho importuno 
de un potro, los rumores de alguna conversación 
rápida, la exclamación de alguno que otro con- 
teniendo su cabalgadura. Entonces alzó su voz 
el jefe. 



— Compañeros — dijo, coa acento un tanto 
vacilante por la emoción. 

Y cesó todo rumor para escuchar lo que iba á 
decir D. Isidro. 

— Compañeros : ya beo que son ustedes bue- 
nos toos. Ya lo sabía yo desmasiao, que no había 
aquí denguno que se gorbiera atrás. Aquí hemos 
benío, es desil, bamos aya (señalando las lo- 
mas y el espacio desconocido que más allá de 
ellas se extendía invisible) pa pelear hasta la 
muerte — un estremecimiento corrió al través del 
dolorido grupo de las familias — y pa acabar con 
too porque le silbe al Gobierno, y denguno, 
siendo cubano, ba á juil de la cosa siendo por 
Cuba. — ¿ Qué hay de eso, compañeros? 

— ¡ Nunca ! ¡ nunca ! — respondieron en con- 
fuso vocerío los que escuchaban. 

D. isidro nunca había hablado delante de tanta 
gente reunida; costábale cierto trabajo anudar 
sus ideas y exponerlas con claridad y método. 
Pero se expresaba con energía y con suficiente 
elocuencia para su entusiasta auditorio, á quien 



452 LA INSURRECCIÓN 

se dirigía en su propio y natural lenguaje ; y al 
auditorio, por tanto, agradábale oírle. 

Con voz ya más firme, prosiguió el orador : 

— Toiticoesto que estamos biendo — y seña- 
laba ahora la llanura, toda ella poblada de casi- 
tas, árboles y sembrados — no nos sirbe ya pa ná, 
no lo queremos pa na : toitico eso hay que acabal 
con eyo, pa que no le sirba ar Gobierno, y polque si 
encuentra argo ba y se lo coge ¿ comprenden us- 
tedes? y tiene con qué bibil ; y no que echándole 
á perdel too tiene que largarse, ¿ comprenden? 

Se notaron signos de aprobación. 

— Cabayeros — prosiguió con creciente ener- 
gía D. Isidro — si esto pue serbirle de argo al 
Gobierno, ¡ á quemarlo antes! 

— ¿Se aprueba? — interrogó el orador, tras 
de un instante de silencio. 

Y déla multitud salió por fin el grito, después 
de otro segundo, que bastó á todos para tomar 
su decisión definitiva : 

— ¡ Sí, sí! ¡ si es necesario, á quemarlo ! 

— ¡ No hay más remedio ! 

— ¡ No hay más remedio ! — repitieron todos, 
resueltos y convencidos, como un eco. 

Entonces vieron de improviso todos, cuando 
parecía á punto de terminar, ó terminado ya, el 
discurso, desenvolverse en un instante, flotar al 
viento y ondular refulgiendo á los rayos del sol 
los brillantes colores de una bandera que mu- 
chos de ellos no habían visto nunca y otros 



LA INSURRECCIÓN 153 

por referencia sólo conocían. Era de rayas azules 
y blancas, con una estrella, una sola estrella 
resplandeciendo sobre un triángulo color de 
sangre. Y los que nunca la habían visto creyeron, 
impulsados acaso por arcano atavismo, recono- 
cerla, y los que la conocían sólo por descripción 
creyeron que soñaban, y todos creyeron sentir, 
sin explicarse cómo, que era aquel emblema algo 
suyo, que tenían el deber, impuesto no sabían 
por quién, de reverenciar y amar. Y todos, obe- 
dientes á este deber misterioso, echaron mano al 
rústico sombrero, vio agitaron hacia aquel bello 
pedazo de lienzo, é inclinados hacia adelante, en- 
cendido el pecho de súbito entusiasmo, lo saluda- 
ron estruendosamente, con la voz y con el alma, 
que se les fué á él en un grito supremo : 

— ¡ Biba Cuba libre ! 

... Y D. Isidro, que era el que había desen- 
vuelto la bandera, húmedos los ojos y medio 
sonrientes de emoción los labios, manteníala en 
la mano temblorosa, y la elevaba haciéndola des- 
tacarse en el claro y risueño paisaje como una 
enseña de gloria ó de muerte, que á la muerte ó á 
la gloria había de conducirlos... ó bien quizás ala 
muerte sin gloria, pero aun sin gloria aceptada, 
porque era la muerte por el lienzo simbólico y 
adorado, que exigía en sus aras aquel tremendo 
y misterioso sacrificio... 

Concluyó D. Isidro, cuando se calmó un poco 

9* 



154 LA INSURRECCIÓN 

el primer ardor de la demostración, su impro- 
visada arenga explicando en cuatro palabras cómo 
había guardado para aquella ocasión aquella ban- 
dera, y cerró diciendo que había acabado ya el 
tiempo de hablar y llegado el de ejecutar. Y á 
ejecutar se pasó, en efecto, inmediata y rápida- 
mente, que el tiempo apremiaba y el peligro de 
ser sorprendidos por fuerza mayor antes de in- 
corporarse, y el deseo de estar ya incorporados, 
daban á todos actividad y fuego. 

Colocáronse avanzadas en los puntos que se cre- 
yeron más estratégicos y en que se creyó más con- 
veniente ponerlas, para que avisasen en caso de 
ocurrir algo; á las familias, en grupo, se las dejó, 
por el momento, en donde estaban, y cerca de 
ellas se mantuvo el que pudiéramos llamar Estado 
Mayor de aquel improvisado y reducido Ejército, 
conbandera desplegada ; las teas, algunas de ellas 
ya preparadas y otras que se hicieron pronto con 
guano y palmiche, empezaron á ser encendidas, 
y los jinetes desocupados á corretear de un lado 
para otro. Por algunos momentos pareció rei- 
nar en la atmósfera una pesadez especial, y se 
extendió un semi-silencio casi melancólico y so- 
lemne por todo el lugar. Era como el momento 
que precede al sacrificio, y la tristeza de la gue- 
rra y la solemnidad del acto se cernían sobre 
todos, por más que nadie pensaba en eludir la 
una ni el otro. 

Bajando la voz instintivamente se hablaba. 



LA INSURRECCIÓN 155 

El sol calentaba ya bastante y todo parecía en 
suspenso por unos momentos, aguardando el 
comienzo de aquel acto del drama, acaso el más 
imponente y terrible de todos. 

Dábanse órdenes, y con lasantorchas encendi- 
das se encaminaban ya, los hombres designados, 
á los puestos que se les indicaban. 

— Por aquel lao tú — decía el jefe á uno. — 
Por ayí que hay bastante manigua. — Tú. Rafael, 
emprinsipias por aya, por aqueya sejita é 
monte. — Unopaladerecha. — Dospaestelao. 
— Y todos, ya listos, iban dirigiéndose, con un 
resuelto « ¡ Ta bien! » al punto señalado. 

Por veinte puntos ala vez viéronse á los pocos 
instantes surgir otras tantas hogueras, prendi- 
das por las teas y atizadas por el viento, y por 
la sequedad y disposición para arder, de los pa- 
los y arbustos que iban á ser sus víctimas prime- 
ras. Se vio crecer las fogatas por grados, sin 
apresurarse pero sin cesar, como el que está se- 
guro de la victoria y con voluptuosa complacencia 
se goza en saborearla, retardándola. Extendién- 
dose así, lenta y como deliberadamente, fueron 
tragando las candeladas con sus fauces queman- 
tes é insaciables todo cuanto se oponía ásu paso: 
primero yerbillas y malezas, luego malvas y zar- 
zas, algo más crecidas, frutos, bejucos, sembra- 
dos, y, nutriéndose y haciéndose más fuertes por 
instantescon el alimento que sin cesar y sin mi- 
sericordia consumían, trabajaba cada una de 



156 LA INSURRECCIÓN 

ellas por su lado por acercarse á las otras y unir 
todas sus fuerzas destructoras, é iban poco á poco 
acortando la distancia que las separaba, arras- 
trándose por tierra como tigres sedientos de 
matanza. 

Comenzaron á oirse los primeros gritos de so- 
corro y desesperación de la llanura, que veía acer- 
carse su muerte y clamaba, en vano, auxilio 
con los chasquidos de sus plantas, los gritos de 
miedo y asombro de los pájaros que empezaban 
á emprender la retirada, los aullidos lastimeros 
de los perros y los gemidos de angustia de alguna 
vaca que presentía el peligro y llamaba á su lado, 
para correrlo juntos, al ternero extraviado. Co- 
rría una ligera brisa que empujaba el fuego en 
su carrera desatentada y loca, y se iba llenando el 
llano por momentos de columnas de humo, calor, 
gemidos de las cosas y del horror y desolación 
del fuego despiadado. 

Los que habían sido encargados de prenderlo 
corrían por entre las llamas con las teas encendi- 
das en la mano, á galope, iluminados instantá- 
neamente por el resplandor de alguna hoguera, 
determinados, serios, fatídicos, cual espíritus de 
venganza ó reivindicación salidos de lugares des- 
conocidos. Y los restantes pululaban también por 
todo el llano, ó miraban inmóviles, emocionados y 
mudos irse consumiendo lentamente las yerbas 
sobre que habíanjugado acaso cuando niños, los 
frutos que les habían servido de alimento, las 



LA INSURRECCIÓN 157 

flores silvestres cuya compañera habían arran- 
cado para ofrecérsela á su cortejada. Las familias 
estaban custodiadas por un grupo que procuraba 
en vano consolar á las mujeres afligidas ó ate- 
rrorizadas, mientras los niños, sin comprender 
por qué se quemaba todo aquello, gritaban sollo- 
zando y corrían, llenos de miedo, á ocultarse en 
las faldas de sus madres. 

... Pero ya se iban haciendo más atrevidas 
las fogatas y, de la misma manera que el niño 
en hombre, convirtiéndose en piras que ensan- 
chaban su área y elevaban cada vez más sus ca- 
belleras de llamas, coronadas por penachos de 
humo. Ya amenazaban la madera de las empa- 
lizadas, lamían los troncos de los árboles, enne- 
grecían y hacían retorcerse con un criüis pro- 
longado de dolor muchas hojas de las copas y 
tenían fuerza bastante para engullirse cuadros 
de yuca, buniatales, coles y lechugas, campos pe- 
queños de maíz y cañas, y fumarse en un dos 
por tres con siniestra é implacable prisa, de un 
solo aspirar de sus alientos abrasadores, las pos- 
turas de tabaco como si fueran cigarrillos. Ha- 
bíanse unido ya por varios lados dos ó tres de las 
citadas piras, y apresuraban su marcha dejándose 
por fin de contemplaciones y tardanzas. 

Salían ya también todas las auras y lechuzas 
de sus nidos, lanzando las últimas graznidos de 
pavor, y huyendo ó cerniéndose las primeras en 
la atmósfera caliginosa; seguían resonando los 



158 LA INSURRECCIÓN 

ruidos de las ramas que achicharradas caían, de 
los gritos de aves consternadas, y el fuego por su 
parte adelantando, adelantando sin piedad, lento 
unas veces, otras apresurado y como hambriento ; 
y los hombres, oprimido el pecho y emocionado, 
melancólicos los rostros, inmóviles ahora sobre 
las cabalgaduras que relinchaban y querían 
agitarse sorprendidas, miraban todo aquello. 

Y en tanto el firmamento azul, límpido, es- 
plendoroso y hermosísimo, y el sol casi en su 
medio, también contemplaban, acaso con mise- 
ricordia, y admiración, aquel horrendo sacrificio, 
aquella estoica ofrenda de los hombres' á una 
idea; pero ni el uno se nublaba, ni el otro 
apagaba su antorcha ni detenía su marcha in- 
variable : tanta desdicha habían presenciado ya 
en el mundo y tanto duelo, y sentido elevarse 
hacia su altura tanto clamor de muerte y agonía... 

El jefe de la. partida también miraba, pálido, 
melancólico y resuelto, rodeado de algunos de los 
suyos, y sin hablar palabra. Su casa, una de las 
mejores de la comarca, no había sentido el fuego 
todavía, y allí, en su derredor, se agrupaban los 
ancianos, los niños, las mujeres, los débiles y 
desvalidos. 

De pronto dio D. Isidro una orden en voz 
baja, después de consultar brevemente con los 
principales que estaban cerca de él, los cuales 
tenían todos la misma idea de tiempo atrás ; ya 
<era hora : todos aquellos desvalidos y débiles 



LA INSURRECCIÓN 159 

debían ser trasladados al pueblo, hubiéranlo 
sido antes á no haber existido el peligro de que 
con su presencia descubriesen prematuramente 
lo que ocurría. Eran una carga, corrían peligro 
inminente, y su seguridad relativa estaba en la 
población , donde se hallarían á distancia, y libres 
del fuego y la matanza. 

La orden se cumplimentó inmediatamente. 
Había algunos imposibilitados para la lucha, que 
no eran, sin embargo, muy viejos ni estaban muy 
débiles aún : éstos servirían de escolta, á más de 
un pelotón ó grupo á caballo que los acompaña- 
ría hasta la orilla del pueblo, con ia consigna 
de hacer prisionero á todo el que por el camino 
se encontrara, con el objeto de que no diera 
parte. No había más que tomar por la carretera, 
y antes de que llegasen á la entrada, según cal- 
culaba D. Isidro, ya estarían los levantados en 
camino de las lomas, si no ya en ellas. 

Sollozaban las mujeres más fuertemente al 
despedirse, chillaban más desesperadamente los 
pequeños al ver el llanto y tristeza de los otros, 
los hombres conteníanse con trabajo, imploraba 
la Naturaleza, no se apiadaba el fuego y todo 
iba convirtiéndose en cenizas por muchos puntos, 
en los ojos femeninos en raudales de lágrimas. 

Los hombres se habían bajado de sus caballos 
para despedirse. Las madres abrazábanse con 
desesperación á los hijos que se quedaban, sin 
querer separarse de ellos, sollozando sin con- 



160 LA INSURRECCIÓN 

suelo ; las esposas se despedían de los esposos 
con sollozos algo más calmados; los novios se 
hacían juramentos y promesas para lo porvenir. 

— Mihijito,cuidaonotematen ¿eh? Mira, to- 
ma, ponte esto aquí en el cueyo — decían las 
madres. 

Y les colgaban una medallita de la Virgen del 
Cobre. 

— Yo resaré por tí. Acuérdate de tu mama. 
Que no te maten, mi hijo. 

Ya iban en camino. 

— Baya, ya es bastante, al abío : lo que hay 
que haselse se hase — gritó D. Isidro, que no era 
por cierto el menos afectado de todos. 

Nuevos abrazos y nuevas recomendaciones y 
besos; y en esto Tera, que se había quedado algo 
retrasada, 

— Adiós, mi padre, adiós, Juaniyo, que ganen 
y güerban pronto — gritó por última vez entre so- 
llozos. Y dirigiéndose á Andrés, que estaba aún 
á su lado, desmontado, y con una mirada en que 
al través de las lágrimas se vio su almita toda 
entera, inocente, apasionada y firme, 

— ¿Me prometes de beritas que gorberás pa 
casarnos, si no te pasaargo ? ¿ Que te acordarás de 
mí? ¿ que no te orbidarás, que pelearás pensando 
na más que en mí? 

— Sí, sí, repuso el novio con agitación, te lo 
juro, sí, y tú ¿me lo juras á mí también? 

— Por ese sor que estáayáarriba — dijo Tera con 



LA INSURRECCIÓN 161 

los ojos repentinamente secos y cierto extraño y 
solemne acento. — Pa ti na más seré, pa ti ó 
pa nadie. 

Ya estaba en marcha la impedimenta. Iban 
todos agrupados, sin orden ni concierto, volviendo 
atrás la vista á cada paso, diciendo adiós con la 
voz, y las manos según se iban alejando, y los 
hombres, volviendo á montar quedaron más 
serios aún, pensativos, tristes á su pesar, pero 
más resueltos y descargados que antes. 



En tanto había seguido progresando el fuego, 
sin que fueran parte á detenerlo un segundo 
las lágrimas de las mujeres que se alejaban. Di- 
fícil se iba haciendo el respirar ; sitios enteros 
veíanse ya convertidos casi por completo en es- 
combros humeantes ; de rato en rato salía un 
pájaro retrasado de un frutal vecino, y al atra- 
vesar por sobre las llamas caía de repente, como 
cazado y cocido á un tiempo. Los hombres se 
habían ido replegando hacia los lugares donde 
quemaban menos el reflejo y el calor del incendio, 
ó sea aquellos que de propósito se habían dejado 
como senda abierta á las lomas, y D. Isidro, ya 
algo repuesto de la impresión y tristeza de las 
despedidas, que flotaban aún dolorosamente 
sobre los corazones y se reflejaban en los ros- 
tros sombríos de los guajiros, antes de retirarse 
también del lado de su casita, donde se hallaba 
todavía, 

— ¡ Juaniyo, hijo ! — llamó. 

— Aquí estoy, papá¿quése le ofrece? — dijo el 
muchacho, muy entero á pesar de su antigua 
aparente apatía. 



LA INSURRECCIÓN * 163 

— Ahora mismo — articuló el honrado campe- 
sino y patriota, con resolución que parecía lle- 
varle un pedazo del alma — ahora le bas á pegar 
candela... 

— ¿A qué. taita? Si ya apenitas queda, y 
eso... 

— Queda — repuso D . Isidro — queda er bohío 
é nosotros. ¿ No te habías fijao ? 

Aquí hubo una pequeña pausa. Los que rodea- 
ban á D. Isidro le miraron, sabiendo el sacrificio 
que iba á ser para él mirar arder su propiedad 
única, sus recuerdos todos, su vida de 18 años 
por la misma mano de su hijo. 

— ¿Esa es la que quie usté que queme ? — pre- 
guntó Juanillo con repentina y resuelta energía, 
invadiéndole el alma también, como si se le 
hubiera inoculado en ella, el ambiente de tran- 
quila y resignada abnegación que con el humo 
del fuego se respiraba. 

— Esa, sí, y pronto — contestó con firmeza 
D. Isidro. — Mira, pídele el hachón á Pablo 
que está ayí sin haser na en este momento, y 
tráelo pa acá. 

Fué Juanillo é hizo lo que se le mandaba. 

Hachón en mano volvió en seguida. El padre, 
cual otro oscuro Cimourdain de los campos, á 
semejanza del de « El 93 » , dio sin vacilar la orden 
de destruir lo que era fruto de su labor, de sus 
sudores y fatigas, y hasta, en parte también, de 
su inteligencia. 



164 LA INSURRECCIÓN 

Pero lo peculiar en este caso era que la orden 
se ejecutaba por un hermano, en cierto sentido, 
del mismo Gauvain. 

— Bamos, Juan. Al abío. 

Y al avío fué sin tardanza, bajo la dirección 
de su padre, el cual le indicábalos mejores pun- 
tos y más combustibles, mientras que los que 
estaban cerca miraban la escena conmovidos. 

— Esto arde en un dos por tres, dijo D. Isidro. 
— Miren qué pronto coge candela. Si es paja, 
paja pura. Cuando yo lo digo... 

En efecto, cogió candela pronto la casita. Em- 
pezó aquélla su obra por las paredes y horcones, 
y pronto se extendieron hasta el interior de las 
habitaciones sus lenguas encendidas. Cuando se 
apartaron Juanillo y los demás poique ya estaba 
la vivienda en llamas por muchas partes y el calor 
abrasaba, ya no hacía falta hachón alguno. El 
aire encargábase de prestarle al fuego sus alas 
para que volase y se extendiese. 

Y se extendió con prisa pavorosa. En un mo- 
mento se vio la casa hecha un volcán. El portal 
donde habían jugado Juanillo y Tera cuando ni- 
ños, los platanales plantados por el padre cerca 
de aquel portal, paredes, troncos, techos, todo 
desaparecía, y allá dentro, sin una mirada del 
exterior, se achicharraban las habitaciones, tan 
alegres y llenas de luz el día del baile, los tabu- 
retes y demás muebles, la cocinita toda, toda 
aquella pobre propiedad y humilde mobiliario 



LA INSURRECCIÓN 165 

que tenían grabado en cada rincón un recuerdo 
alegre ó triste, una fecha íntima ó pequeño acon- 
tecimiento en cada juntura de las rústicas tablas 
ó vasto cuero. 

Pero ¿ qué era aquéllo, si todo el llano ardía 
también? ¿ Si apenas quedaba ya árbol, unas 
horas antes florido y lleno de verdor, que no 
tuviera ahora chamuscado el tronco todo, las ra- 
mas peladas de hojas y estas, requemadas, por 
los suelos, ni bohío que no corriera la misma in- 
fausta suerte del de D. Isidro? Hornosencendidos 
eran casi todos, materia inflamable, guano reseco 
que se desposaba con la candela entregándose el 
uno á la otra con frenético ardor, y haciendo su- 
bir por los aires rojas llamas, frutos de aquel ar- 
diente contubernio. Y, al mismo tiempo, morían 
sin remisión las plantas y sembrados de todas 
clases; desaparecían los cuadros de pasto, y los 
maizales, y las al parecer apretadas filas de es- 
beltas cañabravas. Las malojas y las yerbas de 
guinea caían vencidas como por un huracán que 
en vez de vientos les soplase llamas, y morían las 
flores de la eterna primavera de Cuba, los nidos 
amorosos ocultos en el follaje de las copas, y 
todo el vistoso y galano atavío, hechicera sonrisa 
de los campos. 

Cuanto de hermoso, risueño y plácido estaba 
todo aquella misma mañana, estaba de horrible, 
ceñudo y pavoroso ahora. Triste y obscuramente 
se consumían las verdes hojas de magnífico tabaco, 



166 LA INSURRECCIÓN 

que había sido destinado á ser consumido len- 
tamente en boca de algún príncipe ó potentado 
de la tierra, que á peso de oro lo habría adqui- 
rido luego de curado, torcido y acicalado por la 
mano del hábil y entendido tabaquero. ¡ Pobre y 
admirable humanidad que así destruye la riqueza 
y la hermosura y la vida por convertir en reali- 
dad un sueño, ó por no poder soportar la tiranía 
de la realidad! Sublime ó insensata; loca ó 
grande... ó todo eso... ó nada de eso... ¿ quién 
lo sabe? 



Y ahora, con permiso del lector, y por reque- 
rirlo así el ordenado desenvolvimiento del drama , 
la escena de éste se traslada á unas pocas millas 
de distancia, á lo alto de las lomas que servían 
de límite por un lado al llano. La hora es la misma 
en que se estaban desarrollando los aconteci- 
mientos anteriormente narrados, al alzarse el te- 
lón para la representación del siguiente cuadro, 
que, aunque en sí belicoso, en su apariencia ex- 
terior tal vez no se le encuentre muy marcial y 
animado, á causa de la inhabilidad del pintor. 
Por lo cual pide éste excusas anticipadamente, 
poniendo por circunstancias atenuantes sus 
cortos años y experiencia. Y, sin más, se alza la 
cortina, y aparece el escenario á la vista. 

Algunas leguas de extensión teníala amplísima 
meseta, convertida por los patriotas en cam- 
pamento provisional, y un improvisado, y no por 
eso menos bravo ejército de varios millares de 
hombres sobre sus crestas empinadas. Aquel 
ejército, que había acampado allí por muy breve 
tiempo, para proseguir en seguida su marcha 
victoriosa, ofrecía uno de los espectáculos más 



168 LA INSURRECCIÓN 

pintorescos y nuevos que pudiera soñar la mente, 
ni crear la imaginación del más hábil y grande 
colorista. 

Siempre es vistosa, y siempre está llena de ani- 
mación y vida la vista de un ejército acampado, 
como igualmente de horror terrible y tal vez de 
cierta hermosura tremenda y pavorosa la de un 
ejército en batalla. Siempre hay novedad y atrac- 
tivo en el moverse y agitarse de la tropa, en el 
ruido de las alegres carcajadas y conversaciones, 
en el relinchar de los potros, el brillo de los uni- 
formes y el brillo y rumor de las armas que cho- 
can y resuenan. Todo esto agrada álos oídos y á 
los ojos y á la imaginación del que por primera 
vez lo escucha y lo contempla, y son muchos los 
que todo esto han visto y escuchado y muchos 
también los que más ó menos á ciencia cierta lo 
saben, por referencias ó de oídas. 

Pero el ejército aquel era distinto á la genera- 
lidad délos ejércitos, y de ellos se distinguía en 
no pocas circunstancias exteriores. Componíanlo 
individuos que en su mayoría no habían pensado 
nunca en ser soldados; que jamás habían sabido 
lo que era el peligro constante y la vida de la 
penalidad y el sufrimiento, y, no obstante, á esa 
vida y á correr ese peligro se habían lanzado lle- 
nos de resolución ; que en nunca habían manejado 
el machete, si acaso, para otra cosa que segar la 
yerba de guinea y los maniguales incultos y moles- 
tos, y ahora segaban con ellos cabezas y destro- 



LA INSURRECCIÓN 169 

zaban miembros de valientes y fuertes enemigos. 

Parte, en efecto, formaban de aquellas tropas 
los habitantes de los campos, los guajiros, que 
habían visto de la noche á la mañana tornarse 
en guerra horrenda la paz de que gozaban, y á 
la guerra se habían lanzando con ardor, con- 
virtiendo — ellos, muchos de los cuales hubiesen 
considerado con espanto y horror la sola crimi- 
nal idea de dar muerte á un semejante — en 
armas de muerte sus machetes, en instrumentos 
de guerra sus cabalgaduras los que las tenían, y 
tal vez hasta los mismos mansos y pacíficos 
bueyes de su arado en útiles acémilas. Todo : 
trabajo, hogar, familia, todo lo habían abandonado 
heroicamente para entregarse al sacrificio por la 
libertad. 

Había en un gran claro de la meseta una por- 
ción de improvisados conucos ó pequeños bohíos 
construidos sin orden ni concierto en varios 
puntos, y á la carrera, por las primeras avanzadas 
que habían ido llegando. Podían servir aquéllos 
no sólo para entonces, sino para otras ocasiones 
y á otras fuerzas cubanas que por allí cruzasen. 
Dentro de los mismos tenían colgadas sus hama- 
cas muchos de los que habían podido proveerse de 
ellas, otros un lecho en el suelo, de lo que hubiera. 

En la parte frente á aquella que quedaba el 
claro mencionado había una grande y espesa ar- 
boleda, y amarrados á los troncos de los árboles 
gran número de caballos, echados unos, otros 

10 



170 LA INSURRECCIÓN 

piafando y otros paciendo tranquilamente el 
verde y para ellos apetitoso césped. El calor era 
bastante intenso, estaba claro y despejado el ho- 
rizonte y la atmósfera ardiente y calmosa. Por 
esta causase veían, bajo la sombra de algún co- 
pudo frutal y sobre el suelo cómodo y mullido, 
algunos soldados tendidos álalarga y entregados 
al sueño ó al reposo, aprovechando el corto parén- 
tesis que aquel alto de algunas horas les ofrecía. 

Por toda la extensión del campamento se ha- 
llaba desperdigado el resto de los de la clase de 
tropa, muchos de los cuales presentaban la más 
extraña variedad y aspecto en sus armas é indu- 
mentaria que un ejército pudiera ofrecer. Los 
había de todas edades, tamaños, tipos y colores. 
Para formar aquel ejército no se había tenido en 
cuenta la alzada, m la condición social, ni el co- 
lor del rostro, que todos peleaban por un ideal 
común que á todos los unía. 

Por todas partes, alrededor de los bohíos, bajo 
el techo de éstos huyendo del sol, bajo la sombra 
de los árboles también, estaban numerosos gru- 
pos de soldados que en animada charla comenta- 
ban las peripecias y alternativas de la gran inva- 
sión, ó hablaban con elogio de sus jefes 
ponderando las metidas que le habían dado al 
enemigo. Éste se entusiasmaba profetizando el 
próximo triunfo, aquí se reía, allí se escuchaba 
una narración... 

El aspecto de la indumentaria no era menos 



LA INSURRECCIÓN 171 

variado y pintoresco. Algunos lucían orgullosa- 
mente su fresco sombrero de yarey, doblada hacia 
arriba el ala por la parte delantera, y en ella 
puesta la escarapela de la estrella solitaria ; y la 
lucían algunos de los que la llevaban con doble 
orgullo, amoroso y patriótico, que era á la vez la 
enseña de la patria, por la cual combatían, y el 
recuerdo adorado de la adorada trigueñita que se 
la había dado como prenda de amor y talismán 
de victoria. 

Otros, por el contrario, nada llevaban sobre 
la cabeza, y en tanto que unos tenían la ropa 
pasadera, otros la llevaban desgarrada por va- 
rios puntos ó llena de tierra y barro de los cami- 
nos, y estos últimos estaban en mayoría. Más 
tarde hubo muchos, por desgracia, que hubie- 
ran considerado cosa de lujo tener aunque fuera 
sólo un harapo con que cubrirlas carnes. Los za- 
patos corrían por la misma cuenta que el vestido, 
y era difícil, en suma, hallar en aquella alegre y 
animosa tropa señal alguna de uniformidad. Lo 
cual, después de todo, nada tiene de extraño tra- 
tándose de un ejército irregular. 

En todas direcciones se veían pasar soldados, 
y algunos, más activos que otros, lavando los 
caballos, con los pantalones á media pierna, ó 
limpiando sus armas, ó ejercitando en el tronco 
de un árbol el machete, mientras decían chistes 
y ocurrencias del enemigo. 

De tronco á tronco colgadas había también 



172 LA INSURRECCIÓN 

algunas hamacas, y recostados en ellas varios 
hombres; y en el centro de la desordenada y 
vastísima agrupación que formaban las casuchas, 
unas cuantas, muy pocas, tiendas de campaña, 
más ó menos conservadas, que rodeaban á otra, 
mayor que todas. 

A la puerta de esta tienda estaba un alto y 
magnífico negro de centinela, de pie, machete 
al cinto y rifle en su lugar descanso, y en lo más 
elevado de la misma una hermosa bandera mo- 
viéndose con majestad y gracia á los impulsos 
de la escasa brisa que corría. 

Por esta parte se podían observar no pocos 
jóvenes de fino, y algunos distinguido, porte, 
varios de ellos vestidos de guayabera y pantalón 
crudos, y ostentando una ó más estrellas de 
cinco puntas en las vueltas del cuello. También 
las ostentaban otros más ancianos, blancos, mes- 
tizos, negros, sin que se hiciera diferencia al- 
guna entre unos y otros. Los primeros eran 
muchachos de las ciudades — los había asimismo 
de soldados — que habían abandonado la vida 
más ó menos placentera y libre de cuidados que 
llevaban, al escuchar el grito de Baire, y unídose 
á los demás para pelear con igual fe y ahinco 
contra las balas y fatigas de la campaña. 

Y, por último, dentro de la tienda citada, sen- 
tado en un banquillo de madera frente á una 
mesita de campaña, y rodeado de algunos jefes y 
oficiales, estaba un hombre. 



Elevada era su estatura, fuerte y bien hecho 
su cuerpo, su tez cobriza, su mirada estaba llena 
de inteligencia y viveza. Las hermosas y varo- 
niles facciones de su rostro expresaban en 
aquellos instantes serenidad y reposo. Cubríale 
el labio superior negrísimo bigote : tenía el 
resto de la cara limpio de barba. Represen- 
taba tener cuarenta y cinco años, poco más 
ó menos, y estar en la plenitud de sus fuerzas 
físicas é intelectuales. Su vestido era sencillo, 
y en cuanto á las prendas del traje, seme- 
jante al de los demás jefes. Llevaba puesta atra- 
vesada sobre el ancho pecho una banda con tres 
estrellas, la cabeza desnuda y poblada de on- 
deados y negros y abundosos cabellos, y en la 
boca un tabaco y una leve sonrisa de triunfo. 

Se hallaba departiendo con los demás que 
dentro de la tienda había, y que habían acudido 
allí para recibir órdenes ; y después de haberlas 
recibido se permitían un momento de conversa- 
ción con su jefe. 

Este lo era de todas las fuerzas que estaban en 
aquel compamento reunidas, ysegundo del Ejér- 

10* 



174 LA INSURRECCIÓN 

cito cubano. Había conducido hasta allí aquellas 
tropas, pasando imperturbable, para hacerlo, 
por entre llamas y sobre escombros y sangre, por 
medio de un ejército enorme, diez á doce veces 
tan grande como el que él llevaba. Había superado 
obstáculos que insuperables parecían, nublado 
los cielos con el humo de pueblos, bateyes y 
cañaverales, en humo convertidos, sentido re- 
temblar las capas atmosféricas y las del suelo 
con el rugir estruendoso de la metralla de los 
cañones y de las descargas de los fusiles. Y con 
sólo algunos miles de hombres había burlado, y 
á las veces combatido y derrotado, columnas 
valerosas, desmoralizado al enemigo, y asom- 
brado al mundo. 

Eso había hecho aquel hombre, y mucho más ; 
que no bastaría un libro para referir una á una 
todas sus hazañas y describir sus hechos, algunos 
de los cuales parecen legendarios. Tampoco es 
el objeto de este libro describirlos punto por 
punto, ni es necesario : que medio mundo los 
conoce. Nuestro objeto es presentarlo acciden- 
talmente, y senos ofrece hacerlo en los momen- 
tos en que llegaba al esplendor de su fama 
con la invasión que de las provincias occi- 
dentales había hecho, acompañado hasta parte 
del camino por su viejo General en Jefe, el no 
menos famoso Máximo Gómez, inclinado al peso 
de los años y de la gloria alcanzada. 

Prosiguiendo esa campaña estaba, y casi lie- 



LA INSURRECCIÓN 175 

gando al fin de la primera parte de la misma, ha- 
biéndose separado no largo tiempo hacía del Jefe 
supremo Gómez, verdadera cabeza directora y 
alma de la guerra, como fué alma y cabeza direc- 
tora de la conspiración que la precedió, el grande 
y bueno José Martí. Llegando estaba el primero, 
decimos, al término asombroso de la invasión. 
Él, que había salido de Holguín con menos de 
1.000 hombres mal equipados, dejaba tras de sí 
ahora, al llegar á Occidente, millares y millares 
de soldados dispuestos á la lucha, además de los 
que llevaba consigo. 

Por eso estaba contento aquel día, mientras 
charlaba con sus subalternos, y tenía iluminado 
el semblante de satisfacción y alegría. Pocas 
horas después, debían partir para completar sin 
pérdida de tiempo la invasión de Pinar del Río, 
y éste era el motivo principal de haber ido 
los jefes á la tienda, y recibido de su superior las 
disposiciones del caso. 

Aquel hombre, grande por sus extraordinarias 
cualidades y digno de admiración, como en 
aquella misma guerra ó su continuación lo fueron 
el general Santocildes y el heroico general Vara 
del Rey combatiendo y muriendo con valor y 
abnegación sublimes por la causa contraria, 
aquel hombre — ya todo el que esto lee lo sabe 
— era Antonio Maceo. 



De pronto vieron, los que estaban dentro, al 
centinela de la puerta dibujarse en medio de 
ésta, cuadrarse y quedar allí inmóvil como una 
soberbia estatua de ébano. 

— Mi genera — dijo después. — Con lo cual 
quedó en seguida probado que no era ni de ébano 
ni estatua. 

Incorporóse el general un poco, lo miró y 
dijo : 

— ¿Qué hay, muchacho? ¡Ven acá, acércate! 
Obedeció el soldado ; dio dos ó tres pasos más 

y volvió á convertirse al parecer en estatua, ador- 
no que hubiera resultado realmente extraño 
y desusado en una tienda de campaña. 

— ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué vienes á decir? 

— Mi genera, ahis ta un correo que ha 
benío hata acá corriendo y quie entra en segui- 
dita aquí pa habla con uté. 

— ¿Un correo? ¿ Y de dónde viene ? 

— De aya bajo, que párese que se ha aleban- 
tao la gente, y los han copao ó cosa así. 

— Que entre en seguida el correo — ordenó 
brevemente Maceo, levantándose y dejando de ser 



LA INSURRECCIÓN 177 

el amigo y camarada para convertirse en jefe. 
Salió el soldado dando media vuelta, des- 
pués de saludar. 

— Ustedes pueden quedarse aquí, señores — 
añadió el lugarteniente, viendo el ademán de 
retirarse de algunos de sus subalternos ; y ape- 
nas lo había acabado de decir cuando penetró 
en escena, escoltado por dos avanzadas que hasta 
el campamento lo habían traído, un pobre gua- 
jiro en estado verdaderamente lastimoso : ja- 
deante, bañado en sudor, hechas trizas las ropas 
por los zarzales del camino, cubierto de tierra 
y rendido de cansancio. 

— Mi general — dijo sin poder respirar ape- 
nas, con precipitación temerosa, al ser interro- 
gado, — mi general, mande tropa pa aya abajo ó 
no dejan títere con cabesa los españoles. 

— ¿Se están batiendo? 

— Sí, mi general, los tenían casi rodeaos ya, 
yD. Isidro, er jefe, me dijo, díseme : — Corre, 
corre con toa tu fuersa y bes y dile ar general 
Maseo lo que pasa : si no bienen pronto no queda 
uno pa contar na. Y yo me pude escapar, con 
una bala na más que me rosó aquí la pata de- 
recha. Pero eso no es na, mi general, el ajo es 
que he yegaoyya usté ba áir á salbar á mis com- 
pañeros. Pero baya aprisa, mi general, baya 
aprisa. 

No había que perder tiempo, en efecto. Los 
minutos apremiaban. 



178 LA INSURRECCIÓN 

El general, que había estado mirando al en- 
viado atentamente mientras el último hablaba, se 
volvió de pronto á uno de los jefes que esta- 
ban cerca de él escuchando. 

— Reúna una columna de... ¿cuántos son los 
españoles? — añadió, volviéndose al mandadero. 

— Como más de 1.500, mi general, toita Es- 
paña i qué sé jo ! 

— ¿Y los nuestros? 

— Nosotros éramos alrededor de dosientos. 

— Reúna Ud. — repitió Maceo — y se volvió 
al jefe á quien había hablado anteriormente, un 
mulato joven, de rostro enérgico y simpático — 
reúna Ud. inmediatamente tresientos hombres. 

El joven pardo saludó, y salió con paso rápido 
y resuelto. 

Pero el recién llegado, aun rendido y me- 
dio muerto de cansancio y ansiedad como se 
hallaba, tuvo fuerzas bastantes para sorprenderse, 
y se quedó con tamaños ojos y abierta boca con- 
templando la hercúlea y hermosa figura del que 
había dado la orden. 

— Mi general — dijo tímidamente después. 

— ¿Qué te pasa, muchacho? 

— ¿Tresientos na más? ¡Míe que son muchísi- 
mos ! 

Se refería á los españoles. 
Sonrióse el general entonces con sonrisa 
franca y alegre. 

— ¿Te parecen pocos los que mando? 



LA INSURRECCIÓN 179 

— ¿Poco? No... no... Cuando Ud. los man- 
da ta bien, mi general, tabien... pero... me pa- 
recía que los otros eran un montón tan gordo... 

La risa convirtióse en franca risa, de que par- 
ticiparon los demás asistentes á la escena. 

— No te apures, muchacho, — repuso el 
caudillo, poniéndole benévolamente la mano en 
el hombro. — Son bastantes. 

Y, á pesar de sus dudas, era tal el acento con 
que se pronunciaron aquellas palabras, que casi 
se convenció de súbito el guajiro. 

— Ahora — agregó Maceo — vete á descan- 
sar un poco y á tomar algo y pierde cuidado, 
hombre, pierde cuidado, que los que vayan no 
dejarán que los españoles se los coman vivos á 
todos. 



— / Ti ri ril 

Los vibrantes sonidos de una corneta rasga- 
ron la atmósfera sofocante. — Llamada. — De 
todos los puntos del campamento acudieron sol- 
dados. Ya había corrido la noticia del levanta- 
miento y el peligro en que estaban los levanta- 
dos, y casi todos sabían de lo que se trataba. 

En pocos momentos estuvieron escogidos los 
trescientos hombres, formados, y dio el General 
brevísimas instrucciones al que había de man- 
darlos. 

Eran trescientos veteranos curtidos ya por el soí 



180 LA INSURKECCIÓN 

y la intemperie, hechos á la vida guerrera y para 
quienes era aquel incidente casi una distracción, 
y una ocasión de pelear y lucirse una vez más. 

Había dicho bien el Lugarteniente : no había 
más que mirarlos para convencerse de que eran 
bastantes, mucho más teniendo en cuenta la exa- 
geración con que había hablado el montuno, pues 
sabido es que suelen aparecer másnumerosas las 
tropas al que las ve por vez primera y con los 
ojos de la sorpresa temerosa que las agranda y 
multiplica. 

Estaba ya la columna de auxilio pasando por 
delante de la puerta principal, y Maceo salió para 
decirles « hasta luego ». 

Cuando se dibujó su figura en la puerta, se- 
guida de las de los demás jetes, se levantó un 
grito estruendoso : 

— I Viva el general Maceo!, 

que se extendió en las ondas del viento de 
picacho en picacho, y acaso llegó á los oídos de los 
que peleaban allá abajo. 

El saludó ligeramente ; y alegre, descuidada 
— aunque alguno ó algunos de los que la com- 
ponían, á pesar de la escasa importancia de la 
operación, muy bien podían no retornar jamás al 
campamento — dando al aire tajos de machete y 
gritos de entusiasmo, se fué alejando de prisa la 
columna á tomar la bajada fortificada al llano, y 
perdiéndose en la lejanía el eco de sus voces. 

Pero el campamento no quedó tranquilo : se 



LA INSURRECCIÓN 181 

formaban animados grupos, muchos hablaban 
del incidente, reinaba la natural agitación que 
acompaña á la espera de los seres unidos por el 
cariño ó por la misma idea. 

El General penetró de nuevo en su tienda. 

Al cabo de una media hora salió con un par de 
gemelos de campaña, única prenda de algún va- 
lor que allí había, y acompañado de algunos ofi- 
ciales de su Estado Mayor se dirigió á un pequeño 
montículo que estaba á corta distancia, y desde 
el cual púsose á observar lo que podía verse de 
la planicie, que á los pies de la elevada loma se 
desarrollaba. 



Otra hora después, y ya empezada á declinar 
la tarde, se divisó por fin la columna de vuelta. 
Al acercarse á paso rápido, vióse que traía 
en improvisadas camillas algunos heridos. Pero 
venía reforzada por cerca de 200 hombres nue- 
vos. Si había habido muertos habían sido muy 
pocos. — Maceo comprendió en seguida que la 
sorpresa no había tenido éxito, que se había in- 
tentado con muy escasa gente ; y que la primera 
escaramuza de los recién alzados no había 
costado tanta sangre ni sido tan formidable 
como la imaginación del campesino anunciador 
de ella le hiciera á éste creer. 

Sin perder tiempo, se empezó á disponer la 
partida de todos para aquella misma noche. 

u 



Hacía ya más de tres años que duraba la guerra, 
y más de dos que D. Isidro González se había 
marchado á ella con los demás amigos de los si- 
tios, — excepto dos, los cuales perecieron antes de 
llegar á incorporarse, en la sorpresa intentada 
por el enemigo el día del alzamiento, — cuando 
volvemos á encontrar á D a . Rosa Cundíales, la 
esposa de D. Isidro, y á la hija de ambos Tera, en 
el cercano pueblo, donde moraban desde aquel 
mismo memorable día. 

Que habían cambiado lrts cosas, y no por lo me- 
jor, se notaba desde que se ponía el pie en el 
ahora tétrico y arruinado pueblucho, donde todo 
parecía hablar en seguida de tristeza y muerte. 

El general Valeriano Weyler estaba en Cuba. 
Fracasada la política benigna de Martínez Cam- 
pos, había sido éste relevado del mando supremo 
y reemplazado por el citado y tristemente famoso 
personaje. El 16 de Febrero de 1896 comenzó á 
ponerse en planta ó llevarse á efecto el decreto, 
no menos deplorable y trágicamente famoso, de 
la reconcentración de los campesinos pacíficos 
en las poblaciones. 



LA INSURRECCIÓN 183 

Esta orden, de eterna memoria, y eterna 
prueba también de á qué extremos puede llevar 
á un pueblo el fanatismo patriótico, no menos 
cruel ni despiadado y sin entrañas que el fana- 
tismo religioso, estaba llamada á producir efectos 
tan terribles que horrorizasen el mundo espan- 
tado. Condenar á reconcentrarse á los guajiros, 
era condenarles á morirse de hambre. No se les 
ofrecía trabajo en cambio, ni alimento, ni abrigo. 
Como ganado los enchiqueraban, y luego queda- 
ban abandonados á su suerte. Cuál fué ésta en 
la mayoría de los casos, es ya materia histórica y 
sabida. 

« Los concentrados — decía por aquellos días 
un corresponsal, testigo ocular de los sucesos 1 
— acampan como pueden : unos al aire libre 
y en carretas, y otros en chozas improvisadas 
cubiertas con lienzos y ramajes... » 

El periódico The World del 22 de Noviembre 
de 1897 insertaba una correspondencia de Cuba, 
donde también se ponen en claro los efectos inme- 
diatos de la concentración, y la forma de llevarla 
á cabo : 

« Los pueblos de Campo Florido, S. Miguel, 
Minas, Jaruco, Bainoa, Aguacate, Mocha y Buena- 
vista, fueron triplicados y cuadruplicados en po- 
blación. Los labradores leales y obedientes lleva- 
ron sus muebles é hijos pequeños en carretas; 

1. Reproducido por Cuba y América, de N. Y., del 15 de Abril 
de 1897. 



184 LA INSURRECCIÓN 

sus vacas y cerdos, mujeres é hijos mayores á 
pie; y construyeron, con palmas, largas calles de 
casas, hechas con vigas y techadas con paja. » 
— Y añadía la carta : « Los animales se han co- 
mido, todos los artículos de valor se han cambiado 
por pan, y la gente, habiéndosele acabadoya todo, 
ha perecido. » 

En estas palabras está descrito, con laconismo 
elocuentísimo, lo que había pasado durante el 
tiempo que hacía que estaban en el pueblo 
D a . Rosa y Tera, en unión de las demás familias 
con ellas venidas. Algunos miembros de muchas 
de las cuales habían muerto, si no directa, indirec- 
tamente, de hambre, en aquel tiempo. La miseria 
y el horror, sin embargo, estaban llegando al 
colmo ahora; y en aquel pueblo floreciente un 
tiempo, como en el resto de la Isla, todo hablaba 
de muerte, como se ha indicado, hasta los niños, 
la representación de la alegría y la vida, que eran 
lo primero que se ofrecía á la vista, al entrar eu 
aquél. 

Partía el alma oir aquellas pequeñas gargan- 
tas pidiendo pan en vano, y ver alargarse aque- 
llas manecitas, como si implorasen misericordia 
de los hombres y de las cosas, y aquellos ojos, 
hundidos, empañados, sin expresión ni vida. Las 
cabelleras las tenían casi todos como las suelen 
tener los gitanos, larguísimas, enmarañadas y 
sucias, cayéndoles sobre el pescuezo casi tan 
flaco como el de un pájaro y huesoso y consu- 



LA INSURRECCIÓN 185 

mido como el de un tísico ; y el cuerpo, que casi 
— en muchos casos sin casi, — por completo se 
les veía, negro, churrioso, y, en no pocos ca- 
sos cubiertos de escrófulas ó manchas. Algunas 
piernecitas delgadísimas y extenuadas parecían 
sostener á duras penas el peso del vientre enorme, 
que sobresalía como un inflado globo lleno... de 
aire. 

Se les veía á los algo crecidos por todo el pue- 
blo pululando, serios, graves, preocupados al 
parecer, lo mismo que hombres, cual siles qui- 
tara todos los atributos de su edad el haber vi- 
vido una vida entera en pocos meses y sentir ya, 
al igual de los ancianos, la proximidad fatal de la 
tumba. 

Los hombres casi no se diferenciaban de los 
niños sino en la estatura. Casi no hablaban. La 
color de la mayoría era amarilla, tirando en casos 
á verdosa; el andar vacilante : no era cosa rara 
por cierto ver caer á uno para no levantarse. Tan 
poco rara era, en efecto, que apenas llamaba la 
atención ni despertaba el menor interés. Con la 
cabeza baja proseguían su marcha los otros, es- 
perando no andar muchos pasos en el mundo sin 
caer á su vez para no alzarse. 

Otros, los que no podían ya levantarse, per- 
manecían en las viviendas que habían hecho. 
Más mujeres que hombres había en éstas, sin em- 
bargo, con sus hijos en brazos algunas. 

Eran estas tales viviendas bohíos de los llama- 



18rt LA INSURRECCIÓN 

dos de vara en tierra, y estaban tan mal cons- 
truidos, eran tan bajos de techo y reducidos los 
más, á fin de dar lugar á los otros, que antes 
parecían guaridas de bestias, ó covachas d<; 
perro doméstico, que habitaciones de hombres. 

Había bohío de aquellos, en el cual á duras pe- 
nas hubiesen podido vivir dos personas, que con- 
tenía á media docena, de todas edades y sexos. 
Muebles, casi no tenían. En una sola cama 
de cuje y guajaca — donde se había podido 
conseguir guajaca y cuje para hacerla — dor- 
mían todas las personas que podían caber sin 
caerse, aunque no pocas veces colgaban los 
pies ó una mano por fuera. Durante el día, 
permanecían muchos en un rincón, embru- 
tecidos, sin sentimientos, sin ideas, con la vista 
fija en un punto, en cuclillas, como si hubiesen 
vuelto al estado del más completo salvajismo, 
rayano de la irracionalidad. 

A la puerta de una de las susodichas chozas ó 
cuevas una mujer, sentada en el suelo, con el 
cabello en desorden, el vestido roto, y enseñando 
el seno con la impudez y despreocupación de los 
desesperados, forcejeaba angustiosamente por 
sacar de él una gota de leche para el hijo que 
tenía en sus brazos, y que con hambrienta avi- 
dez se lanzaba á él sin lograr que brotara nada 
de la fuente de vida, ya seca y agostada por la 
exhaustación y la anemia. 

— ¡Mi hijo, hijito, espérate, por Dios, espé- 



LA INSURRECCIÓN 187 

rate ! — gritaba la madre, loca de dolor, como si 
él pudiera entenderla. 

Y se daba, se apretaba los senos, imploraba 
cod ojos y boca sin que le respondieran más que 
los gemidos é imprecaciones de sus compañeros 
de tortura. 

— ¡ Jesús, que me mata, por piedá ! ¿No habrá 
quien tenga un poquito é leche? Pobre, mi hijito, 
que se me muere! 

Otra reconcentrada, algo menos débil, la cual 
llevaba en brazos otro niño dormido, se acercó. 

— Hijita, hijita — gritó la desesperada madre, 
cayendo de rodillas con su niño levantado en 
alto, por la salú del suyo, déle más que sea una 
gota, una gótica... 

Llenáronse de lágrimas los ojos déla otra. 

— Démelo acá — dijo — sosténgame á éste. 
Cuidao no se despierte. 

— Pero. . . — repuso la infeliz, vacilando entre 
el gozo y la sorpresa y la pena — ¿y su chiquito, 
le queda después pa él? 

— Démelo acá, no se ocupe, que ya él tomará 
y debe dejar algo palos otros. 

Y con abnegación realmente sublime sentóse 
al lado de la otra, y entregó su pecho, no muy 
lleno tampoco por cierto, al ansia del niño ham- 
briento. 

Luego se cambiaron nuevamente los peque- 
Qos. La más débil, besándole las manos entre 
sollozos ala que lo estaba menos, le dijo : 



1S8 LA INSURRECCIÓN 

— No olbidaré nunca lo que me ha hecho. 

— No sea boba, mujel, cuídese, cuídese y no 
se desespere. Hágalo por él, por su niño. Mire 
yo¿ usté cree que si no fuera por el mío no me 
habría muerto ya? Adiós — añadió alzando la 
voz y mirando al otro lado de la calle. — ¡Pobre 
muchacha, tan buena ! Mírela, ahí ba á buscar la 
comía pa su madre ! 

— ¿Quién es? — preguntó la otra negligente- 
mente. — El poder de sorprenderse é intere- 
sarse, fuera de su hijo, ya apenas le quedaba, 
como ala mayoría. 

— Tera, la de D a . Rosa. — Mire, hija, lebán- 
tese y haga un esfuersito, y bamos á ver si hay 
modo é conseguir algo, que ya es la hora é 
comer. 

Tomaba un tinte, en su boca y aquel sitio, 
la frase corriente última, de desgarradora ironía. 

Haciendo un grande y penoso esfuerzo incorpo- 
róse la otra, sin embargo, y ambas siguieron el 
camino que seguía también, más adelante, Tera 
González, pues era ella, con efecto, la que había 
pasado hacía un instante. 



Á algunas chozas de distancia, en compañía 
de dos mujeres más, que casi siempre estaban 
fuera, habitaban Tera y D\ Rosa. Dormía cada 
una de ellas sobre una de las consabidas camas 
de cuje sobre el santo suelo. Como lujo inusitado 
quedábanles un banquillo que pudieron traer del 
campo con ellas, — único resto del mobiliario de 
su antiguo hogar quemado, — junto con una pa- 
langanita delata y un peine casi tan desdentado 
como una boca de setenta inviernos. 

Tera estaba, no pálida, que este término no 
podría en manera alguna retratar el color de su 
carita enflaquecida y seca. El suyo era indefi- 
nible, mezcla de terroso y amarillento, y sus 
manos, antaño tan infantilmente lindas, casi 
reducidas á piel y huesos. Aquel antiguo bien 
formado cuerpecito suyo, aquella esbeltez de 
palma, aquella ligereza de paloma habían des- 
aparecido : sólo quedaba una armazón de huesos r 
cubierta escasamente por la carne descolorida, 
y ésta con un vestido, ó más bien unos cuantos 
guiñapos mal unidos. Conservaba, á despecho 
de todo, sus cabellos negrísimos, sedosos, y sus 

11* 



190 LA INSURRECCIÓN 

ojazos más negros aún si serlo podían, cuya 
expresión profunda, apasionada y dulce al mismo 
tiempo, no habían sido poderosos á arrancarles 
todas las crueldades del destino. Alumbrado 
por este par de luminosos faros que en él ar- 
dían con más fuerza quizá que antes, agran- 
dados y á veces prendidos con ardoroso fuego 
por la fiebre, aun era bello su rostro, y su figura 
estaba como transfigurada, pudiera decirse. 

Inspiraba un sentimiento mezcla de admiración 
y piedad verla vagar al través de los grupos de 
condenados de aquel infierno de dolor, llevando 
una gota de miel á la amargura del padecer de 
los reconcentrados. Era el ángel de la paz de mu- 
chos de ellos. ¡ Cuántos se habían dejado de sui- 
cidar por ella, por verla pasar algunas veces, 
sola, para ir á coger el rancho, cuando se lo 
daban, de manos de los soldados, que solían mi- 
rar con ojos codiciosos su figura de ángel, su 
aún hermoso aunque marchito rostro, triste 
ahora y serio, contrastando con los pocos años que 
en todas sus facciones y toda su apariencia se 
advertían! 

Esta limosna del rancho, aunque insuficiente 
por desgracia, tanto cuanto lo fuera una gota 
de agua para apagar la conflagración de un pue- 
blo, era debida ala caridad de Congreso de los 
Estados Unidos, el cual, en Mayo de 1897, había 
aprobado una asignación de $ 50.000 para la com- 
pra de provisiones con destino á los reconcen- 



LA INSURRECCIÓN 191 

trados, por ser muchos de ellos, ó alegar ser, 
ciudadanos americanos . Con el permiso de España 
fueron enviadas, en efecto, dichas provisiones, y 
repartidas, por suerte, justo es declararlo, entre 
todos los necesitados, aunque no disfrutasen de 
aquel requisito y feliz privilegio de la ciudadanía. 
Así, al menos, se iban prolongando algunas vi- 
das — ó algunos dolores. 

El encargado de hacer el reparto de la escasa 
comida que iba quedando solía portarse para 
con Tera, por extraña excepción, de una manera 
distinta á sus compañeros. Era el tal un guerri- 
llero, mas no hijo de Cuba, y, cuando estaba cerca 
de ella, no cesaba de mirarla con expresión tan 
verdadera é inexplicable de pesar — diríase de 
misteriosa desesperación — que hubiera dejado 
estupefacta y acaso conmovida á la infeliz si hu- 
biera alzado los ojos para verlo. 

Pero nunca los alzaba. Acostumbrada á la 
mortificación de los ojos insolentes de los 
hombres que la rodeaban, y á sus requiebros, 
se había acostumbrado también á cerrar los oí- 
dos y no alzar la vista. 

Este individuo de que hablamos en particular, 
sin embargo, no se sonreía, ni tenía en los ojos 
ninguna llama impura ni tampoco ningún de- 
seo ni pensamiento alguno que puros no fue- 
ran, al contemplar á la infeliz Tera, en el co- 
razón ni en el cerebro. Pero ella no le advertía 
nunca, como va dicho, y retornaba á su cueva 



192 LA INSURRECCIÓN 

con el repugnante rancho en la mano, mi- 
rando sí, entonces, en su derredor, á sus com- 
pañeros de infortunio, los cuales recibían aque- 
llas miradas como rayos de sol que penetraran en 
la negrura tenebrosa de sus almas sin esperanza. 
Algunas veces se detenía un momento á hablar, 
saludaba á uno, sonreía á otro, y aun — cuando 
creía que le habían dado bastante, cosa que no de- 
jaba de ocurrir, pues, intencional ó casualmente, 
siempre le daba el repartidor más que á ninguno, 
— entregaba una parte de su ración á otro más 
infeliz todavía, que no había logrado nada. Pero 
jamás reía ya como antes, con su risa antigua 
que llenaba toda la casita como el canto argen- 
tino y alegre de un canario. Y aun su misma 
sonrisa era ahora tan triste, tan triste, que antes 
inspiraba lástima y piedad que contento. 

Guando se alejaba, elevábase en su honor un 
coro de alabanzas. 

— i Pobresita, tan buena, tan linda, tan gra- 
siosa ! 

Todos hablaban de ella, y luego volvíale más 
amargo y terrible á todos el recuerdo de su co- 
mún estado, y tornaban á caer en el profundo 
pozo de su sombrío é indecible dolor. 

Tera se iba á llevar el rancho á su madre ; la 
cual estaba en tal estado de anemia y achaques 
que apenas salía, y esas veces apoyada en su 
hija, y tenía en ocasiones períodos de indiferen- 
cia casi rayana de la idiotez incipiente. 



LA INSURRECCIÓN 193 

Todos los días ocurría la misma ó parecida es- 
cena y todos los días se desarrollaba otra también , 
durante la repartición del rancho, por parte del 
ranchero; aunque esta última, muda en cuanto 
á las palabras, y sólo por la vista elocuente, no 
la advertía la muchacha, por la razón repetida 
de que no miraba. Pero la notó su madre un 
día, en que, habiéndola sacado un rato Tera, 
porque estaba muy débil y apenas salía, hubie- 
ron de encontrarse en la calle á aquel hombre. 

De casualidad le vio la madre ; y, con ese ins- 
tinto peculiar que todas las madres tienen, algo 
le hubo de observar de raro en los ardientes ojos 
á aquel militar, que miraba á Tera con tan 
extraña y dolorida cara, y algo también, á pesar 
del uniforme, que la recordó al punto haberle visto 
antes. Ni una palabra dijo en el momento ; si- 
guió tranquilamente al parecer, pero al hallarse 
sola con su hija le preguntó si no había notado 
á un hombre que las miraba mucho, y á quien 
ella creía que conocía. 

— Casi toos me miran — fué la respuesta. 
Pero yo no miro pa nadie. ¡ Son tan pesaos, tan 
bruscotes! 

— Pero por argo te hablo de éste, hija. ¿No 
has notao uno, uno sólo, que te agüeita distinto 
á los demás? 

— No, no lo he notao. Y de toos modos, ¿ á 
mí qué? — repuso con indiferencia. 

— - ¿No te importa? Pues á mí sí. No me da 



194 LA INSURRECCIÓN 

buena espina ese hombre, no me da buena es- 
pina ; y luego, que quisiera sabel quiénes... 
porque yo lo he visto otra ves, seguro, pero no 
sé, no sé... 

— ¡Ah! — añadió de pronto, dándose un 
golpe en la frente con la mano, y hablando como 
para sí. — ¡ Ah, sí, sí ! Ya recuerdo ¿cómo no ? 
¡ Er mismo, er mismito! Yo bien desía : ese 
hombre tiene argo de estraño. 

— ¿Qué dises, mama? ¿ Lo conoses tú ? 

— ¡ Baya, que si lo conosco ! Sí, tiene que ser. 
Y tú, tú también lo conoses ¡ va lo creo! 

— ¿Yo? 

— ¡Tú! No te acuerdas un día, que estábamos 
á la puerta el portalito cuando teníamos casa, 
y, con un suspiro de dolor añadió D a . Rosa, no te 
arrecuerdas que pasó un hombre á cabayo, que 
tú misma me dijiste, dises : ¡qué hombre mas 
raro, mamita! 

— ¿Aquél? ¿ Aquél es? ¡ Bamos, tu estás aca- 
loráa.. ! 

— Er mismo, legüervoá repetil, estoy segu- 
rita. Y más te digo — poniéndose grave, y dis- 
minuyéndole ya la momentánea y desusada 
animación que los recuerdos, el esfuerzo para re- 
cordar, la conversación y la sorpresa le habían 
producido. — Hija, óyelo bien, y ten cuidao : 
ese hombre... está enamorao é tí. 

— ¿De mí, mamita? Por qué dises eso? — pre- 
guntó Tera con algún asombro, pero sin dar en 



LA INSURRECCIÓN 195 

modo alguno al asunto la tremenda importancia 
que podía tener. — No seas boba, eso no pue 
ser. 

— Dios quiera que no — dijo en solemne 
tono la madre. — Dios lo quiera. Pero no te 
orbides de esto, que yo soy bieja y tengo más 
esperensia que tú. Ojalá que me aquiboque, hija, 
pero se me afigura que no. 

— Pues pierde su tiempo cormigo si es asina. 
Porque lo que soy yo, á naide quiero na más 
que á Andrés, fuera de mis taitas. 

Y, arrojándose en los brazos de D a Rosa que 
la miraba conmovida y preocupada, la abrazó 
cariñosamente y la besó, como si quisiera 
ahuyentarlos oscuros presentimientos que inten- 
taban invadirla. 



Una mañana, después de haber comido algo con 
D a . Rosa y dos ó tres mujeres más que apenas 
habían podido atrapar nada, se habían mar- 
chado las mujeres y habíase quedado dormida D a . 
Rosa, — caso que muy á menudo le acontecía, — 
cuando vio Tera pasar, por delante de la especie 
de hueco ó agujero que formaba la puerta de la 
covacha en que vivían, a un hombre de uniforme 
que miraba con cuidado y disimulo hacia adentro, 
como espiando si estaba alguien. Algunos minu- 
tos después, tornó á pasar, se detuvo un mo- 
mento como con intención de entrar, vaciló, 
retrocedió y, tras de haber dado algunos pasos 
para marcharse, como si de súbito tomara una 
resolución, entró, agachándose, en la choza. 

Tera, confundida y asustadísima al ver aquello 
— pues dos veces que habían entrado otros dos 
hombres había sido para hablarle de cosas y 
hacerle proposiciones que ella en su inocencia no 
entendía al principio, y que, desgraciadamente y 
poco ápocohabíaido entendiendo, y para retirarse 
después, al escuchar su negativa, lanzando jura- 



LA INSURRECCIÓN 197 

mentos y amenazas — retrocedió como una pa- 
loma amenazada, refugiándose tras el dormido 
cuerpo de D a . Rosa, al cual puso de trinchera, 
mientras miraba con temerosos ojos al militar. 
Este se había quedado parado mirándola tam- 
bién á su vez, y, lo que era sumamente extraíio, 
no parecía menos agitado que la propia mu- 
chacha. 

Al fin de unos segundos dijo el hombre, con 
voz insegura y la canturria especial del acento 
canario : 

— ¿ Me tiene usté miedo? 

Estremecióse todaTera al oir aquellas palabras, 
á la vez por el tono con que eran pronunciadas y 
por los confusos recuerdos que le traían. 

— ¿Quién es usté? — preguntó á su vez. 

— ¿ Que quién soy? ¿ No se acuerda de mí, de 
haberme visto ni una bes ? 

— ¿Yo? No... digo, sí, creo... pero ¿ qué 
es lo que busca ? ¿ Pa qué ha benío aquí ? 
— interrogó de nuevo ansiosamente. 

— Cálmese, cálmese -- dijo él, que parecía 
por su parte irse calmando algo, aunque lenta- 
mente. — Na le boy á jaser. Ar contrario. 
Ahora le diré pa qué he benío. Pero antes con- 
tésteme, si quiere, esta pregunta : ¿ Me ha bisto 
usté antes, berdá ? 

Observándolo entonces con algo de sorpresa y 
curiosidad unida ásu temor, 

— Sí — repuso Tera. — Sí... un medio- 



198 LA INSURRECCIÓN 

día, que usté pasó por casa, y preguntó no sé 
qué cosa. 

— ¿Yno me notó usté na de particular? 

— No... sí... creo que tenía usté esa misma 
miráa que tiene ahora. 

Con extraña y contenida violencia, salién- 
dosele al rostro y temblando en las palabras que 
pronunciaba, exclamó él entonces : 

— ¿Yno sabe usté por qué la tenía y la tengo? 

— ¿Porqué? — interrogó Tera, aturdida y con- 
fusa, sin saber lo que decía. 

Fué como dar media vuelta á la válvula de una 
caldera cuya agua estuviese en ebullición. 

— ¿Por qué? ¿ Por qué? — repitió él, balbu- 
ceando. — Pues... porque la quería á usté y 
porque la quiero, la quiero toabía — añadió con 
voz sorda, alterada y empapada de dolor. 

Tarde, aunque en seguida, arrepintióse Tera de 
su impremeditada pregunta, hija de su sen- 
cillez y de sus pocos años. Llena aún más de 
confusión que antes : 

— ¿A mí? ¿ Usté? ¿ Y pa eso ha benío aquí, á 
desírmelo ? — exclamó sin saber dónde estaba 
parada. 

— No, no he benío pa eso, no he benío pa 
eso. Pero ya que ha llegao la ocasión, quería bel 
si no lo sabía, ni tampoco lo que he estao su- 
friendo por usté, ni si sabe acaso que desde 
entonces, desde que la vide no he hecho 
más que pensar y más pensar en usté, y padeser 



LA INSURRECCIÓN 199 

y ponerme triste y no haser na bueno. Y ya 
que no sabe na de eso, sépalo de una bes siquiera. 
¡ Cristo ! sépalo. Por usté na más me he hecho 
guerriyero, por estar más serca de usté ; por usté 
me yaman bobo argunos compañeros, porque no 
mato á nadie que no tenga armas, ni á denguna 
mujel le hago na, ni á dengún niño; y usté me 
ha hecho ser otro, me ha hecho hasta pensar en 
Dios, yo, rayos, yo que tenía er mismísimo 
demonio dentro el cuerpo antes de berla. 

Como aguas estancadas largo tiempo, á las 
cuales se quitan de repente las macizas paredes 
que las encerraban y contenían, así se desbor- 
daba la pasión oculta del infeliz en una inunda- 
ción de palabras, que se convertía en erupción 
de lava ardiente al pasar por sus labios. Oíale 
Tera asombrada, agrandados los grandes ojos, 
algo sobrecogida, y comprendiendo confusa- 
mente que sin querer, ni conocer apenas á aquel 
hercúleo y afligido mozo, le había hecho mucho 
mal. 

— ¿Ya está entera? ¿Ya lo sabe? — pro- 
siguió éste. Pues no es na eso, na. Si le fuera 
á contar lo que he padesío, los pensamientos tan 
nuebos que se me han benío al magín, las noches 
que he pasao en claro y los días que he pasao 
sin saberlo que me pasaba !... Pero ¡ qué rayo ! 
no hay remedio. Lo que siento, digo, no, no lo 
siento tampoco, es que por usté he yorao la única 
bes en mi perra bida, cuando vi en sus ojos que 



200 LA INSURRECCIÓN 

usté no me quería. Porque ya sé, ya sé bien que 
no es posible, pero yo le digo too esto de toos 
modos, porque no pueo más, porque ya me mata, 
y porque er pecho no me pue resistil tanto!... 

Si hubiera sido sueño el deD\ Rosa, hubiérala 
despertado el rumor de la tempestuosa conver- 
sación que á su mismo lado se sostenía. Pero no 
era el suyo sueño, sino uno de esos pesadísimos 
sopores que, á pesar de que sólo parece que 
se dormita durante ellos, son mucho más pro- 
fundos y difíciles de interrumpir que lo es el ver- 
dadero sueño. Varias veces, sin embargo, cuando 
alzaba mucho la voz el desesperado amante, 
se había movido la buena señora, y aun había 
parecido que iba á hablar ; pero no había llegado 
á despertarse, y continuaba sumida en su pro- 
fundo letargo cuando concluyó de decir aquél lo 
último que se ha copiado. La pobre Tera, ano- 
nadada y confusa como quien de súbito se en- 
cuentra en una senda extraviada, oscura y soli- 
taria, rodeado de peligros desconocidos, no sabía 
qué decir, ni qué hacer, ni exactamente lo que 
le ocurría. 

— Y yo — exclamó por fin, conmovida acaso 

— y yo¿ qué culpa tengo de eso? 

— Denguna — contestó él precipitadamente 

— denguna más que tener esa miraa y esa carita, 
y... pero no, no, tampoco, nadie tiene la curpa 
sino yo mismo, yo ó er demonio, que me puso 
este cariño en el pecho pa haselme sufrir, sufrir 



LA INSURRECCIÓN 201 

y na más que sufrir, sin esperar na por lo que 
sufro... 

Sintió una lástima grandísima al escuchar es- 
tas palabras, Tera, y, con compasiva voz, 

— ¿ Pero por qué, por qué se enamoró usté de 
mí? ¿ por qué, si yo no pueo quererlo? ¿Usté no 
sabe que tengo nobio? — exclamó. 

— Ya le he dicho denantes, creo, que sí. Y... y 
todavía más tengo que hablarle de ese particulal. 

— ¿De mi nobio ? — inquirió ella, nuevamente 
inquieta y doblemente interesada. 

— Der mismo. Y más le digo : es lo princi- 
pal pa que he benío. 

— ¿Usté? ¿De Andrés? ¿Qué me tiene usté 
que desir? ¿Ha sabio argo de él ? — preguntó, 
ya ansiosa, la muchacha, que desde la ida del 
hijo de D. Pancho Torres no había tenido no- 
ticias suyas. 

— Argo he sabio — contestó, algo apaciguado 
de su anterior agitación, el hombre. 

Habíanse ido aproximando un poco los dos 
insensiblemente en el calor é interés del diálogo, 
y ahora estaban ambos casi á los pies de D a . Rosa. 

Tera, ya sin miedo al isleño — pues su instinto 
le advertía que nada tenía en realidad que temer 
de él — y olvidada de todo para acordarse sólo de 
su novio, repuso : 

— ¿ Ha sabio ? ¿ de berdá ? ¡ Ay, dígamelo, dí- 
gamelo, por lo que más quiera! Usté no es malo, yo 
no pueo quererlo, pero seré su amiga siempre si 



202 LA INSURRECCIÓN 

me lo dise. Usté no va á dejalme así sin saberlo 
¿ berdá? — añadió mirándolo con sus ojos lan- 
guidecidos y ardientes á la vez, y juntando, con 
un ademán hermoso y natural, las delgadas 
manecitas. 

Con un suspiro, que parecía extraño huésped 
en su fuerte y robusto pecho, dijo él entonces : 

— ¡ Cómo lo quiere usté ! 

— Pero ¿ me ba á desir lo que ha sabio de él 
por fin? — interrumpió ella. 

— Aya boy, aya boy. 

Hizo una pausa muy pequeña, y dijo: 

— Pues que he sabio hase poco — no se agite 
— que ba á benir. 

— ¡ Que ba á benil I ¡ Aquí, al pueblo! pero 
¿ pa qué ? ¿ á haser qué ? ¡ eso no pue ser, no pue 
ser! — vacilando entre la sorpresa, el asombro 
y la alegría, y no pudiendo creer lo que escu- 
chaba. — ¿ Cómo ba á ser eso? ¿Cómo es eso? 

— ¿ No lo dije? ¡Ya no me deja usté hablar! 

— Es berdá. Siga, siga, por su madre, que no 
lo boy á interrumpir más. 

El enamorado, que parecía tranquilizado en 
la apariencia, aunque tenía un brillo siniestro en 
la mirada, que Tera, en su confusión, no adver- 
tía, prosiguió así : 

— Pues ba á benil... porque ha caío prisio- 
nero, con su padre. 

Atónita quedó Teraaloir aquéllo, y como abo- 
bada bajo el golpe de tal sorpresa. 



LA INSURRECCIÓN 203 

Al notar que nada le contestaban, prosiguió 
el guerrillero : 

— Así me lo dijo uno de la pareja de esplora- 
dores que yegaron hoy, de la colurna del coro- 
nel Martines que fué quien los lia cogió. Me lo 
contó él, que conosía á Andrés de antes de la 
guerra y que más luego fué y se metió á guerriyero. 
Paese que los cogieron en er combate el otro día. 
Y más me dijo : que el padre biene malo. Por 
eso lo cogieron, y al hijo por no querer desa- 
partarse de él. 

Tera, con los ojos muy abiertos, seguía escu- 
chando, muda. ¡Prisioneros! ¡ los dos! y ¿qué les 
harían? ¿ qué les harían? 

— Pero¿ es berdá, es berdá too eso? — pre- 
guntó de pronto. 

— ¿ Y qué nesesidá tengo yo de benirle á usté 
con mentiras por gusto? Si no lo cree, no tendrá 
que esperar mucho. No han de tardar muchos 
días en yegar. Bienen con er grueso é la colurna. 

— Y... ¿ les harán argo ? — volvió á interro- 
gar con sobresalto Tera. 

— Con respetibe á eso, estése tranquila. Creo 
que no. Ya se ha io Weyler, y ahora el general 
Blanco ha dao orden de no matar á naide. Estése 
tranquila, que na les harán. Ya la cosa está muy 
diferente. Si hubiera sío hase seis meses, pue 
sel... Pero ahora no. 

— Y usté — saltó de súbito nuevamente la 
muchacha — y usté ¿ cómo bino á desilme eso? 



2DÍ LA INSURRECCIÓN 

(Viendo la tranquilidad, que casi parecía satisfac- 
ción, que había reemplazado en el rostro del ca- 
nario á su primer desesperado aire.) 

— Conque esas son las grasias que me se dan 
por el fabol ¿ no ? — respondió éste, oscure- 
ciéndosele de nuevo el semblante. 

— ¡ Ah! ¡ no, no ! — dijo Tera, ya arrepentida. 
No me haga caso ¡ si estoy como loca! Y¿ cuándo 
bendrá, cuándo? 

— Eso no sé desirle, pero pronto. 

A esta sazón hizo D a . Rosa un movimiento más 
pronunciado que los anteriores, y pareció que 
iba á despertar. 

— Pues me voy — dijo bruscamente el visitante 
al observar aquello. Se dirigió ala puertecilla. 

— ¿ Ya se ba? pues oiga: grasias, grasias por 
la notisia — pronunció Tera tímidamente... — 
Ya ardía en deseos de comunicársela ásu madre ; 
pero á pesar de toda su alegría sentíase en el 
fondo grandemente pesarosa por su infeliz y ex- 
traño enamorado. 

Este se volvió antes de salir, y su mirada en- 
contró la de Tera, que expresaba conmiseración y 
bondad. Dio un rugido sordo y apagado el infeliz, 
quién sabe si de placer ó pena ; luego, dijo con voz 
más sorda aún, inclinándose para pasar por la 
puerta : 

— No hay de qué. Buenas... y... y grasias 
también. 

Salió y se alejó apresuradamente. 



TERCERA PARTE 



LA PAZ 



12 



Aquella noche tardó en dormirse Tera, y, cuando 
abrió los ojos, aún no era de día. Echada sobre el 
montón de paja que le servía de lecho, oyendo 
el rumor de la respiración cansada de su madre 
y délas otras mujeres que con ellas vivían y que 
casi la tocaban con sus cuerpos huesosos, púsose 
á pensar en lo que le había dicho el repartidor 
del rancho, en las palabras de fuego de éste, en 
su extraña declaración, en la noticia inesperada 
que le había dado. Sobre todo esto y muchas cosas 
más reflexionaba, viendo al fin cómo eran ver- 
daderas las advertencias de D a . Rosa, respecto al 
amor de aquel selvático guerrillero, y encon- 
trando algo raro que, estando éste enamorado de 
ella, le trajese la noticia de la próxima llegada 
de su rival, y no pareciera sentirlo gran cosa, á 
juzgar por su aspecto cuando la daba. Aquello 
debía de ser, en la opinión de Tera, que él inten- 
taba, siendo bueno para con ella, obtener, yaque 
no su amor, su simpatía al menos. ¡ Si hasta pa- 
recía alegrarse déla venida de Andrés! [Vaya 
con el hombre ! ¿ Quién lo entendía? 

Y al fin y al cabo ¿ qué? — se dijo, cansada de 



208 LA INSURRECCIÓN 

meditaciones, la muchacha. No se preocupó más 
del asunto al venírsele al pensamiento, llenán- 
doselo todo é iluminando á sus ojos la ohscuridad 
y miseria de su aposento y su existencia, el de 
que iba á venir su novio muy pronto, é iba á te- 
nerlo muy cerca de ella. ¡ Qué bueno ! ¿ Qué tenía 
que temer ya, estando junto á él? ¿ Qué podrían 
hacerla, si hasta la muerte la hubiera arrostrado, 
estando con él, sin miedo alguno, llegado el caso? 
De la causa que producía esta aproximación, 
como mujer al cabo, no se le importaba gran 
cosa : caer prisionero no era ninguna deshonra, 
y no corría peligro Andrés, ni su padre. La 
cuestión, la gran cuestión era que venían. Ya 
no estarían solas y sin amparo su madre y 
ella. 

Con esta seguridad y alegría en el alma vio sur- 
gir la ahora triste y siempre divina aurora de 
Cuba, alumbrando la soledad desolada de los cam- 
pos y las siniestras y míseras multitudes hacina- 
das en las poblaciones. — Aquel día casi casi le 
salió á la cara á Tera algo como un destello de su 
antiguo sonrosado que daba á su color moreno 
un tinte tan hermoso. Viéronla hasta sonreírse 
sin tristeza; y cuando fué á tomar su parte de 
rancho, alzó los ojos al ranchero, que le tenía 
los suyos clavados, y con profunda emoción y 
sorpresa del infeliz, le dio, envueltos en aquella 
mirada y una sonrisa amistosa, los buenos días. 
Le estaba agradecida por la noticia que le había 



LA INSURRECCIÓN 209 

traído y, como ya no le temía, se arriesgaba á no 
ponerle tan mal rostro como á los demás. 

El pobre Joaquín le entregó la roñosa comida 
con el pulso tan tembloroso, que en poco estuvo 
que se derramase toda. Lo cual hubiese dado 
lugar á una horrible escena entre los que esta- 
ban cerca, que se hubieran lanzado en seguida 
á atrapar, aunque fuera cubierto de polvo y su- 
ciedad, un pedazo de la vieja y endurecida carne 
de lata ó un puñado de no menos endurecidos y 
avejentados garbanzos. 

Pero sí que algo le tocó á algunos, de todos mo- 
dos. Porque — fuese por distracción, confusión 
ó de propósito — lo cierto fué que le puso Joaquín 
ración doble de la acostumbrada, y Tera, por 
aquella vez, pudo entregar á su regreso á dos ó 
tres infelices como ella algunos bocados más 
conque sostenerse éir engañando el hambre. 

Cuando llegó junto á D a . Rosa pusiéronse á 
comer las dos, que aquel día estaban solas por 
casualidad, ávidamente, como lo hacían siempre 
todos los vecinos. Notó la madre cierto júbilo refle- 
jado en los ojos de Tera, júbilo que no había obser- 
vado antes porque desde el día anterior había 
estado en un estado de alelada indiferencia, de 
inconsciencia casi, en que á menudo se quedaba 
sumida, y que era el fruto de los golpes recibidos y 
abstinencias pasadas y presentes, porlaancianay 
buenísima mujer soportadas. 

Habiéndose reanimado algo con la comida, 

12* 



210 LA INSURRECCIÓN 

menos escasa en aquella ocasión que en otras, 
preguntó á Tera, doblemente alegre ahora por 
ver aquella reanimación de su pobre madre, á 
quien cuidaba y procuraba alimentar más y me- 
jor que á sí misma, la causa del contento que 
se desbordaba en toda la expresión de sus fac- 
ciones. 

La muchacha, que estaba desde el día anterior 
rabiando por comunicar á alguien su secreto, 
dándola un beso de cariño se lo refirió todo, y 
no quedó menos sorprendida D a . Rosa que ella lo 
había estado, por más que lo del amor de Joa- 
quín no le extrañaba, porque ya lo conocía, 
aunque sí la dejó un poco preocupada. 

— ¿Y dises que pronto están aquí? — pre- 
guntó después. 

— Prontico. Hoy ó mañana mismo, quisas 
yeguen. Qué bueno ¿ eh, mama? 

Miróla D a . Rosa con sus ojos apagadosy débiles, 
y sonrió débilmente. 

— Tú no piensas más que en lo que te con- 
biene. 

Calló y pareció reflexionar. 

— Pero — prosiguió — lo que no entiendo 
bien, es el empeño de ese guerriyero en darte la 
notisia. 

— ¡ Si de todos modos lo tenía yo que saber! 
Y él diría, mejor se la doy de una bes, y así ar 
menos tienen que agradeserme argo. 

— Pue ser, sí, pue ser — repuso, aún algo pen- 



LA INSURRECCIÓN 211 

sativa, la buena mujer. — Lo que me alegra — 
añadió cambiando de pensamiento y de tono — 
es que trairán notisias también de tu padre y de 
Juaniyo. 

En tanto, ardía en el pecho del desgraciado 
primo de Ángel Pérez una empeñada y devasta- 
dora lucha de pasiones buenas y malas, lucha 
que había tenido alternativas, pero no había ce- 
sado desde el día en que se convenció Joaquín 
finalmente de lo desesperado del amor que en mal 
hora había concebido. A veces la rabia ciega de los 
celos — que era acaso la más fuerte de las partes 
beligerantes — le susurraba consejos de exter- 
minio y sangrienta venganza que él escuchaba al- 
hagado; pero luego el amor, aquel en él extraño 
amor, realmente puro y tierno á pesar de lo ás- 
pero é inculto del terreno en el cual había echado 
tan hondas raíces, le refrescaba el alma y aquie- 
taba un poco con pensamientos de adoración y 
pureza que nunca había tenido... 

Entre estas y otras cosas, tumbos y tropiezos, 
había ido, sin embargo, madurando su plan pri- 
mitivo, un plan que empezó á concebir en la 
misma para él infausta noche en que su primo 
Ángel le comunicara la existencia de un rival 
correspondido y la imposibilidad completa de 
serlo él, si es que llegó á abrigar alguna vez tal 
esperanza. Por algún tiempo había abando- 
nado Joaquín aquel plan, por no ser posible 



212 LA INSURRECCIÓN 

ejecutarlo. Pero ahora, próxima la llegada de 
aquel odiado rival, y teniendo en cuenta el ca- 
rácter del isleño, su estado, sus proyectos arrin- 
conados por inservibles al pronto, pero que po- 
dían ser vueltos á sacar de su obscuridad y 
abandono, sumando todos estos datos podía te- 
merse con algún fundamento que no dieran 
resultado bueno. 

Por lo pronto, no lo habían dado malo, sin 
embargo. Se había decidido á avisarle á Tera, 
al recibir la noticia de haber caído prisioneros 
D. Pancho Torres y su hijo, pensando que ese 
sería un buen acto de política y diplomacia, y 
que como vecinos que habían sido, aunque por 
corto tiempo, no le extrañaría á ella, y probable- 
mente le agradaría mucho, que él la hiciera el 
servicio de anunciárselo. 

Pero no contaba con la huéspeda de su vio- 
lenta pasión. Al hallarse en presencia del objeto 
de ésta se le habían agolpado de súbito en la 
memoria todos los amargos padecimientos y des- 
engaños que había pasado ; y viéndola tan linda 
aunque desfigurada y mal vestida, tan pura, tan 
distinta, según él creía, á todas las demás mujeres 
que había conocido, al oiría preguntarle lo que 
quería, no había podido contenerse, y, aunque 
entraba en sus planes que ella no supiese nada 
de su amor, se lo había dicho todo, alentado 
quizá por una esperanza loca — tan loca como 
fué efímera y pasajera. 



LA INSURRECCIÓN 213 

No obstante, después de haber soltado algo de 
aquel peso, comunicándoselo á ella, se sintió re- 
lativamente más calmado y había podido darle 
cuenta délo que se había propuesto decirle. Pero, 
luego que la dejó, habíanle vuelto con más furia 
aún sus antiguos celos y desesperaciones, y, 
lenta, pero seguramente, iban convirtiéndose en 
su espíritu, los vagos proyectos que hacía algún 
tiempo acariciaba, en planes fijos y resueltos. 

Que venían el padre y el hijo era seguro : así, 
al menos, se lo había comunicado á Joaquín su 
compañero, dándole seguridad de ello, y de que 
vendrían pronto : dentro de tres días á todo 
tirar. D. Francisco, decía, estaba bastante en- 
fermo, había cogido unas fiebres que no había 
forma que se le quitaran; había enflaquecido y 
desmejorado mucho. 

Lo que ignoraban los dos prisioneros era que 
en el pueblo, además de Tera y su madre, había 
también un tercero que podía ser un tercero en 
discordia ; que probablemente se tendrían que 
encontrar ; y sabe Dios lo que de este encuentro 
resultaría. 

Pensando en todo esto, se le pasaron dos días 
á nuestro fiero enamorado sin que cambiara 
durante ellos una palabra más con la muchacha, 
si no eran los buenos días y las buenas tardes. 
Lo que más le escocía y más y más lo desazo- 
naba, era el haberle comunicado el secreto de 
su pasión, ahora que veía que de nada le había 



214 LA LNSURRECCION 

servido, mas que para ponerle en peor posición 
de la en que estaba, y al descubierto y sin 
defensa. 

Pero poco más habían de durar yalas dudas y 
cavilaciones de una y otra parte. La columna del 
coronel Martínez, que era esperada con ansie- 
dad creciente, aunque por diversos motivos, por 
distintas personas, debía estar para llegar de un 
día á otro. 



Dos más pasaron, no obstante, y no fué hasta 
la tarde del tercero cuando Tera, que en aque- 
llos momentos salía, para ir al bohío de al lado, 
por el mezquino agujero que era la puerta del 
suyo, se vio de pronto á Andrés — el cual había 
averiguado en seguida dónde estaba ella, y lle- 
gaba en aquel instante — á menos de tres pasos . 
Dio uno atrás, sorprendida y dichosa. Entró él. 

— ¡Andrés! — exclamó ella. 

Ycomosi no pudieran creer que estaban al fin, 
realmente, uno frente al otro, ambos se miraron 
asombrados. 

— ¡Andrés! 

— ¡Tera! — pronunció solo, con acento que. 
era un poema de asombro y dolor, el novio. 

Quedáronse perplejos un segundo. 

— Tera, Tera, ¿ eres tú ? — No se atrevía á 
reconocerla en aquel estado. 

— Yo soy, sí, Andrés, yo soy; por fin, ¡ay, 
mi madre ! por fin te beo ! 

Se habían aproximado. Juntáronse sus ma- 
nos sin saberlo, tras de sus manos sus labios, y 
allí, en medio del horror del hambre y de la 



216 LA INSURRECCIÓN 

muerte, su primer beso como que adquirió algo 
de la solemnidad del dolor que les rodeaba. 

Quedaron un momento mudos, cogidos de las 
manos, sin palabras con que expresar sus senti- 
mientos. Luego se sentaron muy cerca uno de 
otro. 

Él la miró, la miró sin abrir boca, con ojos 
llenos de lágrimas, de pasión, de piedad inde- 
cible... 

— ¡ Pobre, pobre Tera ! ¿ Será posible? ¡ Pobre ! 

— No sabía decir más. 

— Parescootra¿berdá? — dijo Tera — ayer 
no comí na ¿ tú sabes ? to se lo di á la señora 
esa del otro cuarto, que tiene tres hijitos mu- 
riéndosele y no tenía na que darles, por eso. Pero 
no importa: ahora que estás tú aquí me boya 
poner gorda, gorda: era por eso, de tanto pen- 
sar. Pero ya no te bas á separal más de mí ¿ no 
es berdá, Andrés? 

El seguía mirando, sin contestar, inmóvil, aton- 
tado por la pena y la sorpresa, aquella boquita 
consumida, las manecitas huesosas, el cuerpo 
flaco. 

— ¿Por qué te pusieron así, Tera? ¿Por qué te 
han hecho esto ? ¡ Ah, Dios ! ¿ qué has hecho tú? 

— gimió desesperado, casi desvariando. 

— Toy muy flaca, sí, muy flaca, de debilidá — 
Pero hay otras que le dan menos. — ¿Toy muy 
fea, Andrés? — Con los ojos brillantes de ansie- 
dad se le aproximó más, rozándose casi sus caras. 



LA INSURRECCIÓN 217 

— No, no, fea no, más linda que antes, más 
linda — Y contemplaba el hermoso rostro de vir- 
gen mártir con apasionada y dolorida admiración. 

— Pero ¡ qué desmejoraa, que delgaducha, Dios 
santo ! ¡ Mi pobre Tera ! ¡Mi bida ! 

Besóla una mano, como si fuera la de una 
santa. 

— I Ay, Birgen ! — dijo ella — j ay, mi ma- 
dre ! ¡Cuánto tiempo padesiendo! Pero ya esta- 
mos juntos otra bes. . . . ¿ Me quieres, Andrés, me 
quieres mucho? — preguntó de repente, como 
antes, en los días en que tenían sol y alegría, y 
verdura en los campos y guateques en el bohío. 

— Mucho, mucho, más que nunca. — Miró en 
derredor. Calló, oprimido, serio. 

— ¡ Qué cuarto ! ¡ Qué basura ! Y á D a . Rosa, 
también la han metió en esto ? 

— También, también. ¡Ah, tú no sabes! — 
respondió ella, contristándole más que su pro- 
pia infelicidad la mención de la infelicidad de su 
madre. — j Pobre mamita ! ¡ A su edá! 

Él no maldecía ya, reconcentrada y enmudecida 
su tribulación. 

— ¿Y aónde estáeya? Aónde ha ido? 

— Aquí ar lao stá, consolando á la señora é 
los tres hijitos que se le murió uno de debilidá 
ayer. Esa también tiene er marío en la guerra... 
¡ Ah, mírala, aquis tá! 

Volvióse Andrés, y vio á D a . Rosa, hecha una 
lástima. Se levantó casi tambaleándose. 

13 



218 LA INSURRECCIÓN 

— I D a . Rosa, mi madre ! 

— ¡ Ya llegaste, Andrés ! — débilmente re- 
puso la guajira, demasiado extenuada para poder 
sorprenderse ya ni excitarse. — Ben acá, hijo, 
dame un abraso. — Y lo abrazó como si real- 
mente hubiera sido un hijo suyo. 

— ¡ Tanto tiempo, tanto, y tantas cosas ! ¡ Ay, 
Dios ! ¿Y tu padre? 

— A la enfemería lo han yebao por ahora. 
Á mí me han dejao libre entro er pueblo, pero 
no pueo salir de la sona é curtivo por ahora. 
Pero aquí no se pue bibir. Esto es desmasiao 
atrós. 

— Desmasiao, hijo, desmasiao. — Hablaba 
jadeante, medio distraída, cansada. Sentóse, ayu- 
dada por los novios. 

— ¿Y tú? — prosiguió después. — Tú no 
estás tancambiao como nosotras. 

— En el campo, cuando no se come, se respira 
aire libre — dijo él. 

— ¡ Es berdá, esberdá! 

Quedócon la vista errante. Los dos jóvenes que- 
daron de pie, observándola. 

— ¡Pobre mamita! — dijo Tera, bajando la 
voz. — ¡ Cómo la han tratao! En la guerra no se 
tiene compasión con nadie, con nadie... 

La madre oyó las últimas palabras y tornó los 
ojos á ellos. 

— Y tú , Andrés, — prosiguió después de descan- 
sar un momento — y tú ¿ no cuentas na? A ber 



LA INSURRECCIÓN 219 

arrímense, siéntense. ¿ Qué tal están Juaniyo y 
su padre? ¿ Dónde los dejaste? 

Era lo único que hondamente le interesaba ya. 

Tera se sentó. Para Andrés no quedaba 
asiento. 

— Buenos — repuso éste — buenos, aya los 
dejé :Eyos no saben toabía esto de ustedes. Ojalá 
que no lo sepan tampoco. 

— ¿Y tienen de too? ¿No les farta na, 
Andrés? 

— No, no farta... cuando hay. ¡ Pa lo que se 
ocupan aya de estar bien ó estar mal ! 

— Y Juaniyo — preguntó Tera — y taita ¿ no 
hanenflaquesío? ¿. No se han desmejorao? ¿Están 
contentos ? 

— Ayí en habiendo un puñao é buniatos pa 
comel v otro puñao é munisiones pa la canana, 
siempre está uno contento — dijo él, que nunca 
antes matara una hormiga, con acento natural 
y convencido. 

Callaron los tres. 

— Pero aquí, ¡ ah, qué barbaridá ! — exclamó 
Andrés de nuevo, todavíaespantado. — ¡ Si yo sé 
esto!... debían haber benío toos ustés con nos- 
otros! 

— Pero — repuso á su vez la anciana — ¿ quién 
iba á creer entonses que habíamos de yegar á 
esto? 

Tras de un instante de penoso y elocuente si- 
lencio, 



220 LA INSURRECCIÓN 

— Bueno — dijo D a . Rosa, hablando casi con 
trabajo — y tú ¿ qué piensas hasel? 

— ¿Yo? — repuso con vehemencia el mucha- 
cho. — Pues largarme de aquí si pueo en cuanto 
me dejen libre de salir de la son a, pero uste- 
des tienen que benir también con nosotros, si 
nos bamos, con taita y yo. Aquí no me quedo, 
ni las dejo á ustedes ya en cuanto pueda — aña- 
dió, poseído de una resolución desesperada. 

D a . Rosa quedóse un momento pensando. 

— Habla bajo, hijo, habla bajo, que no estás 
en Cuba libre y pue haber quien oiga y quien 
agüeite. En eso que dises había yo pensao mucho, 
por barios motibos¿ tú sabes? sino que no tengo 
ánimo pa haser na. 

— Pero ¿ y á dónde íbamos á ir? — preguntó 
Tera. — Si casi too está igual. . . 

— Dondequiera. — ¡ Quién sabe ! Otro pueblo 
quisas esté argo mejor. 

— ¿Y tu padre? — dijo D a . Rosa. 

— Mi padre pue andar, y ér mismo me lo dijo 
cuando entramos y bió argo de too esto. Díseme : 
hijo, si no nos bamos pronto de aquí, me muero. 

En aquellos momentos un rayo de sol se entró 
por la gacha puerta del bohío. Era uno de los úl- 
timos del sol de aquel día, que ya se ocultaba. 

— Mamita, ya es la hora de comer — exclamó 
Tera. 

Se había acostumbrado ya á aquel reloj, que 
otro no había. 



LA INSURRECCIÓN 221 

— Yo me boy ahora pal Hospital, donde está 
taita — dijo Andrés. — Boy á ber cómo está. 

— Sí, sí — apoyó la madre. — Bes cuanto 
antes. Mañana iremos nosotros, que hoy ya no 
dejan. ¿Y tú bibesayíenel hospital también? 

— Ayíme dejan quedarme por la noche, unas 
beses dormiré en el suelo, otras en un corchón y 
otras sin na, y me darán rancho cuando lo haya 
como á toos. Cuídese, D a . Rosa ; Tera, cuídala 
bien, y cuídate tú, mi alma! 

Unió á la madre y álahija en un solo abrazo, 
y, con ojos secos y el corazón empapado en lágri- 
mas de angustia, huyó en dirección al Hospital 
por entre las estrechas callejuelas, bajando los 
párpados para no mirar, y sin poder cerrarse los 
oídos para que no le entrase por ellos el aire me- 
fítico cargado de sollozos, imprecaciones y ge- 
midos. 



De repente se sintió detenido. 

Alzóla vista, y vio delante de él plantada la fi- 
gura rústica y fornida de Joaquín, el guerrillero, 
iluminado el rostro por la llama de ira que le 
ardía en los ojos pequeñuelos. 

— ¿ Pa onde bausté? — preguntó elcanario, 
sin saber lo que decía, y queriendo buscar 
querella de cualquier manera. 

Y al mismo tiempo le cerraba el paso, en acti- 
tud provocativa yde matón resuelto. 

— ¿Que pa onde boy? — repuso Andrés, lleno 
de sorpresa y contrariado. — ¿ Y á usté qué le 
importa? 

— Mucho : más délo que usté se figura. — ¿No 
me conose? 

— ¿ De aónde lo boy á conosel? Baya : ¿qué 
es lo que quiere? 

Y se quedó también plantado á su vez, deci- 
dido á averiguar qué tenía que ver con él aquel 
hombre á quien nunca había visto, y qué motivo 
para preguntarle adonde iba. 

Esto era lo que buscaba el otro ; y ambos que- 



LA INSURRECCIÓN 223 

daron un instante mirándose frente á frente, el 
uno con irritado asombro, Joaquín con rencor sa- 
ñudo y concentrado. 

— ¿ Qué es lo que busca? Bamos, de una bes, 
¿ por qué me para así, sin más ni más? ¿ Yo 
qué tengo que ber con usté? 

— Más de lo que se figura — repitió la voz en- 
ronquencida. 

-i Yo? 

Echando hacia atrás la cara con aire imper- 
tinente é insultante, dijo entonces el rival : 

— ¿Usté es el nobio de una muchacha que 
le disen Tera? 

Al grado más alto del termómetro de su sor- 
presa subió de un golpe el mercurio en el pecho 
de Andrés. Pero reponiéndose algo, aunque sin 
comprender qué tuviera que ver aquel bestia con 
su Tera, repuso fríamente : 

— Sí, señor, yo soy en cuerpo y arma. — ¿ Qué 
se le ofresía ? 

— Desirle á usté dos palabritas na más — 
contestó el otro. 

— Pues ya las está disiendo. 

Quedóse un momento el mocetón confundido 
al ver la serenidad de Andrés, y un poco sor- 
prendido por la inesperada rapidez con que se le 
abría la puerta para que saliera sin vacilar por 
ella á terreno despejado y limpio. Y le aconteció, 
á pesar de estar tan preparado y decidido, per- 
manecer unos instantes sin saber cómo empezar, 



224 LA INSURRECCIÓN 

acaso de tantas cosas como hubiera dicho y tanta 
hiél y amargura como hubiera tenido que sacar 
con ellas. 

Con los ojos solamente, y en un segundo, le 
dijo á Andrés lo que le pasaba, y de tan claro 
modo, que bien pudo entenderlo el rival afor- 
tunado; pero no lo entendió ó no quiso, y tornó 
á decir : 

— ¡ Baya, ya los ta disiendo, ó me boy! 

— Pues ha de saber usté — dijo precipitada- 
mente el otro, como si una de las furiosas olas de 
contenida rabia que le azotaban el pecho hubié- 
rale subido á la garganta amenazando ahogarlo 
— pues ha de saber que... yo también la 
quiero. 

Aquí quedó Andrés como quien ve visiones. 
Jamás se le hubiera ocurrido á él ni á ninguna 
otra persona, que aquel animalote pudiera ena- 
morarse de nadie. Su primer sentimiento pro- 
fundo, avasallador, instantáneo, fué, pues, de 
asombro ; de modo que, con voz y expresión de 
ingenua y profunda extrañeza, que llegó, sin em- 
bargo, como la más sangrienta ofensa al alma 
de aquel á quien la palabra iba dirigida, exclamó 
mirándolo : 

— ¡Usté! 

— ¡Sí, yo, rayos, yo! ¿Yqué? ¿Qué se figura 
usté? Yo¿ ya lo sabe? Yo mismito, y por eso lo he 
parao,pa desirle eso y que eya no ha de ser suya 
sino mía ¿oye? ¡ mía ! Y si quiere argo, abise. 



LA INSURRECGlÓxN 225 

Las pasiones más salvajes brillábanle en los 
inyectados ojos al decir esto. Andrés dio un paso 
atrás, como si viese una bestia feroz; y reem- 
plazando ala carrera en su corazón la indigna- 
ción y el coraje á la sorpresa, subióle al rostro 
una oleada de sangre y, con acento esta vez de 
indecible, iracundo desprecio, y mirada más 
desdeñosa todavía, 

— ¿De usté ? — le dijo — ¿de usté ? Es usté 
desmasiao ruin pa que eya lo puea mirar si- 
quiera. 

— ¿Ruin? — rugió el isleño, ya loco de ren- 
cor é ira. — Pues así, ruin me ba á tener que que- 
rer eya, y así, ruin y too no lo considero á usté 
diño sino pa aplastarlo con la punta er pie. Así, 
— é hizo ademán de triturarlo bajo la ancha suela 
de suzapatote de cuero. 

— Quisiera berlo — contestó Andrés, casi en 
el mismo estado de furia que su contrincante. 

— Pues cuando quiera se lo pueo probal. 

— Pa luego es tarde. 

E hizo á su vez ademán de echar mano al ma- 
chete que aún llevaba pendiente de la cintura. 

Pero Joaquín no se movió siquiera. Volvió la 
cabeza, mirando á un lado y otro. En la oscuri- 
dad que ya se había extendido, veíanse cruzar 
siluetas vagorosas de reconcentrados que se diri- 
gían á ver si atrapaban algo que engullir, y al- 
gunos oficiales y soldados que pasaban. El fiero 
enamorado volvió la vista á Andrés, y con 

13* 



226 LA INSURRECCIÓN 

la aparente calma suya, que á menudo, como 
entonces, envolvía una tempestad, extendió el 
brazo y dijo : 

— Guárdese eso. Ahora no puedo. 

— ¿No puede? — preguntó Andrés, mirán- 
dolo con desconfianza, aún sacudido de enojo. 

— No pueo pelear aquí, porque si no me pren- 
den y me castigan. Tengo que repartil el rancho. 
¡ Ojalá que pudiera ! Espéreme mañana á la salía 
er pueblo, al aclaral, si es hombre. 

— Argo más que usté — repuso, de nuevo 
enfurecido, Andrés. — Ya se lo probaré, arrastrao, 
ya que ahora no quiere. Cuando guste. 

— Pues mañana. — Había vuelto á adquirir 
su extraño dominio de sí mismo : había conse- 
guido ya lo que deseaba. — O usté ó yo — agre- 
gó. — Los dos juntos no. O usté, ó yo — añadió 
aún, alejándose ya. 

— Sí, ó usté ó yo, ya lo veremos — repitió 
el muchacho, envainando el machete. — ¡Ah, 
canaya ! ¡Querer enamorar á Tera!... Pero ¡y 
taita ! ¡ Lo había olbidao ! 

En efecto, no se había acordado de que quizás 
lo necesitaría y estaría aguardando, ni de que él 
tenía que comer también, pues apenas había pro- 
bado bocado. — Apresurando el paso, pronto 
llegó al Hospital, y se entró en él, en busca de su 
padre. 



Hallábase éste en condición muy distinta, de 
espíritu y de cuerpo, de aquella en quehabitual- 
mente se encontrara antes de enfermarse ; 
aunque fuera satisfactorio casi, aquel su estado, 
puesto en comparación con el de las tres cuartas 
partes de los infelices que llenaban el pequeño 
pueblo. Había enflaquecido bastante Torres, y 
parecía mucho más viejo, contribuyendo á esto 
las crecidas barbas y miserables ropas que llevaba 
y las rudezas y penalidades de la guerra, que había 
sufrido. Su antiguo carácter chancero y so- 
carrón había cambiado bastante, por más que 
acaso no fuera radical y definitivo este cambio, 
sino fruto en sazón ahora, pero de poca vida, de 
su propia enfermedad, en injerto con sus cavi- 
laciones. Porque D. Pancho parecía haberse 
vuelto pensativo. A menudo se ensimismaba, su- 
mido al parecer en tenebrosos pensamientos que 
le subían al cerebro, y Andrés, aunque no gran 
observador, había concluido por echar de ver y 
extrañar algo estas meditaciones cuya causa 
obstinadamente le ocultaba su padre. 

Creía el hijo haber notado también que aquel 



228 LA LNSURRECCION 

cambio de carácter databa de no muy lejana 
fecha, y de unos misteriosos secreteos que en 
el campamento había solido tener D. Francisco 
con Ángel Pérez, su antiguo vecino. El asunto 
de estos secreteos era un enigma para Andrés. 

Lo cierto era que tenía cosas raras su taita 
desde entonces ; sobre todo, su afán inesperado 
y súbito de llegar al pueblo pronto... Y aunque 
esto ya se podía explicar por Tera y D a . Rosa que 
en él estaban, lo curioso del caso era que ni una 
vez le había preguntado á su vastago por ellas 
ni se había ocupado para nada de las mismas 
estando ya cerca de ellas, sino que parecía su- 
mido más y más en un pensamiento fijo y oculto. 

Cuando llegó Andrés aquella noche á donde 
él estaba, lo encontró, no acostado, sino paseán- 
dose á un lado y otro enfrente de la cama. Las 
de ambos lados se hallaban á la sazón vacías de 
enfermos. El médico no había de venir ya hasta 
el día siguiente, y D. Pancho, que estaba en aquel 
momento algo mejor, no se hallaba en la cama, 
y aprovechábase del permiso que tenía, para 
moverse un poco. 

El aposento era bastante sucio y estrecho, de 
madera con tilas de lechos, vacíos muchos de ellos 
y otros con enfermos, los más ó todos dormidos 
ó adormilados, y estaba alumbrado escasamente 
el conjunto por dos faroles de gas colgados del 
techo. D. Francisco tenía en aquella ocasión 
el aspecto preocupado é inquieto que ya se iba 



LA UN SURRECCIÓN 229 

haciendo casi habitual en él, y, en cuanto atisbo 
al muchacho que llegaba, pareció tomar una re- 
solución de decirle algo que tenía guardado; 
porque se le quedó mirando fijamente, de pie 
delante de él. 

Pero no llegó á abrir la boca; y Andrés, que 
tenía también por otra parte sus motivos para 
no estar muy ligero de carga y alegre de cora- 
zón, sin reparar en la cara del anciano le pre- 
guntó, bajando la voz para no despertar á los 
dormidos : 

— ¿Ya comió? 

— Ya — fué la respuesta — ¿ y tú ? 

— Toabía. A eso boy ahora. Quería ber antes 
si tenía nesesidáde argo. 

— De na en este momento. 

— Pues entonses, boy en un sarto y güerbo. 
Dio algunos pasos para salir. D. Pancho, que 

parecía indeciso y como medroso de preguntar 
algo, 

— ¡ Ah! Oye, Andrés, basa comer ahora ¿ no? 
— le preguntó para que retrocediera. 

Lo cual hizo en efecto éste. 

— ¿No se lo he dicho? Sí. ¿Deseaba argo? 

— No, no, na, naitica. Bete ácomel. 

Fuese de nuevo Andrés, algo extrañado, y el 
padre quedó midiendo con sus pasos el pavi- 
mento de la enfermería. 

Cuando retornó el muchacho, aún seguía 
D. Pancho su paseo, y lo siguió por algunos mi- 



230 LA INSURRECCIÓN 

ñutos más. Tras de los cuales se volvió y pre- 
guntó, fingiendo indiferencia : 

— ¿Ya comiste? ¿Te dio bastante comida el 
ranchero? 

— ¿Qué ranchero? ¿El de los reconsentra- 
dos? No ; ¿ usté no sabía que yo comía aquí en 
el Hospital? 

— ¿Aquí?... ¡Ah, sí! Entonses... entonses... 
no conoses al ranchero ¿no? ¿no lo has bisto? 

Tan extraña ansiedad se delataba en la voz y 
el aspecto de D. Francisco al hacer esta simple 
pregunta, que, lleno de asombro, lo miró Andrés 
para adivinar por su semblante la intención de 
su frase. Instantáneamente se le ocurrió al 
último que su padre se la dirigía por el encuen- 
tro que acababa él, Andrés, de tener ; pero en 
seguida comprendió que no era posible que ya 
hubiese llegado á su noticia. 

— Como conoserlo — repuso, embarazado 
sin embargo, y no queriendo mentir sin necesi- 
dad — como conoserlo, sí lo conosco. ¿Por qué 
lo dise ? 

— ¿Yo? Pol na. Una pregunta. ¿Y te ha 
hablao? 

— Sí. 

— ¿Sí? — Y la expresión ansiosa del rostro 
de Torres subió de punto. Y¿ qué te ha dicho? 
¿Na de particulal? 

— Na.¿ Qué me iba á desil? 

Pero el embarazo de Andrés le vendió, ha- 



LA INSURRECCIÓN 23 i 

ciendo al padre atribuir aquél á otra causa. 

— Bamos, tú me ocurtas argo — dijo arri- 
mándose y poniendo una manaza en el hombro 
á Andrés, que se había sentado sobre la cama. 
— Si te ha pasao arguna cosa, cuéntamela, hijo, 
cuéntamela, que no's ta bien eso de ocultar na 
á su padre. 

Turbóse más Andrés, vacilando en hablar. No 
estaba acostumbrado á mentir ni engañar jamás 
á D. Francisco, á quien siempre había comu- 
nicado todos sus pensamientos y que era un 
amigo mayor, experimentado y cariñoso, para su 
hijo. Dudaba éste, sin embargo, que si le 
confesaba su reciente conversación con el gue- 
rrillero, no fuera á querer impedir que se en- 
contrasen al siguiente día ; y este era el único 
motivo que le sujetaba para no referírselo todo. 
Por ello permaneció con la cabeza baja, cortado y 
confuso, y D. Pancho, ansioso y preocupado á su 
vez, quedó observándole. 

— Andrés... — dijo luego. 

Y lo sacudió suavemente por los hombros. 
Andrés alzó la cabeza. 

— Mande. 

— Mira, hijo, á tí te ha pasao argo, ya te lo 
he dicho, no lo has podio ocurtar, con el ranchero. 
Tú nunca me has ocurtao á mí na, porque sa- 
bías bien que yo no te hasía na y siempre te daba 
consejos pa que Insieras lo que debías hasel en 
toas las cuestiones. Cuéntame, hijo, cuéntame, 



232 LA INSURRECCIÓN 

que yo te prometo que, sea lo que sea, no haré 
más que haser lo que he hecho siempre. Ahora 
que estamos solos, cuéntamelo. 

Andrés parecía hacer esfuerzos y luchar con- 
sigo mismo. De súbito pareció tomar una deter- 
minación. Sí, no debía engañarlo, y menos, malo 
como estaba. Y después de todo ¿ qué ? él no lo 
iba á hacer quedar mal de ningún modo : era 
muy puntilloso en esas cuestiones, siempre le 
había oído decir acerca de esos asuntos que el 
padre no debe nunca hacer quedar mal al hijo. 
Se lo contaría, pues, ¿ porqué no? Ya él le había 
prometido que no haría más que aconsejarlo, 
fuera lo que fuera, y á él, á Andrés, le quedaba 
el recurso de hacer otra cosa, si lo creía mejor. 

— Pues sí, se lo boy á contar á usté ¡ qué 
diablos! Ya soy bastante hombre pa saber lo que 
debo hasel y no me ba á impedir que lo haga, 
cuando no está bien otra cosa. 

— | Claro! — dijo gravemente D. Pancho. — 
Pero ¿cuál es la cosa? A ber, dime. 

En la única silla que allí había sentóse, en- 
frente del que por tanto tiempo había creído ser 
su único hijo, y Andrés, á su vez sentado sobre 
el borde del lecho, empezó á contar su visita á 
D a . Rosa y Tera, primero, y luego su encuentro 
con el guerrillero. 

D. Pancho Torres no varió de posición, ni 
pestañeó, ni aun pareció respirar mientras An- 
drés hablaba. Escuchaba con ansiedad profunda 



LA INSURRECCIÓN 233 

y creciente, y con terror que también crecía á 
medida que avanzaba el relato. Sentíase abru- 
mado de pensamientos dolorosos, confundido, 
anonadado ante aquella complicación, quizás 
castigo de lo Ignoto por un momento de olvido 
del deber, que se le venía encima. 

Cuando concluyó Andrés, quedó el padre con 
la cabeza baja, agitados el pecho y la respiración, 
secos los ojos, la mirada fija. ¡ Cómo se precipi- 
taban los acontecimientos, y en qué forma! 
¡ Santo Dios! ¿Sería posible todo aquello? Sería 
posible lo que le había contado, loque le había 
probado Ángel Pérez, y lo que le acababa de 
contar su hijo? ¡ Y él, que aquella noche misma 
se había decidido, no pudiendo soportar más la 
carga fatigosa de sus ideas, á preguntar algo á 
Andrés, aun á riesgo de que pudiese éste entrar 
en sospechas, no se había figurado que iba á saber 
más, mucho más de lo que hubiera querido!... 

¿ Qué hacer? ¿ Qué decidir? Nada, nada, nada 
se le ocurría en aquel amargo trance, encruci- 
jada de su vida en que se cruzaban todos los ca- 
minos buenos y malos que había seguido. Tenía 
el cerebro tan cargado y el corazón tan lleno y 
el alma tan repleta y afligida, que se maravillaba 
de que no estallase su ser en aquella hora de 
expiación y sufrimiento. 

Y, en tanto, había olvidado por completo á 
Andrés, el cual, más maravillado que él, lo con- 
templaba, como alelado, confundido también, 



234 LA INSURRECCIÓN 

aunque por causa mucho menos grave, y admi- 
rado de aquel silencio y aquella inmovilidad y 
aquella expresión como de horror que había to- 
mado el rostro de D. Francisco al escuchar su 
revelación. Para Andrés, la cosa no era para 
tanto, ni mucho menos; y por más esfuerzos que 
hacía, ni acertaba á explicársela, ni se atrevía á 
sacar á su padre de su meditación, alcanzándosele 
y presintiendo confusamente que á algo más serio 
y grave obedecía. 

Así pasaron ambos cinco minutos colmados, 
durante los cuales se podía haber oído en la de- 
sierta y tenebrosa sala el desigual latir de sus 
corazones agitados. Las filas de camas parecían 
hileras de nichos enyesados por fuera, vistas de 
frente, aunque el silencio que todo el aposento 
circundaba lo interrumpían algunas veces el 
crujir de un catre ó el gemido rápido y penoso 
de algún enfermo al cambiar de posición, á medio 
dormir, dentro de aquél, que hacían ver que no 
eran aún cadáveres los que en aquellos simula- 
cros de nichos reposaban. 

— I Taita ! — bajito, muy bajito dijo Andrés 
por último. — ¡ Taita ! ¡ padre ! 

Torres levantó la frente y le miró con ojos 
fijos aún y sin expresión, como si no se acordase 
de nada. 

— ¡Padre! Conque usté... no me ba á desil 
namotibao al asunto ¿ no? —prosiguió Andrés 
algo tímidamente. 



LA INSURRECCIÓN 233 

Levantó el padre el cuerpo, que tenía inclinado 
y casi doblado hacia adelante, y dijo brusca- 
mente, sin mirarlo : 

— Eso no pue sel. 

— ¡ Que no pue sel ! ¿ Qué es lo que no pue 
sel, mi padre? ¿ que yo le enseñe á hablar á ese 
bruto? ¿porqué? usté nunca me ha dicho eso. 

— No pue sel, no pue sel — repitió con expre- 
sión de desvarío D. Pancho. — No, no. ¡ Impo- 
sible ! ¡ Dios mío ! 

Impuesto por el tono en que dijo esto su in- 
terlocutor, quedó Andrés asustado y presintiendo 
de nuevo que había algo muy grave también en 
aquella negativa. 

— Pero. .. ¿ por qué ? — preguntó temblando. 

— ¿ Por qué ? ¿ por qué? ¡ Ah ! ¿ por qué? — 
Quedóse D. Francisco un momento en suspenso 
y mirándole en los ojos. . . — Yo te digo que no — 
añadió después — y que no lo harás, no lo harás, 
porque, en cuanto que amanezca, le doy paite ar 
comandante militar yo mismito, pa que los pren- 
dan en seguía si se quieren fajal. ¡ Baya! ¿ Ya lo 
oíste, por qué? 

— ¿Usté? ¿Usté dar paite? ¡ Pero se ba á 
figural er canaya ese que yo le he cogió miedo y 
se lo he dicho á usté por eso! Y usté, ¿se queda 
solo? ¿Y Tera, y D a . Rosa? 

D. Pancho ni se acordaba ya siquiera de lo 
que había dicho, ni había escuchado la respuesta 
de Andrés. Hablaba por hablar, como un loco, sin 



236 LA INSURRECCIÓN 

escuchar contestación alguna, solicitado por cien 
distintos proyectos que en seguida desechaba. Ya 
quería, sin poder aguardar más, contárselo todo 
á su hijo, ya pensaba inútilmente en huir, huir 
muy lejos, ya en la muerte, para salir de tanto 
enredo que su cerebro no podía soportar, ya en 
mil salidas sin acertar con ninguna que fuera de 
fácil y espacioso franqueo. — Era ya la media 
noche, y ninguno de los dos pensaba en acostarse. 
— Estamisma noche — murmuró el padre — esta 
noche hemos de desidir esto, de cualquier modo. 

— Yo ya lo tengo desidío. Déjeme darle una 
palisa al puerco der ranchero ese... 

— ¡ Pero si no puedes, no puedes! — dijo con 
desesperación D. Pancho. 

— ¿ No puedo? — lleno de admiración inte- 
rrogó el muchacho. — Pues he de poder — exclamó 
después, ya exasperado y lleno de vengativa rabia. 
Ese no se ba á quedar así, ya lo berá. O él me 
mata, ó lo mato yo. 

— ¿ Qué dises? — preguntó, desencajado y lí- 
vido como un cadáver, D. Francisco. — ¡ Matarlo ! 
¡ Matarse ustedes, matarse ustedes! ¡ Santo Dios! 
¡ Como Caín y Abel ! — Las ideas se le extra- 
viaban, se le iban. 

— ¿Está loco, taita? — conelcorazón oprimido 
y medroso dijo Andrés. — ¿ Qué es lo que está 
hablando? ¿ Caín y Abel? ¿ Pero qué tiene que 
ber éso con ésto? ¿Es pariente mío acaso ese 
guerrivero? 



LA INSURRECCIÓN 237 

— ¿ Pariente tuyo ? 

Con los ojos como dos ascuas, de la fiebre que 
ya le devoraba, el pecho convulso, la expresión 
lastimosa, se le acercó más, bajó más la voz... 
Ya le ahogaba el secreto, no podía resistir más, 
le quemaba la garganta... Además, si no se lo 
decía todo á Andrés, se matarían. 

— ¿Pariente tuyo? 

Cogióle por la muñeca con la mano helada, y 
acercó la boca, por la que salía la respiración 
más helada aún, al oído de Andrés : 

— ¡ Es, pa que lo sepas de una bes... tu her- 
mano ! 

Después, acabado de destrozar su organismo 
enfermo por la excitación y la pena, cayó sobre 
el lecho sin conocimiento. 



Clareaba el horizonte apenas por el lado de 
Levante, y el sol, como hábil artista que sabe 
preparar el espectáculo y los ánimos, estaba to- 
davía detrás de bastidores mientras se hermo- 
seaba la vastísima escena del firmamento con 
decoraciones maravillosas, y la orquesta de la Na- 
turaleza, colocada debajo, hacía oir sus primeras 
arrobadoras notas. El maltrecho Joaquín, que 
acababa de llegar al punto de su cita con Andrés, 
buscó un asiento donde poder sentarse y prose- 
guir las reflexiones sobre sus malandanzas, que 
en toda aquella maldecida noche no le habían 
dejado, y lo halló en una gran piedra que estaba 
al pie de un flamboyán de los que habían quedado 
para contar la historia de lágrimas y sangre y 
ruinas, la increíble historia que casi á la misma 
sombrade su frondosa copase había desarrollado 
en parte. 

Tenía ojeras el infeliz isleño, y profundas; y 
el alma tan llenadehiel y desesperación, que no 
eran poderosas á endulzársela un instante todas 
las gracias y lindezas de la alborada aquella, la 
cual, como niña retozona, y por bella y graciosa 



LA INSURRECCIÓN 239 

consentida, parecía buscarle los ojos y hacerle 
fiestas y coqueterías que él con desdén amargo 
rechazaba. 

¡ Y cómo había ansiado, sin embargo, que lle- 
gase — creyendo que iba á sacarlo del infierno de 
sus pensamientos — en aquellas lentas horas de 
la noche pasada ! ¡ Y qué noche, Cristo, qué 
noche! En claróse la había pasado, mirando con 
la mente el triste cuadro de su situación, y sin 
acertar á vislumbrar un destello de esperanza y 
luz en la tenebrosa oscuridad que por todas partes 
le rodeaba. Ni padres tenía con quienes desaho- 
garse y á quienes pedir consejos y consuelo en 
su tremenda pena, ni amigos verdaderos, ni pers- 
pectiva otra que la de empeorar, cualquiera que 
fuese el resultado del encuentro. Porque si su 
contrario llevaba en él la mejor parte, sería un 
héroe después ante la muchacha y más ganaría en 
el cariño de ésta; y si llevaba la peor, entonces... 
¡ ni pensar deseaba en eso! Capaz sería Tera de 
morirse antes que ser del matador de Andrés. 

¡ Pobre Joaquín! — En su angustia sobrena- 
daba aún, sin embargo, su fiero orgullo que le 
inducía á aguardar á aquel rival que tan comple- 
tamente lo derrotaba en el terreno del amor. 
— • Ya veríamos si sería igual en otro terreno ! — 
Este resto de orgullo lo sostenía ; ni odio experi- 
mentaba ya, sino una lástima profunda, infinita, 
inmensa de sí mismo, sólo contenida por su in- 
domable nativa fiereza. 



240 LA INSURRECCIÓN 

Esta fiereza era lo que le había hecho salir 
muy temprano del pueblo, aunque aún faltabaun 
rato para el momento de la cita. Llevaba pen- 
diente de la cintura un machete, arma que ya 
había aprendido a usar bastante bien, y le latía el 
corazón de ansiedad y miraba afanosamente hacia 
el pueblo, creyendo á cada instante distinguir la 
silueta de su contrincante viniendo á donde él lo 
aguardaba. El sol iba saliendo poco á poco en 
tanto, y brillaba el cielo azul, aunque él no lo 
veía, vuelta lamirada hacia su interior donde todo 
era negro. Joaquín empezaba á impacientarse. — 
Al salir el sol — le había dicho Andrés, y dentro 
de poco estaría aquél de fuera por completo. 
Aguardó, no obstante, con ansia creciente, hasta 
otra media hora, casi contando los segundos. 
¡ Nada! ¿ Qué era aquello? ¿ no vendría? ¿ Ten- 
dría miedo el muchacho? Con júbilo súbito se 
hizo Joaquín esta pregunta, y con un súbito rayo 
de esperanza rompiendo al cabo las tinieblas de 
su desesperación. Si era cierto que no había ve- 
nido por temor, que le temía, entonces ese era 
quizás el único recurso que le quedaba á él, 
Joaquín, para echarlo del pedestal al suelo 
delante de Tera, dejarlo mal á los ojos de ésta, 
ponerlo en ridículo como cobarde... 

Siguió aguardando, empero, confundido y sin 
atreverse, en el fondo, á atribuir la falta de pun- 
tualidad á miedo. La tarde anleriorno tenía nada 
de tímido ni medroso el aspecto de su rival ni 



LA INSURRECCIÓN 241 

su catadura era de semejante gusto. Sin saber 
por qué, sin atinar á explicárselo, se figuraba el 
isleño que algo había en aquella falta, algo en que 
él quizá tenía mucho que ver. Pero el caso era 
que Andrés no parecía, y la hora se pasaba. Lo 
mejor era ponerse en camino para la población, 
que, en todo caso, si venía el otro retrasado, ya 
se encontrarían por la carretera. 

Echó á andar Joaquín despacio, observando con 
vista penetrante para ver si descubría á alguien, 
pero no halló á paisano alguno en todo el camino. 
El pueblo estaba como siempre y se aproximaba 
la hora del reparto matinal de alimento, que 
él había olvidado. Tiró por la calle principal, 
siguiendo su escrutinio con la vista, y ahora 
miraba en todas direcciones, sin ver más que ros- 
tros casi en esqueleto, miembros flacos asomando 
por las roturas de mugrientas ropas y miembros 
monstruosamente hinchados como por burla 
siniestra del hambre que les daba la apariencia 
de la robustez y los llenaba de agua y humores 
asquerosos. Pero con ninguno de los que por 
diversas razones buscaba pudo dar. 

A Andrés lo tenía que ver, sin embargo, de 
cualquier modo. Aquello no podía quedar así. 
Pero ya habría tiempo aquel mismo día, y se 
propuso aclarar el misterio después del reparto. 

La cabeza le era un volcán, de puro ardiente y 
puro rebullir. ¡ Cristo! había que indagar, había 
que indagar. Aquella vez ni sabía lo que estaba 



242 LA INSURRECCIÓN 

haciendo mientras entregaba la comida. A algu- 
nos dio más que de costumbre, para sorpresa 
agradecida de ellos, y dolor amargo de otros que 
apenas se quedaron con la ración de un pájaro 
aquel día. Pero, á pesar de todas sus preocupa- 
ciones, aun le quedó atención para fijarse en que 
Tera no había acudido á recoger la suya y la de 
D a . Rosa, como acostumbraba. Esto era lo único 
que faltaba, si algo, para acabarlo de poner en el 
potro, depuro perplejo. ¡ No venir! j Cristo! 
¿Qué era lo que quería decir todo aquello? ¿Qué 
manejo se traían? ¿ Qué había ocurrido? 

De repente le vino ala cabeza un proyecto que 
rápidamente echó allí raíces y se posesionó de 
él por completo. Si no estaban en el bohío las 
dos mujeres, estaban todos en el Hospital. 
Allá se iría, sin más pensarlo. Tal vez se había 
muerto el viejo ó estaba muriéndose... Y al asal- 
tarle este pensamiento, sintió que se le estreme- 
cía el cuerpo y le temblaban las piernas sin que 
él supiera por qué. Recordó entonces que dos ó 
tres de los antiguos vecinos de D. Pancho le ha- 
bían preguntado que si era pariente de éste; y 
una vez que su primo Ángel se le había quedado 
mirando de hito en hito, había exclamado des- 
pués : 

— ¿ Sabes que eres paresío al padre de... del 
nobio é tu enamora? 

Todo esto, á que no había puesto grande aten- 
ción de momento, pero que alguna vez se le había 



LA INSURRECCIÓN 243 

ocurrido, le \ino ahora á la imaginación con 
extraña claridad y fuerza, aplacando, aún casi á 
pesar suyo, sus rencores. 

Mas no se detuvo á cavilar más. Estaba deci- 
dido á enterarse de lo que pasaba, y, apenas con- 
cluyó el mísero reparto, poniendo en planta su 
proyecto, se encaminó al bohío de D a . Rosa y Tera, 
el cual estaba vacío, como él esperaba que estaría. 
Y sin más vacilación ni más pensarlo, cambió de 
rumbo, y dos minutos después estaba en la puerta 
de la especie de sala en la que, entre otros, se 
hallaba el catre del viejo enfermo. 

Pero á la vista que se le ofreció, aunque en 
parte él la había anticipado, dio un paso atrás 
Joaquín y se quedó perplejo é inmóvil. 



En derredor del lecho de D. Pancho estaban su 
hijo Andrés, Tera y su madre, un hombre de uni- 
forme que Joaquín había visto antes y sabía que 
era médico del Ejército español, y otro hombre, 
todo afeitado y con cierto aire de humilde gra- 
vedad, que era el capellán de uno de los dos regi- 
mientos que estaban entonces en el pueblo. Todo 
esto vio Joaquín á la primera mirada, y la fila 
siniestra de bajas camas, y los rostros ansiosos y 
solemnes de los demás enfermos, fijos en el grupo. 
Y permaneció como petrificado, mudo, sin darse 
aún entera cuenta de lo que pasaba, ni de loque 
sentía : una mezcla de sorpresa, horror y miedo, 
imposible de describir. 

Luego, en los pocos segundos que se siguieron, 
notó que el silencio casi fúnebre que en toda la 
habitación reinaba lo interrumpían tan sólo so- 
llozos ahogados de las mujeres y como gemidos 
sordos que salían del lecho alrededor del cual se 
hallaban reunidas las personas que él había es- 
tado buscando. Y sintió un frío de hielo en las 
venas, y como que le faltaban de pronto á sus 
rodillas fuerzas bastantes para sostener el peso 



LA INSURRECCIÓN 245 

de su cuerpo. Zumbábanle los oídos, latíanle las 
arterias de las sienes, y un terror atroz, que le 
hacía desear en el fondo del corazón huir, lo man- 
tenía al propio tiempo clavado al suelo, sin mo- 
vimiento y casi sin voluntad. 

De pronto le pareció oir pronunciar su nombre. 
Dos ó tres cabezas se volvieron hacia el sitio 
donde él permanecía como atontado. Después 
hubo una pequeña pausa, una consulta rápida 
entre algunos de los que formaban el grupo, y 
Joaquín vio adelantarse en dirección á él la figura 
del capellán. 

Aguardó aquél con los ojos dilatados por el 
asombro y el terror del presentimiento. El sacer- 
dote llegó á donde élestaba: Joaquín se estreme- 
ció al sentirse tocado en el hombro. Volvióse, y 

— ¿Es V. Joaquín Pérez? — preguntó rápida- 
mente el cura, con política y solemne entona- 
ción, en voz baja. 

— Sí, señor — contestó sordamente. 

— ¿Conoce V. al enfermo que está allí? 

— No, señor — repuso en el mismo tono, y 
como un autómata. 

— ¿Y á los demás que están con él? 

— Sí, señor. Pero ¿ á qué biene too esto ? ¿ Qué 
papel hago yo aquí? — dijo, reanimándose de 
súbito momentáneamente, como quien despierta. 
— ¿Qué pasa? 

— Pasa — respondió el sacerdote — que en 
aquella cama se está muriendo un hombre, que 

14* 



246 LA INSURRECCIÓN 

ha estado llamando á V. en su delirio toda la 
noche; que ese hombre tiene quizá que ver mu- 
cho con V., aunque V. no lo conozca; que es tal 
vez, óigalo V., hasta pariente suyo; que en es- 
tos momentos acaba de volver en sí, y ha pedido 
de nuevo verle á V. ; y al observar que, quizás 
providencialmente, estaba V. aquí, he venido á 
decirle todo esto y llevarle allí para que cumpla 
la volundad ele un moribundo; y que... 

— Pero Padre, Padre — interrumpió el infe- 
liz, como si el corazón ya le advirtiera que estaba 
al borde de la gran crisis de su vida — Padre, 
dígame por Dios ¿pa qué me llama? ¿pa qué me 
quiere? ¿quién es? 

Sin saber por qué, imploraba, acaso por la pri- 
mera vez en su vida; sentíase conmovido hasta lo 
más profundo por aquel anuncio, como si fuera 
á oir su sentencia de muerte. ¿Por qué lo ponía 
así esto, y no lo habían puesto cosas peores que 
había presenciado en su vida? No sabía decirlo. 
Quizá porque estaban allí Tera y Andrés, quizá 
por lo poco que se lo esperaba y lo desprevenido 
que le había cogido, quizá... 

Pero no era tiempo de pensar. El capellán, no- 
tando aquí que algunos del grupo los miraban, 
inquietos é impacientes, á ambos, aguardando el 
resultado de la entrevista, repuso : 

— Para qué le quiere y todo lo demás, ya lo 
sabrá ahora. Vamos, dése V. prisa, que lo están 
esperando. No hay tiempo que perder, que le 



LA INSURRECCIÓN 247 

puede volver el delirio al enfermo, y no volver 
á recobrar el conocimiento. ¡ Vamos, valor! 

¡Valor! Cuando estaba su padre, su propio 
padre en aquel mismo trance, no había necesi- 
tado que le recomendaran que lo tuviese. Y¿á 
qué venía aquella agitación al acercarse á la 
cama de un desconocido? ¡Ni que hubieran es- 
tado cambiados los papeles, y el otro fuera el 
extraño, y éste su padre !... 

Con este pensamiento en la mente, se vio, casi 
arrastrado por el clérigo, caminando hacia el 
lecho, hasta que llegó hasta donde mismo esta- 
ban los que componían el grupo que el suso- 
dicho lecho rodeaba. 

La aflicción de las dos mujeres y de Andrés 
era tan grande, que se sobreponía á la impre- 
sión que lo inusitado y solemne del caso les pro- 
dujera. Lloraban 'las dos primeras inconsolables, 
y el último, al lado de la cabecera del enfermo, 
con emoción demasiado profunda para disolverse 
en lágrimas, hacía esfuerzos — ayudado del mé- 
dico que estaba á su lado, con el dedo pulgar puesto 
sobre el pulso del enfermo — por preparar á 
éste, y calmarle, aunque parecía no necesitarlo 
mucho, y ser el más tranquilo y decidido de todos 
los circunstantes, con esa tranquilidad que suele 
dar la aproximación de la muerte á los que, ya á 
su borde, miran con serena vista el mundo que de- 
jan detrás, comprendiendo, tan cerca ya del otro, 
la pequenez y vanidad de las cosas de aquí abajo. 



£48 LA INSURRECCIÓN 

Estaba Andrés pálido, con una palidez de már- 
mol, como si de la noche á la mañana se hubie- 
ran quedado sus venas vacías; y las facciones te- 
nía también marmóreas, inmóviles, cual aquel 
que, habiendo pasado por algo de lo más tremendo 
é inesperado, siente ya acercarse las cosas ines- 
peradas y tremendas con menos miedo y vacila- 
ción en el ánimo. Tera y D a . Rosa no estaban aún 
del todo enteradas de la oculta causa que ma- 
taba á D. Francisco, aunque por las palabras del 
moribundo en su delirio podían haberse casi im- 
puesto del terrible secreto que estaba á punto de 
salir á luz. 

— ¿Está aquí ya? — preguntó D. Pancho al 
sentir llegar á alguien. 

Hubo un brevísimo instante de silencio. — 
Andrés se inclinó un poco, y con resolución con- 
testó : 

— Sí, padre, aquís ta. 

— Que se aserque — repuso Torres. — ¿ Cómo 
se yama, Andrés ? ¡Ah, Dios! No saber ni si- 
quiera como se yama el... 

— Joaquín — interrumpió el hijo. — Y, vol- 
viéndose al canario : 

— Joaquín, asérquese aquí que lo quiere 
ber... 

Al hablarle de este modo, de usted, y acor- 
darse de que era su hermano, se le atraganta- 
ron las palabras y no supo seguir. Aquello era 
demasiado nuevo, demasiado atroz. El capellán 



LA INSURRECCIÓN 249 

empujó al guerrillero junto al lecho, de modo 
que pudiera verle y hablarle D. Pancho. 

— ¡Jesús, misericordia! — exclamó éste sú- 
bitamente al mirarlo. — Y se quedó como hip- 
notizado, con la vista clavada en su hijo recién 
conocido, perdiendo de golpe toda su tranquili- 
dad, y volviendo á la tierra de pronto, atraído 
por los recuerdos. Púsose á temblar de pies á 
cabeza, con dilatados ojos, como si contemplara 
algún fantasma. — ¡Jesús, si soy yo mismito! 
¡Yo, cuando tenía su edá! ¡Jesús! 

Hizo un esfuerzo para incorporarse, y vol- 
vió á caer sin fuerzas su cabeza sobre la almo- 
hada. Andrés, más pálido aún, si era posible 
estarlo más, le tomó una mano y quiso hablar, 
pero no pudo. Tera del otro lado tenía la otra; y 
la madre, sin fuerzas tampoco, estaba en una 
silla al lado. 

— ¡Valor! ¡Valor! — repitieron á un tiempo 
el médico y el sacerdote. — Y Joaquín, lívido el 
semblante, escuchaba absorto y aterrado sin com- 
prender bien todavía, pero medio adivinando la 
verdad en aquellas palabras y en el rostro de los 
que tenía á los lados. 

Al fin, repitió á su vez con voz cambiada y 
como un maniático : 

— Pero ¿ qué pasa? ¿ qué pasa aquí, Señor? 
¿pa qué me quieren? 

— ¿No lo comprende V. ? — dijo el sacerdote 
solemnemente. ¿No ha oído V. que ha dicho que 



250 LA INSURRECCIÓN 

se parece U. á él como si fuera él mismo?... 
Madre é hija, la una ya por completo enterada, 
la otra casi completamente, con asombro que 
casi igualaba su dolor por el estado deD. Pancho, 
miraban ahora mudas al mocetón demudado 
también y confuso. 

— ¿Que se parece á mí? — dijo éste con agita- 
ción. 

— Sí — exclamó el doctor algo rudamente. — 
Quiere decir que es U. su... 

Pero, á una seña muda del cura, se contuvo. 

— ¿Su qué? — ansiosamente interrogó 
Joaquín. 

Miró á Andrés con mirada indefinible, miró 
al médico, miró á los demás y vio á todos calla- 
dos, pálidos y sin atreverse á hablar. 

— Qué es pa lo que me quieren? — tornó á 
repetir como un loco. — Será acaso mi... mi... 

D. Francisco, que yacía sin sentido, abrió los 
ojos á aquellas palabras, y, como si no tuviera 
fuerzas para hablar, miró á su vez, alternativa- 
mente, á sus dos hijos. Entonces Andrés, enten- 
diendo su deseo, se acercó más á Joaquín, pal- 
pitante, tímido, y, sin embargo, casi sonriente, 
y como pronto á ofrecer el ósculo de paz y el 
abrazo de reconciliación. 

Una luz súbitamente se encendió en lamente 
del último. El corazón le dio un vuelco terrible : 
la sangre lo ahogaba. Le parecía que el tremendo 
secreto de su vida estaba para descubrirse y re- 



LA LNSURRECCION 251 

velarse á sus ojos. De pronto, inesperadamente, 
lo veía. 

— Mi... mi... — dijo balbuceando. 

— i Tu padre ! — contestó Andrés — el padre 
de los dos, y yo soy tu hermano. ¿ No habías 
caído en la cuenta toabía? 

Joaquín no intentó entonces explicarse nada. 
El corazón le decía que era verdad, por más 
extraño que pudiese parecerle. Una ola inmensa 
de ternura, de que tan necesitada estaba su 
alma, le invadió el pecho ; olvidó todo, su 
rivalidad, su odio, su objeto al ir al Hospital, 
todo, y viendo los dos brazos que se le tendían 
y las caras que los miraban sonriendo y llorando 
á la vez de emoción, lanzó un rugido, estalló en 
sollozos y se arrojó en aquellos ayer enemigos y 
hoy fraternales brazos, como á un mar de nueva 
é infinita frescura se lanza el viajero sediento, 
jadeante y fatigado. 

Y D. Francisco, fervorosamente dando gracias 
al cielo en el fondo del alma, y reuniendo los 
escasos alientos que le restaban, con ayuda del 
médico pudo al cabo incorporrose hasta poner 
la mano descarnada sobre las dos cabezas que 
tenía delante. Antes de volver á caer hacia atrás, 
esta vez para no levantarse, pudo así bendecir á 
ambas unidas ; y, como última expresión de su 
gratitud y dolor, de su arrepentimiento supremo, 
no supo más que pronunciar el nombre que en 
casos como el suyo viene inconscientemente 



252 LA INSURRECCIÓN 

á la boca de grandes y de humildes, expresión 
suprema del gran Misterio y de la grande Espe- 
ranza : 

— i Ah, Dios mío, Dios mío, — suspiró traba- 
josamente, con indecible expresión de amargura, 
remordimiento y pesar infinitos — Dios mío!... 



Joaquín pidió explicaciones posteriormente, 
tan luego como se hubo calmado algo la primera 
fuerza del dolor y la aflicción de todos, y en se- 
guida que fué posible y conveniente hacerlo sin 
que la demanda fuese demasiado brutal y poco 
considerada. Y pidió que le explicasen el ines- 
perado hecho de ser él hermano de su rival f 
porque, aunque en el fondo, y sin saber porqué, 
sentíase casi seguro de ello, deseaba conven- 
cerse, sin que pudiera quedar resquicio para la 
duda, de su final infelicidad y desesperanza. 

Preguntó, pues, y acabó de convencerse 
pronto. Eran muchos los que conocían la historia 
de los amores de D. Francisco con la madre del 
guerrillero ; de la súbita desaparición del supuesto 
padre del mismo, y de todas las demás circuns- 
tancias de la aventura que había dado por resul- 
tado su nacimiento. A todo esto uníase el mal 
tratamiento que de aquél había recibido Joaquín 
siempre; y el odio que al parecer siempre le pro- 
fesara el anciano se explicaba también ahora, 
clara y sencillamente : el infeliz marido, enfermo 
y débil, bien sabía, y bien hubo de comprender. 

15 



254 LA INSUURECCION 

desde antes que naciera el muchacho en Cana- 
rias, la verdad del caso ; que su desgracia había 
llegado más lejos de á donde, al salir de Cuba, 
imaginara él, y que el hijo de su mujer no era su 
hijo. 

Y aún había otra circunstancia que estaba á 
la vista de todos : el parecido de Joaquín con el 
difunto D. Francisco Torres, parecido que mu- 
chos habían creído notar antes, y que era patente 
é indiscutible ahora. Todos estos datos, y otras 
varias deducciones é inferencias que de pala- 
bras y hechos pasados se podían sacar y hacer, 
hubieran persuadido al menos dispuesto á per- 
suadirse de la verdad del parentesco. 

Todo esto supo el infortunado isleño. Y, luego 
que lo supo, no pronunció palabra de queja, ni 
hizo un gesto ni movió un músculo del rostro ; y 
aun, en el corto espacio de tiempo que todavía 
pasó junto á su hermano antes de salir á opera- 
ciones, apenas si volvió á hablar tampoco con la 
boca, que parecía muda, ni con los ojos, que 
parecían muertos y sin brillo. 

Pensaba, pensaba, y padecía de un modo que 
no hubiera podido explicar, y se tragaba su dolor 
heroicamente mientras sentía desgarrársele el 
alma, y un desasimiento absoluto é irremediable 
de todo. 

Tera y su madre no se habían marchado del 
pueblo, ni tampoco Andrés, pues las circunstan- 
cias habían vanado y ya era menos urgente y 



LA INSURRECCIÓN 255 

casi innecesaria la ida de todos tres, habiendo 
desaparecido por manera súbita é inesperada las 
causas que motivaran el anterior proyecto de re- 
tirarse si se podía. 

La primordial de estas causas había sido para 
D a . Rosa el extraño y peligroso amor de Joaquín, 
quien no se había ella — ni casi nadie — ima- 
ginado nunca que pudiera ser hermano del novio 
de su hija. Pero luego que supo que lo era, y 
pasada la primera sorpresa y el estupor, se tran- 
quilizó mucho, y más aún al observar la actitud 
que desde el día de la muerte del padre de am- 
bos hermanos había tomado el hijo natural, pues 
no había vuelto á hacer esfuerzo alguno para ver á 
las mujeres, ni apenas las había visto más de dos 
veces en aquellos últimos días. 

No había estado Andrés mucho tiempo con 
ellas tampoco, debido esto á una especie de ins- 
tintiva delicadeza que le impedía contribuir á 
lacerar aún más las llagas ocultas y enconadas 
de aquel atormentado espíritu — por más que no 
sospechaba lo grandes y profundas que aquellas 
llagas eran, ni lo violento de su escozor despia- 
dado. 

En las escasas palabras cambiadas después 
de su reconciliación, entre uno y otro — que 
vivían aún separados y como antes, — había de- 
jado entrever Joaquín que su estancia allí en la 
población no sería larga, aunque Andrés no había 
querido fijarse en estas rápidas y veladas alu- 



256 LA INSURRECCIÓxN 

siones á lo insólito y violento de la situación en 
que se hallaban. 

Ya aquél no repartía el rancho ; y ahora era tam- 
bién éste mucho más abundante y nutritivo, é 
importado de los Estados Unidos, cuya interven- 
ción, pacífica hasta entonces, pero que muy 
pronto iba á dejar de serlo, había comenzado ya. 
La guerrilla á que Joaquín pertenecía estaba para 
salir á operaciones de un día á otro con la co- 
lumna de que formaba parte ; y, habiendo cesado 
el canario de ser ranchero, debía incorporarse á 
ella; cosa que en el fondo antes satisfacía que 
contrariaba á todos, pues que aflojaba, aunque 
fuera sólo por corto tiempo, la presente casi into- 
lerable tirantez de las relaciones. 

Cuando Joaquín oyó sonar por fin la trompeta 
que tocaba llamada y tropa, sintió los latidos de 
su corazón, por primera vez desde la muerte de 
su verdadero padre. 

El día estaba algo nublado, y él se puso apre- 
suradamente los botones de la guerrera y tomó 
las armas. 

— Andrés — dijo bruscamente á su hermano, 
el cual había ido á verlo, para despedirle, y es- 
taba acompañándolo mientras se arreglaba. 
¿ No te párese una cosa ? 

— ¿ Qué quieres ? — dijo Andrés. 

— ¿ No te párese que sería mejor pa toos que 
yo no gorbiera? 

— No digas eso, Joaquín, no seas bobo — 



LA INSURRECCIÓN 257 

repuso el otro, que estaba aún abatido y triste 
por la reciente desgracia. ¿ Porqué? 

A lo cual tardó algo en responder el interro- 
gado ; tanto hubiera tenido que decir. Pero sólo 
exclamó : 

— Debe de darte bergüensa belme con este 
uniforme. Tuque eres cubano... Yo soy del otro 
lao del charco. 

El nombre de Tera no se había vuelto á pro- 
nunciar éntrelos dos. 

Andrés no dijo nada. Joaquín tampoco volvió 
á abrir los labios hasta que, reunido con los de- 
más compañeros de la guerrilla, ala vanguardia, 
montado ya en su caballo y con su hermano al 
lado, distinguió á D\ Rosa y su hija entre la 
multitud, en un lugar algo apartado. 

El semblante se le iluminó de súbito ; le esta- 
ban diciendo ¡ adiós ! con la mano. Pero la or- 
den de marcha iba á darse ya. 

— Andrés, — dijo entonces Joaquín, tomán- 
dole la mano — adiós. 

— Hasta la güerta — contestó Andrés estre- 
chándosela cordial y efusivamente. — ¿Me pro- 
metes que no serás más guerriyero cuando 
güervas — añadió bajando la voz — y que esta 
será la úrtima bes que sargas á operasiones en 
contra é los cubanos? 

— ¿Que si te lo prometo? — respondió el 
pobre hermano algo sorprendido. 

Mas con extraña expresión y sonrisa, y una úl- 



258 LA INSURRECCIÓN 

tima y no menos extraña mirada alas dos mujeres, 

— Sí — agregó con resolución. — Te lo pro- 
meto; esta es la úrtima. — Y en el instante en 
que se ponía en marcha la columna, notando 
que Andrés no había reparado en la presencia 
de la madre y la hija, le dijo, partiendo : 

— Mía á D\ Rosa y Tera. Bes pa aya. Quisas 
te andan buscando... ¡Adiós! 

Se alejó, envuelto en la gruesa ola de la co- 
lumna que avanzaba. 

Y no volvió. 

... ¿Qué fué de él? ¿Murió? ¿Siguió viviendo? 

A derechas y á ciencia cierta no se supo ; 
aunque era de presumirse, por las últimas pala- 
bras que se le oyeron pronunciar, que no era 
improbable que hubiera sucedido lo primero. 

— Esta es la úrtima bes que sargo. ¡ La úr- 
tima ! 

Y ¡ qué resolución le brillaba en los ojos par- 
dos y pequeños al decirlo ! 

Andrés no se había fijado gran cosa en las 
palabras ni en la mirada, en aquella ocasión, 
pues inmediatamente hubo de distraerlo la vista 
de Tera que se aproximaba con su madre. Pero, 
más tarde, le parecía acordarse de haberlas ob- 
servado, y hemos de decir que con pena, con 
pena sincera y profunda, en la cual había algo 
de compasión infinita. 

Lo único cierto y positivo, sin embargo, era 



LA INSURRECCIÓN 259 

que Joaquín no había vuelto de operaciones. La 
guerrilla retornó sin él, y con dos hombres muer- 
tos. Habían sido cogidos en una emboscada, se- 
gún contaban los supervivientes. A la primera 
descarga habían caído dos, y se habían esparcido, 
con la sorpresa, algunos otros. (La guerrilla, 
cuando esto aconteció, se hallaba separada buen 
trecho del grueso déla columna.) Pero inme- 
diatamente los demás guerrilleros no esparci- 
dos repelieron el ataque, según la versión de los 
mismos, y las fuerzas enemigas, según la propia 
versión, se habían retirado llevándose sus muer- 
tos, que debían de ser numerosos á juzgar por 
los rastros de sangre. Sólo dos ó tres guerrille- 
ros se extraviaron, entre ellos Joaquín, pero 
pronto volverían. 

... Y volvieron todos, menos el pobre Joaquín. 
Se hicieron averiguaciones, pesquisas, pero no 
se pudo saber su paradero. 

Los acontecimientos, entretanto, se precipi- 
taban con rapidez avasalladora y sorprendente. 

Porque es de saberse que aquella columna en 
que el isleño se fué, formando de ella parte, era 
de las últimas que habían de salir á operaciones, 
pues pocos días después declaróse un armisticio 
de parte de los españoles, aunque no por la de 
los cubanos, á quienes no se había comunicado 
la medida ni pedido su opinión acerca de ella, y 
que estaban, por consecuencia, libres de hacer 
lo que por conveniente tuvieran en el asunto. 



í!60 LA INSURRECCIÓN 

Declarado, sin embargo, parcialmente el ar- 
misticio, siguióse un período de calma aparente, 
y en realidad de profunda conmoción para los 
ánimos, pues que eran aquellos días acaso los más 
trascendentales para Cuba en toda su relativa- 
mente corta, pero sangrienta y agitada historia. 
Lo que había sido de esperarse iba á ocurrir : 
los Estados Unidos parecían resueltos á concluir 
la guerra, y los perjuicios que ésta les irrogaba. 

En el mes de Febrero de aquel año de 1899 había 
sido volado elMaine en la bahía de la Habana; 
y este hecho, de origen desconocido, y que pro- 
bablemente lo será por siempre, fué, de cualquier 
manera la gota de agua que dio lugar ala inun- 
dación, pues el río estaba ya crecido y en inmi- 
nente riesgo de desbordarse. A poco, el Congreso 
norteamericano se reunía, y después de borras- 
cosos debates y ansiosa espera del país y en me- 
dio de la universal expectación, adoptó por úl- 
timo la resolución que decretaba la libertad é 
independencia de Cuba y conminaba á España á 
dejarla independiente y libre. 

Claro es que no consiste nuestro objeto en 
reseñar esta guerra ni sus peripecias, sino — 
en cuanto tienen relación con esta historia y en 
cuanto es indispensable hacerlo para dar á cono- 
cer el destino final de sus personajes, que tan li- 
gado estaba al desenvolvimiento de aquella lu- 
cha, — señalar sencillamente la ocurrencia de 
la misma, y su terminación rapidísima. 



LA INSURRECCIÓN 26i 

España se negó resueltamente á renunciar á su 
mejor colonia, y prefirió arrostrar las conse- 
cuencias de hacer frente al poder colosal que se 
lo ordenaba. Así, pues, hízole frente decidida, y 
estalló el conflicto. 

¿Qué fué de nuestros personajes entre tanto? 
¿Qué se hacían, qué se hicieron durante el tiempo 
que duró aquella segunda guerra, rápida casi 
como una exhalación y detan duraderos resulta- 
dos sin embargo ? En pocas líneas se puede con- 
testar á estas preguntas ; para relatar la suerte 
que á cada uno de ellos cupo durante aquel pe- 
ríodo memorable, pocas líneas bastan; pues no 
ocurrió en sus respectivas vidas incidente al- 
guno digno de narrarse, y apenas varió en nada 
su situación durante aquellos meses. 

Los que de los consabidos personajes estaban 
en la manigua, permanecieron en ella y se con- 
virtieron de actores de la contienda en especta- 
dores forzosos, pues que todos ellos se encon- 
traban, al ser declarada la guerra entre españoles 
y norteamericanos, en Occidente. Y esta parte 
de la Isla, en contra de lo que generalmente se 
esperaba, no llegó á ser la escena principal, ni 
aún la secundaria, del conflicto, por no haber 
habido necesidad de que lo fuese. Mientras en la 
provincia oriental las tropas unidas de Cuba y 
los Estados Unidos tomaban á Santiago, en el 
resto de la Isla no había nada que hacer sino 
aguardar. 



262 LA INSURRECCIÓN 

Trabajos se pasaron, é incontables y horren- 
dos, en el intermedio, en campiñas y poblados, 
y hambres y desnudeces y privaciones sin me- 
dida : que el acto último del drama sangriento 
fué acaso el más terrible de todos. 

Padecieron, pues, los que en el pueblo estaban 
y los que estaban en el campo; padecieron 
horrorosamente hombres y mujeres, y no mu- 
rieron todas las personas de esta historia... 
porque el Destino no quiso que murieran. 

Pero sí quedó en deplorable estado la mayoría 
de ellas, aunque por satisfechas y agradeci- 
das tenían que quedar también de haber salido 
con vida. En cuanto á Joaquín, al infeliz, al 
bueno de Joaquín, — pues buenísimo fué en el 
fondo de su carácter rudo y tras su máscara de 
brusquedad, — hubo que creer al cabo en su 
muerte : no se volvió á saber nunca de él. 

Su hermano lo sintió con toda la sinceridad 
de su ingenua naturaleza. No podía pensar en 
él sin pena y lástima grandes, é hizo todo lo hu- 
manamente posible por encontrarle. Pero fué 
inútil: casual ó voluntariamente, el isleño había 
desaparecido para siempre. 

Tera y su madre llegaron aún á llorar por su 
suerte infausta. La primera le guardaba gratitud 
por su constante bondad para con ella, y com- 
pasión también por haberle sido imposible co- 
rresponder á su pasión malhadada. Además, su 
instinto femenino le hacía comprender mejor 



LA INSURRECCIÓN 263 

que nadie lo verdadera y todopoderosa que 
aquella pasión había sido, y sentía el melancólico 
y un poquito egoísta enternecimiento del que, 
sin amar, se siente amado de modo absoluto, 
sobre todas las cosas creadas... 

Al fin se fué, sin embargo, empezando á olvidar 
poco á poco aquel lamentable incidente, que era 
para la mayoría corriente y diario, y uno de 
tantos de la guerra. Algunos supusieron que el 
isleño había sido muerto, en el encuentro por los 
cubanos ; otros — los más — que, habiendo sido 
capturado por éstos, en el encuentro, ó después, 
lo habían sentenciado seguramente á muerte, por 
su traje. A haber tenido puesto uno de soldado 
español, podía haberse visto á Joaquín volver al 
pueblo. Con el traje de los guerrilleros, no había 
que esperarlo. No solía perdonarse á los últimos 
y sí siempre á los primeros : el uniforme, pues, 
quizá le condenaba. 

Y apenas se pensó más, si no era entre sus 
allegados, que conservaron siempre su memoria, 
en el desdichado mocetón. De sus dolores, de su 
pasión tormentosa, pocos sabían nada. De sus he- 
chos y palabras, en pocos también permanecía el 
recuerdo. Y de su ser quedaban su cuerpo sin 
vida medio comido ya por las auras en algún 
rincón ignorado del campo, y su alma... sabe 
Dios en dónde... 



Andrés creyó, y Teraysu madre creyeron, y 
todas las personas de confianza y fiar á quienes 
privada y confidencialmente se consultó el asunto 
fueron también de la misma opinión* que, tal 
como las cosas se habían puesto, era más con- 
veniente, y hasta útil, la estancia del primero 
en el poblado que su vuelta á la guerra. Sobre 
que en Occidente, como se sabe, nada se hacía 
sino aguardar el fin, el volverse á marchar Andrés, 
como había sido su intención primero, era cosa 
rayana de lo imposible : se le vigilaba, si no 
abierta, constantemente, como prisionero que 
había sido. 

Por otra parte, le trataban con especial consi- 
deración, en mucha parte ó en todo por su paren- 
tesco, ya público y notorio, con el desaparecido 
guerrillero. Esta circunstancia del imprevisto pa- 
rentesco era la causa de que las dos mujeres, sus 
amigas, estuviesen mejor alimentadas y se fuesen 
— aunque muy poco á poco — reponiendo un 
tanto de su prolongada abstinencia forzosa y de 
sus no exclusivamente devotos ayunos. Andrés 
mismo les llevaba la comida ahora. 



LA INSURRECCIÓN 265 

Éste, pues, no teniendo nada que hacer mayor- 
mente, ni menormente tampoco, solía pasarse 
largas horas con D a . Rosa y Tera, sin que anadie 
le extrañara aquello por haber atrapado la 
segunda en aquellos días las malditas calenturas 
que á medio pueblo, y á media Isla puede de- 
cirse, tenían por entonces en un temblor conti- 
nuo de falso y traicionero frío, y con lasangrehir- 
viendo de puro calor, ó mejor dicho, de impura 
y fementida fiebre. 

A Tera no le atacó ésta muy fuertemente, por 
fortuna. Tenía, sí, destemplanza, adquirida en la 
atmósfera probablemente, ó acaso originada y 
animada por las privaciones anteriores, unidas á 
la agitación de los recientes sucesos ; agitación 
que en la madre había sido menor, porque la 
edad y los golpes y las terribles vicisitudes de 
la guerra hubieron de dejará la infeliz guajira, 
como se ha indicado algunos capítulos atrás, 
poco menos que insensible por completo. 

En poco tiempo tantas cosas estupendas había 
visto, tantos golpes recibido, que no se asombraba 
ya de nada, por una parte — como si fuera toda 
una mujer de veinte años de algunas ciudades, 
— y por otra ya apenas sentía, si no le daban 
en algún punto muy delicado del corazón, los 
disciplinazos que pudiera el Destino descargar 
sobre su grueso y respetable cuerpo. 

Así, pues, Andrés pasaba gran parte del tiempo, 
y con gran satisfacción suya, con las dos mu- 



266 LA INSURRECCIÓN 

jeres — las cuales vivían ya solas y con más 
espacio, pues la construcción de nuevos bohíos, 
y las innumerables muertes ocurridas, habían 
dejado mayor holgura páralos supervivientes de 
los desventurados que sucumbieron. Era el joven 
de gran servicio á madre é hija, procurándoles 
cuanto se les ofrecía y él podía procurarles. Él 
consiguió con sus artes y maña hasta quinina, lo 
cual no era poco conseguir en época de epidemia 
febrífuga. El mismo médico que había asistido á 
su padre, el difunto y sentido D. Francisco Torres, 
— y el cual médico era, por cierto, toda una buena 
persona, aunque con un acento que á Andrés le 
parecía como el golpe de un martillo sobre un 
yunque — fué á ver caritativamente á Tera,y dijo 
que aquello, en efecto, no era nada, que, eso sí, 
había que cuidarse, porque, una vez arraigadas 
las fiebres, era una campaña el quitárselas de 
encima — dijo encima acentuando la c de una 
manera que á Andrés, á pesar del respeto y aún 
cariño que ya le merecía el buen doctor, se le 
antojó casi insultante — y que no alarmarse, 
hombre, no alarmarse, que en la gente moza 
nunca es grave nada. 

El joven lo acompañó hasta el Hospital, y le 
quedó sumamente agradecido, no menos del diag- 
nóstico, ciertamente, que de la desinteresada y 
generosa visita ; y D a . Rosa sintió también satis- 
facción, porque uno délos lugares de su ser, aún 
sensibles á los consabidos y anteriormente men- 



LA INSURRECCIÓN 267 

donados golpes de disciplina, era aquel en que 
atesoraba, en su alma sencilla y bondadosa, 
el amor de su esposo y de su hija é hijo... E 
hijos podría decirse, pues como tal miraba á 
Andrés, lo mismo que á Juanillo, la excelente 
mujer, por más que el segundo no lo fuera. 

Pero, eso sí, lo iba á ser, Dios mediante y no 
dentro de mucho, por la Ley. D a . Rosa estaba sin 
duda llamada, por sí sola si otro caso como ella no 
había, á poner muy alto el pabellón de las sue- 
gras, y á hacer este nombre sinónimo de amor 
y de ternura, en vez de signo de terror y espanto 
páralos hijos políticos. 

Político solamente podía llegar á serlo Andrés 
de ella, es claro : pero á él tanto se le impor- 
taba del nombre del parentesco como de los 
habitantes de Saturno. Lo que sí sabía y de lo 
que se cuidaba era que al ser yerno de D a . Rosa, 
sería el esposo de Tera, de su Tera, del amor de 
toda su vida de veintidós años ; y esta idea le daba 
ganas de romper á llorar de buenas á primeras, de 
pura alegría, de gritar, ó de echarse á reir como 
un niño — que es lo que al cabo venía á hacer — 
al lado del pobre lecho en donde estaba su novia 
esperando que se le pasaran de una vez las 
fiebres. 



— ¿De qué te ríes así, bobón? — le preguntaba 
«Ha, sin poder dejar de sonreírse á su vez. 

Con las escaseces pasadas parecía — perdó- 
nese la frase si resulta demasiado romántica — 
haberse espiritualizado , y era, casi puede de- 
cirse, tan sólo huesos y piel... y alma, como 
toda criatura humana llegada á los límites últi- 
mos de la delgadez. El de D a . Rosa, por el con- 
trario, era uno de esos cuerpos constitucional- 
mente gruesos, que, aunque pierdan toda forta- 
leza real y sean presa cogida por la anemia, nunca 
pierden la apariencia exterior de la robustez. 

— ¿Deque me río? — decía Andrés. — ¿De 
queme río? ¡ Pues no me boy á reir cuando 
pienso que bas á ser mi mujel pa siempre dentro 
é poco! 

— ¿Y eso te da risa? 

— Risa, no, boba... digo, me río de alegría, 
] mía qué ! ¿ Beldá, D a . Rosa, que á beses á uno ba 
y se le salepa fuera la alegría, así, cuando es muy 
grande, sin poderla asujetal, y larga uno la risa 
cuando no encuentra las palabras apropias pal 
ojelto? 



LA INSURRECCIÓN 269 

— Asimismo — respondía la interpelada. — 
La infeliz hacía tres años que había olvidado lo 
que era la risa... 

— En cuántico te pongas bien — decía otra 
vez Andrés — y er doctol dijo que entro é poco 
estás ar pelo, y en cuántico engordes otra güerta, 
tienes que empesalá aprepararte pa que cuando 
benga tu biejo, que ya debe de benil pronto, te 
encuentre ya apreparaa. ¿ Berdá, D a . Rosa? 

Nueva aquiescencia de la madre. 

En efecto, el matrimonio, en las largas horas 
quepasabanjuntos los tres, había sido discutido y 
comentado con toda amplitud ; y se había con- 
venido desde luego en aguardar la llegada de 
D. Manuel y Juanillo con los demás amigos, para 
llevará efecto aquél. Querían que con la entrada 
de la paz en la Isla entrara en el hogar, que 
había de ser común, el diosecillo Amor. 

Tera no hablaba mucho, sin embargo. Últi- 
mamente parecía algo así como tristona en oca- 
siones, efecto, de seguro de su estado débil y 
febril y que desaparecería con las causas que lo 
motivaban, la poca fiebre y la debilidad. No 
hablaba mucho, es verdad, tales veces, pero mi- 
raba con inmenso cariño á Andrés, con sus ojos 
tan grandes y negros, y le decía por ellos 
muchas cosas, muchas cosas que ella se sabía; y 
él comprendía algunas, y, á veces, con la clarivi- 
dencia del amor, creía sospechar otras á pesar 
de su rudeza, y regañaba con Tera. 



270 LA INSURRECCIÓN 

— ¡ Bamos, Tera, no seas asina, polque bamos 
á tenel que peleal! Ahora que bamos á sel f'elises 
¿ á qué biene pensar en cosas tristes ? Esa fiebre- 
sita se te quita en un dos por tres, y... ¡ ya be- 
rás, ya berás! 

Se ponía entonces á referir la vida que iban á 
llevar, en su bohío nuevecito, que él mismo haría 
con sus manos, allí á la orilla er pueblo para 
tenerlo todo á mano, con su cama y su salita y 
sus siembras... / Ya berás, ya berás ! Y acababa 
por poner también alegre á Tera. 

No por nada de lo dicho olvidaban al infortu- 
nado y noble Joaquín ; ¡ qué habían de olvi- 
darlo ! Bien lo recordaban, y con un sentimiento 
de inmensa y merecida piedad. No habían vuelto 
á tener noticia suya, por lo que lo daban por 
muerto, y era en verdad más que probable, se- 
guro, que lo estuviera. 

Cuando se promovía esta conversación, solía 
afectarse Tera, más que ninguno. Verdadera- 
mente, sólo amor y bondad y bendiciones reci- 
bió siempre del pobre isleño ; y no era desagra- 
decida; y le guardaba lástima y gratitud. Pero 
los otros dos, al notar que ella se entristecía, 
cambiaban el chucho, como decía Andrés — por 
más que no era éste el menos conmovido, ni el 
que menos constante y cariñosamente recordaba 
á Joaquín, — y dirigían por otras paralelas el 
tren mixto de la conversación. 



LA INSURRECCIÓN 271 

En esto la guerra, que ya de hecho había ter- 
minado, fué oficialmente concluida, y la paz fir- 
mada en París. La evacuación del Ejército espa- 
ñol había comenzado. El epílogo del drama 
estaba ya representándose, y el telón próximo á 
caer. 



Algunas semanas después, todo el pueblo es- 
taba de gala y preparándose para recibir á 
un destacamento de soldados cubanos que iba á 
hacer su entrada al día siguiente. Eran estos 
soldados los que habían sido designados para 
ocupar provisionalmente el puesto de la antigua 
guarnición española. El día anterior se había 
marchado la guarnición citada, quedando sin 
médico el poblado. 

Estaba, pues, de gala el pueblo. Nunca se 
había notado tal animación en él desde antes 
de la guerra. 

Como Tera hacía ya dos días que estaba algo 
mejor, quiso levantarse el tercero, — la víspera de 
la gran entrada, — y dar una vueltecita para irse 
acostumbrando á la calle, y al aire y á la gente. 
Estaba deseosa, como todos los convalecientes, 
de disfrutar á todo pulmón del aura vivificadora, 
y de bañarse en la hermosa luz del sol y de sen- 
tir de nuevo la vida con todas sus fuerzas. 

Su madre aprobó aquella salida: no veía incon- 
veniente en ello. Andrés, aun la animó... Pero 
noduró el paseo más de un cuarto de hora : tan 



LA INSURRECCIÓN 27$ 

débil se hallaba todavía la pobre Tera que tuvo 
que volverse en seguida, pues á pesar de ir apoyada 
en Andrés — y éste más orondo y feliz que un 
pavo real — las piernas se le doblaban á cada 
paso, y á milagro y á fuerza de puños de su no- 
vio no vino á tierra la aniquilada Tera, antes de 
llegar al bohío de vuelta del paseo. 

Mas no fué eso lo peor, sino que aquella salida 
vino á ser la causa de una recaída. A las dos ho- 
ras estaba Tera con fiebre más alta de la que 
había tenido nunca. Al llegar la noche le llegó á 
cuarenta. Comenzó á delirar, á hablar incoheren- 
temente de Andrés, de sus padres, de los liber- 
tadores que iban á entrar en el pueblo á la si- 
guiente mañana y del aspecto del pueblo mismo 
según lo poco que ella había podido ver. El cual 
estaba todo embanderado, lleno de gente y de 
alegría con motivo del acontecimiento que se pre- 
paraba. 

Al día siguiente, muy temprano, ya estaban 
repicando las campanas de la Iglesita, y todo el 
que se sentía bueno y con fuerzas, en la calle, 
y el pueblo animado que era un gusto. 

Para la noche estaba preparado un baile con 
órgano y timbales en la mejor vivienda de la po- 
blación, en obsequio de los que entraban. El 
que más y el que menos, todo el mundo llevaba 
algún distintivo cubano en el sombrero ó en la 
guayabera. Las mujeres lo llevaban en el cor- 
piño ó sobre el seno. En lo alto del campanario 



274 LA INSURRECCIÓN 

del pequeño templo ondeaba una bandera cubana 
nueva y preciosa, hecha por varias jóvenes de la 
localidad. 

¡ Qué alegría ! ¡ Qué animación ! Había muchos 
reconcentrados todavía tendidos por las calles, 
lastimosos, cadavéricos, mugrientos ; pero tan 
acostumbrados estaban todos los ojos á aque- 
llos espectáculos, que va ninguno los extrañaba. 
Eranconsecuenciasdolorosas déla guerra. Seles 
compadecía, sin embargo, á los infelices, y hasta 
ocurrió el caso de dar uno un centavo á una de 
aquellas pobres ruinas humanas; pero la mayo- 
ría no podía dar centavo alguno aunque quisiera, 
porque no lo tenía. El hambre, un hambre vieja 
y terrible, brillaba en los rostros amarillos y en 
los cuerpos débiles y flacuchos. Trataban, no 
obstante, de divertirse, porque ¿qué se saca con 
entregarse á la tristeza? Y además, se trataba 
de recibir á los libertadores. Y, naturalmente, te- 
nían empeño en recibir á aquellos héroes de la 
Patria del mejor modo posible. 

Hasta el atardecer, sin embargo, no llegaron. 
Venían muy estropeados los pobres y muy mal 
vestidos. Muchos venían descalzos; otros, cubier- 
tos sólo con harapos, y casi todos muy delgados y 
descoloridos ; pero todos alegres, transportados de 
un júbilo indecible al verse de nuevo entrar en la 
vida de la paz tras de la dura guerra y haberse 
portado en ella como hombres, y algunos, no 



LA INSURRECCIÓN 275 

pocos, como héroes. Música no traían; pero el 
órgano — única que por entonces había en el 
pueblo — los fué á aguardar á la entrada del 
mismo con más de la mitad de la población. 

¡ Qué entusiasmo á la entrada de los pobres y 
heroicos soldados ! Parte de los cuales eran ne- 
gros, y de los más conservados y fuertes, debido á 
su poderosa constitución. Estos venían satisfechos, 
mostrando sus inmaculadas dentaduras, con esa 
risa franca y buena de su raza, que parece indicar 
un espíritu sano y bien equilibrado. Pardos de 
todos los matices había también; y blancos. To- 
dos eranconocidos, y algunos tenían sus familias 
respectivas en el pueblo. 

Por junto eran veinticinco, y el jefe era 
D. Isidro González; quien había alcanzado el 
grado de Capitán en la Revolución, y mandaba 
ahora aquella fuerza con lo cual había llegado al 
colmo de su legítima ambición y dicha. 

Los aplausos, vivas, exclamaciones y saludos 
ensordecían. Los triunfadores contestaban ale- 
gremente. Confundíanse pueblo y ejército en un 
abrazo fraternal. Entre los espectadores, muchos 
llamaban á algún conocido, al verlo pasar, por 
su nombre ó apodo. 

— ¡ Abur, Arturo ! 

— Boliche ¿ ya no te acuerdas de mí? 

— Largo, chico, mía pa acá. ¿ Quién soy yo? 

— ¿No me conoses ? 

— I Adiós ! 



276 LA INSURRECCIÓN 

— j | Biba Cuba libre ! ! 

— ¡ | i Biba ! ! ! 

Los soldados contestaban lo mejor que podían r 
y continuaban su marcha. 

— ¡ Biba el capitán Gonsales ! — gritó 
uno. 

— ¡¡Biba!! 

D. Isidro saludó á su pueblo, y gritó á su vez : 

— ¡Biba er pueblo é los Pinares I 

— ¡Biba! — respondieron. 

El órgano, entretanto, — al cual se le había 
puesto anticipadamente el hermoso himno de 
Bayamo — lo tocaba, agitado por el manubrio 
al que daba vueltas un recio mulato, Juan, 
organillero habitual de la población, y afortunado 
poseedor del instrumento. 

Adelantó por la calle Real la pequeña co- 
lumna, y detrás de ella la gente toda al son del 
himno que entre los gritos y aclamaciones se es- 
cuchaba resonar. Las más de las flores de las 
mujeres fueron arrojadas álos valientes liberta- 
dores. Dos hombres llevaban el órgano, uno por 
cada asidero, mientras Juan, grave y fumando 
con todas sus fuerzas, lo tocaba. 

D. Isidro iba delante, y comenzó á extrañarse 
de que no hubieran acudido D a . Rosa y Tera, ni 
aun Andrés, á recibirle. 

— Debe de estar malo alguno — pensó, in- 
quieto. 

Y el honrado rostro, radiante con la esperanza 



LA INSURRECCIÓN 277 

de la próxima vista de su amante familia, se le 
nubló de súbito. 

— A menos que se haigan marchao, antes, de 
aquí por cualesquiera causa. 

Esta reflexión no logró tranquilizarlo. Llegó 
inquieto al cuartel. La fuerza tomó posesión de 
éste en seguida. Se había hecho de noche en 
tanto. 

Parte del pueblo quedó fueradel cuartel, dando 
vivas, ó aguardando á algún conocido de entre 
los soldados ; otra parte se dispersó por el pueblo, 
á pasar la noche del mejor modo posible, en el 
baile. Al local en que éste iba á tener efecto se 
condujo á poco el órgano. 



16- 



Apenas dejó D. Isidro arreglada su pequeña 
tropa en el cuartel, y hubo puesto al mando de 
la misma aun su teniente, se dispuso á salir para 
cerciorarse por sí mismo de si su familia estaba 
ó no en los Pinares. La impaciencia, la ansiedad 
le consumían. Y no á él solamente. También á 
su hijo Juanillo, que con él había venido lo mismo 
que Ángel Pérez ; el cual, por cierto, aun no es- 
taba del todo curado de una herida recibida en 
una pierna, y que por poco se lo lleva definitiva- 
mente : cojeaba un poco todavía. 

Ambos lo iban á acompañar. 

Estaba González muy cambiado. La barba 
tenía crecida, lo cual le desfiguraba grande- 
mente, pues antes no la gastaba. Sus mejillas 
estaban hundidas, sus piernas más encorvadas 
aún que antes y sus espaldas, antes muy dere- 
chas, dobladas también ligeramente. La campaña 
le había dejado su marca en cuerpo y rostro. 

Se hallaba en la puerta del pequeño cuartel 
parado, impacientísímo, aguardando que Ángel y 
Juanillo acabaran de quitarse el polvo, para salir 
los tres. Miró maquinalmente la luna, y maquinal- 



LA INSURRECCIÓN 279 

mente recordó la noche de su conferencia con 
su amigo D. Francisco Torres. Estaba el astro en 
creciente como en aquella ocasión. El viento 
corría tibio, débilmente. Por todas partes reso- 
naban cantos de alegría. 

Pero González no oía nada. No tenía más 
que un pensamiento : su mujer y su hija. Si esta- 
ban en el pueblo ¿por qué no habían acudido? 
Todo su contento, toda su dicha de la tarde había 
desaparecido. Él no podía gozar de nada hasta 
que no resolviera aquel problema : ¿ Dónde es- 
taba, y qué era de su familia? 

Con la cabeza caída, olvidado de lo que le ro- 
deaba, experimentaba ahora como un vago pre- 
sentimiento que trataba de desechar. — ¡ Qué 
tontería! ¿Porqué ponerse así? ¡Ya las encon- 
traría ! — De pronto sintió el peso de una mano 
sobre uno de sus hombros, y oyó pronunciar su 
nombre : 

— ¡ D. Isidro ! 

Se estremeció el interpelado, de pies á cabeza, 
y alzó ésta. Ante él estaba Andrés. 

— ¡ Andresiyo ! — exclamó el primero. — 
¡ Andrés ! 

Se abrazaron, estrecha, fervorosamente. 

— ¡Gracias á Dios, hombre! — prosiguió 
después D. Isidro, dando un suspiro de alivio. — 
¡ Qué asustado me tenían ! ¿Por qué no binie- 
ron cuando yo entré? ¿Y Rosa? ¿YTera?...¿ Qué 
te pasa? — preguntó, de repente, palideciendo. 



280 LA INSURRECCIÓN 

Andrés estaba tan cambiado, tenía el semblante 
tan desencajado que el pobre anciano retrocedió 
con espanto, volviendo bruscamente en sí de su 
primer transporte de alegría. 

— ¡Andrés! — exclamó, poniéndose lívido, de 
pálido que estaba. — ¿Qué pasa? dímelo ¿ qué 
pasa? 

— Benga pronto — dijo Andrés, con voz no 
menos cambiada que su rostro. — Benga, benga 
pronto. 

D. Isidro, que nunca había temblado ni sentido 
miedo, temblaba entonces por primera vez. Com- 
prendió que algo tremendo ocurría. Ni de Ángel, 
ni de su propio hijo se acordó en aquel momento, 
ni de nada. Como atontado se dejó guiar. Los 
dos partieron calle abajo. 

— Ya comprendo — murmuró González, que 
casi corría. — Está mala Rosa¿ berdá? 

Ahora ansiaba saber que era caso de enferme- 
dad, por no averiguar algo peor. 

— No — rugió sordamente Andrés, apresu- 
rando el paso. 

— ¿ Tera entonses ? — silabeó con acento desga- 
rrador el pobre hombre. 

— Sí. 

— ¿Muy mala, Andrés? 

Le castañeteaban los dientes. 

— Muy mala, D. Isidro, muy mala. Malísima. 
Del viril pecho del anciano se escapó un es- 
tertor de verdadera agonía. 



LA INSURRECCIÓN 281 

— ¡ Dios, Dios ! — murmuró. — ¡ Birgen de la 
Caridá, sálbala! 

De pronto una idea terrible le atravesó la 
mente. 

— Andrés. 

— Mande, D. Isidro. 

Parecían dos fantasmas que huían por las 
ahora desiertas calles, murmurando palabras 
misteriosas. 

— Andrés, dime, pero... ¿eh? no... no se 
ha... no ha habido ninguna desgracia ¿no? 

Andrés quedó callado un segundo. Un siglo 
fué para González. 

— No sé — casi sollozó el muchacho. 

En efecto, cuando salió Andrés del bohío dejó 
á Teraen las últimas, con 41 grados de fiebre. 
Volando había llegado al cuartel, y traía al anciano 
con la esperanza de que pudiera aún tener tiempo 
de ver á su hija. 

El dolor humano es naturalmente tan egoísta, 
que ninguno de los dos se había acordado, en 
aquella hora de aflicción y ansiedad tremendas, 
del pobre Juanillo que adoraba en su hermana. 

Pero éste, que los había visto salir, los seguía 
á poca distancia, con Ángel, sintiendo también 
ya, confusamente, que algo horroroso pasaba. 

Llegaron por fin los dos que iban delante. En- 
traron, agachándose. 

D. Isidro lanzó un grito de angustia suprema, 

16* 



282 LA INSURRECCIÓN 

desgarradora, sobrehumana, la angustia del que 
naufraga al llegar á la orilla. Dio dos pasos tam- 
baleándose con los brazos extendidos, como si 
viera abrirse la tierra é intentara asirse á algo. 
Después cayó desplomado sin conocimiento junto 
al cuerpo insensible de su hija muerta. 



En el suelo, sobre un colchón de paja, estaba 
el cadáver de Tera. Sentada en un taburete su 
madre, al lado, hecha un mar de lágrimas, in- 
móvil, la estatua de la humana desesperación, 
era asistida por una amiga en medio de la pe- 
numbra del bohío. D. Isidro González, reclinado 
contra la débil pared, atontado por el golpe reci- 
bido, parecía hipnotizado mirando el cadáver. 
Una vela de esperma ardía lastimosamente junto 
á la cabeza de éste, chisporroteando á ratos. 

Parecía el de Tera el cadáver de un niño muerto 
apenas nacido, según lo consumida que había 
quedado. Las manecitas tenía cruzadas sobre el 
seno liso y seco, aquel seno formado para el 
amor y la maternidad, y ahora esterilizado sin 
remedio. Los ojos, aún entreabiertos, miraban á 
lo alto con fijeza, como pidiendo áDios que, por 
el sacrificio de su vida, lo que á ella la había 
matado, aquella opresión secular del hombre 
por el hombre, que había sido la causa primera 
de su temprano y lastimoso fin, cesara para 
siempre. 



284 LA INSURRECCIÓN 

A Andrés lo acababan de sacar en aquellos 
instantes del bohio por un rato, casi á viva fuerza, 
entre Ángel Pérez y Juanillo. Por su suerte no 
había podido presenciar D. Isidro, pues estaba á 
la sazón sin conocimiento, la aflicción desola- 
dora de su hijo al llegar, el cual se había abra- 
zado llorando á D a . Rosa, ni la desesperación, al 
principio muda, espantosa, de Andrés. 

El cual habíase llevado la mano á los ojos, 
cerrada y apretada, como avergonzado, y deshe- 
cho con rabia los dos lagrimones que á la fuerza 
se le salían por ellos. Luego se inclinó. Tomó ásu 
ex prometida una mano, fría como la nieve y 
crispada ya por la muerte. La besó, la volvió á 
besar convulso, conteniendo los sollozos con 
fuerza sobrehumana. Ángel Pérez al principio, el 
mismo Juanillo después, bebiéndose sus propias 
lágrimas, trataron de llevárselo, temiendo sorda- 
mente una crisis. Pero él, al ver que querían 
apartarlo, se abrazó bruscamente al cadáver, 
rugiente y desesperado; lo estrechó con frenesí, 
lo besó en los labios descoloridos, y, sin poderse 
contener ya por más tiempo, estalló en sollozos 
terribles que lo ahogaban, que le oprimían la 
garganta y el estómago y le hacían temblar de 
pies á cabeza como un poseído. 

— ¡ Tera ! — rugió sordamente, con voz 
cambiada y ronca — ¡ Tera ! ¡ Tera ! 

Hicieron esfuerzos por separarlo. 

— ¡ Bamos! ¡ Sé hombre, Andrés! ¡ Bamos ! 



LA INSURRECCIÓN 285 

El no oía nada. La miraba, la miraba. Ella 
seguía mirando al cielo. 

Como un gemido que venía de lo más hondo, 
le salieron á él las palabras : 

— ¡ Tera ! ¡ Tera ! ¡ Te mataron ! 

En aquel mismo instante había vuelto en sí 
el padre, y sólo oyó la última frase. Al abrir 
los ojos él é incorporarse, desaparecían los tres 
jóvenes por la puertecilla de la casuca. 

Tembloroso, se levantó entonces como pudo, 
todo conturbado, y apoyóse contra una pared, 
sin atreverse ni aun á llamar la atención de su 
esposa, que parecía estar por completo insensible 
á todo lo que no fuera su dolor, sin darse cuenta 
de lo que en derredor suyo ocurría. 

Aislado, pues, D. Isidro en sí mismo y en su 
dolor, quedó mirando á su hija muerta, sin poder 
llorar, con el corazón lleno hasta los bordes y 
la cabeza voltijeándole locamente. 

La frase escuchada al infeliz Andrés le reper- 
cutía sin cesar en las concavidades del cerebro. 
— I La mataron! — Sí, el sentía, á pesar suyo, 
aquello también. — Pero ¿ quién? ¿ quiénes? — 
se preguntaba. — ¡ La mataron!... Y, sin saber 
por qué, le llenaba de cruel zozobra este pensa- 
miento. 

— ¡ Dios! — murmuró el pobre anciano, con 
la sorda desesperación de su pena infinita. 

Las notas del órgano á cuyo son bailaba el 



286 LA INSURRECCIÓN 

pueblo llegaban á sus oídos entre las sombras de 
la noche. 

... Pero él no oía nada. Miró maquinalmenteel 
pedazo de cielo que al través de la mísera entrada 
se descubría. Una estrella sola, inmóvil, enigmá- 
tica, parecía observarle desde allá arriba, parpa- 
deando á intervalos, misteriosamente. 

Una idea terrible, terrible por lo nueva, atra- 
vesó de súbito el globo de fuego en que pensaba 
González que se le había convertido la pobre ca- 
beza cansada : 

— ¡ Dios! ¿ No habré yo hecho un bien, habré 
hecho un mal con lo que he hecho? ¿ Seré 
culpable en parte de la muerte de mi hija? Si no 
me hubiera ido á la guerra... 

Pero una voz recóndita, salida de su honrado 
y generoso pecho, le contestó en seguida : — No, 
no eres tú culpable en modo alguno. No lo es 
tampoco nadie en particular. Dado el estado en 
que viven los hombres en este mundo, tenía que 
suceder lo que ha sucedido, y para que un grupo 
de esos hombres — el grupo á que tú por tu naci- 
miento perteneces — diera un paso adelante en 
el camino de la Libertad y la Justicia, fué por des- 
gracia preciso el sacrificio de muchas vidas ino- 
centes. Tú y los que como tú se sacrificaron, me- 
recéis admiración y gratitud. Pero llegará un día 
en que no habrá más que una sola Patria, un sólo 
Himno y una sola bandera para todos los seres 
humanos. Entonces habrá cesado de haber tiranos 



LA INSURRECCIÓN 287 

á quienes combatir y tierras que libertar, porque 
todas serán libres; y entonces el amor de la patria 
no envolverá el odio ni el recelo hacia nadie, 
porque no habrá extranjeros, y será aquel amor 
como el amor del terruño nativo, supeditado 
siempre al de la gran Patria humana, la Patria 
futura. Tú, patriota sencillo y humilde, fuiste un 
mártiry un héroe; ysin saberlo, comotantos otros, 
al combatir por la libertad de tu pueblo comba- 
tiste por la libertad de los pueblos. Dejaste peda- 
zos de tu corazón, sangre de tu sangre en el 
camino; mas no será vano tu holocausto. : has 
contribuido á la grande obra de dar á tu patria 
una libertad y una dignidad nuevas. Poco á poco 
irá surgiendo en todos los países el concepto 
nuevo de la Patria única, entre las ruinas y los 
muertos amontonados por el antiguo patriotismo, 
todavía en cierto modo necesario ; poco á poco 
desaparecerán las fronteras, la Humanidad, ilu- 
minada, se unirá en un supremo abrazo, y en 
cada país perdurará lamemoria de los que dieron 
su vida ó su esfuerzo heroico á la emancipación 
dolorosa y lenta de los hombres... 

— ¡ Dios! ¡ Dios! — repitió el infeliz, sin 
comprender bien claramente todavía la nueva voz 
que por primera vez hablaba en su conciencia, 
pero sintiendo que algo muy grande y como di- 
vino acababa de nacer en su alma, transfigurada 
un momento por el dolor. 

De nuevo faltáronle las fuerzas. Volvió á mirar 



288 LA INSURRECCIÓN 

laestrella,que brillabaen el cielo, pura y radiante 
como un nuevo ideal, y quedó inmóvil. 

Tera, inmóvil también sobre su último lecho 
de paja, seguía mirando á lo alto con fijeza, como 
pidiendo á Dios que, por el sacrificio de su vida, 
lo que á ella la había matado, aquella opresión 
secular del hombre por el hombre, que había 
sido la causa primera de su temprano y lasti- 
moso fin, cesara para siempre. 

De fuera, de la negra noche, seguía llegando 
tan sólo, á intervalos, la voz lejana del órgano 
que daba á luz sus notas incoherentes, cómica- 
mente extrañas, burlonas y acerbas como la ironía, 
incomprensibles al parecer, como la vida... 



FIN 



SOCIEDAD DE EDICIONES LITERARIAS Y ARTÍSTICAS 

LIBRERÍA PAUL OLLENDORFF 

50, Chaussée-d'Antin, 50 * PARÍS 



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Bombos y Palos. 

Por el mundo arriba.... 

Gotas de Sangre. 

Cleri canallas. 

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De Lutecia. 
Libro Apolíneo. 

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TARRIDA DEL MARMOL 

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Con la Capucha Vuelta. 

MIGUEL DE TORO GÓMEZ 

Por la Cultura y por la Raza. 

P. MOLINA y E. FINOT 

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Letras y Letrados de Hispano- 
América. 

F. CONTRERAS 

Los Modernos. 

MUÑOZ ESCAMEZ 

La Ciudad de los Suicidas. 

MANUEL UGARTE 

Burbujas de la Vida. 

JOSÉ S. CHOCANO 

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Literatura crítica. 

AMADO ÑERVO 

En voz baja. 
Ellos. 

CRISTÓBAL DE CASTRO 

Cancionero Galante. 

M. DE TORO GISBERT 

Enmiendas al Diccionario de 

la Academia. 
Apuntaciones lexicográficas. 

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La Candidatura de Rojas. 

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A Punto largo. 

P. HENRIQUEZ UREÑA 

Horas de Estudio. 

V. CALDERÓN 

Del Romanticismo al Moder- 
nismo en el Perú. 

E. RODRÍGUEZ MENDOZA 

Cuesta Arriba. 

LORENZO MARROQUIN 

Pax. 

L. RODRÍGUEZ EMBIL 

La Insurrección 



1MP. HKRBERT CLARKE. 338. RUÉ SAINT-HONORE. PARÍ»